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La imaginación crea la realidad
Richard Wagner

Sonoridades

Alex Steinweiss: art attack
por Javier Martínez

Muchas veces, una noticia funesta pone en la superficie de la realidad el origen de algo que, por cotidiano, parece que siempre hubiera estado aquí. Ejemplo rápido y local: decir Rocambole es entrar de lleno en el mundo de quien, con su arte, le puso color y vigor a las tapas de los discos de Los Redonditos de Ricota. Ejemplo rápido e internacional: decir Roger Dean, es internarse en los gélidos paisajes que el inglés concibió para Yes y todos sus solistas y derivados, supergrupo Asia incluido. Pero, si bien Rocambole y Roger Dean estuvieron allí, en la tapa de nuestros disco, como si fuera el ámbito natural en el cual puede vivir su obra, el arte de tapa fue concebido muchos años atrás, por el entonces joven Alex Steinweiss quien, en los últimos días de julio, partió hacia la eternidad.

La historia dice que el joven Alex trabajó unos años con un hacedor de pósters austríaco, donde aprendió a manejar planos y figuras humanas simplificadas, pletóricos de color. Esa habilidad adquirida, esa fuerte impronta estética, fue la que le permitió, durante un período coincidente con los años de la Segunda Guerra Mundial, desarrollar sus habilidades como el primer director de arte de la Columbia Records. Fue en sus inicios, a fines de los ’30, cuando un avance tecnológico iba a desterrar a los pesados (pero férreos) discos de pasta que giraban a 78 rpm: el prototipo del exitoso y famosísimo long play de vinilo y sus 33 rpm estaba en manos del director de la compañía. Allí también estuvo el trabajador Alex desarrollando ese elemento (desconocido para las nuevas generaciones) que es el sobre de cartón que albergó a los vinilos durante décadas.

El mayor valor que legó Steinweiss a la posteridad es el haber constituido ese escueto cuadrado de cartón, primero en los estuches de los viejos discos de pasta, luego en los de los vinilos, en un espacio en el que el arte gráfico podía circular; un espacio nuevo, singular. No sólo pensando un arte de tapa, sino series de diseño; abriendo caminos acordes a los sacudones estéticos que se sucedieron durante los años en los que se encargó de plasmar el primer acercamiento que el oyente tendría a un disco: su portada. Seguramente, somos muchos quienes nos hemos tentado de comprar un disco por el simple motivo de que nos gustó su tapa. En gran parte el responsable es este iluminado y fundacional diseñador gráfico nacido en Brooklyn.

Un buen ejercicio, para comprender el valor del desmonte conceptual que Steinweiss hizo con relación a ese espacio posible para el arte, es pensar en todas las tapas de discos que a uno se le vienen a la memoria sin esfuerzo. La magnífica de Sgt. Pepper’s Lonely Heart Club Band, idea y trabajo por los cuáles Beatles y compañía pagaron escasos 200 dólares. La provocativa tapa de Sticky Fingers de los Stones, jean ajustado, cremallera para bajar hasta que asomaran unos calzoncillos blancos, nacida de la fiebre pop de Andy Warhol. Y ya que citamos al blondo, la inolvidable banana amarilla que fundó un icono con la salida de The Velvet Underground & Nico, álbum debut de la homónima banda liderada por Lou Reed. El niño desnudo que bucea detrás del billete en el anzuelo, satírica apuesta de los Nirvana para su gran disco Nevermind. Seguramente, en la cabeza del lector ya estarán dando vueltas muchos otros; coloridos o no, impactantes o no, entrañables o no, pero evidentemente inolvidables. Serie que sigo con ese blanco desértico que le dio el nombre de White Album al disco sin nombre de los fabulosos cuatro de Liverpool, que puede leerse, en esta secuencia propuesta, como la deconstrucción extrema del sentido del arte en la tapa de un disco; una suerte de abstracción conceptual que ni siquiera el “arme su propia portada” del The Information de Beck pudo destronar. Espacio cuadrado, de 30 centímetros de lado, al que también le pusieron lo suyo el outsider de Robert Crumb y el grupo de diseñadores ingleses Hipgnosis de quienes, si apostamos doble contra sencillo, una de las tapas más recordadas será la de Dark Side of the Moon, de los Floyd; en la que, como se ve debajo de estas palabras, la mano mágica, misteriosa e innovadora de Alex Steinweiss, estuvo aún sin estar.

      

A modo de homenaje a quien concibió este visionario y psiocodélico arte de tapa, presentamos el Tercer movimiento (Allegro ma non troppo) del Concierto para Piano en Mi bemol # 5, Emperor Concerto, de Ludwig van Beethoven, con Rudolf Serkin en el piano y Bruno Walter en la dirección de la Orquesta Filarmónica de New York, grabado en 1941 para la serie Masterworks del sello Columbia, a 78 rpm.

Escuchar Tercer movimiento del Concierto para Piano en Mi bemol # 5


Y como bonus track, el ineludible, previsible y siempre emocionante The Great Gig in The Sky, la epopeya vocal que catapultó al mundo la increíble voz de Clare Torry; honores que se le rinden a el señor Alan Parsons, ingeniero de sonido del discazo de Floyd, a quien se le ocurrió la idea de invitarla a cantar ese tema. El gran concierto en el cielo que, sin dudas, el señor Alex Steinweiss se merece.

Escuchar The Great Gig in The Sky




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Amy Winehouse, la suicidada por el entorno
por Alejandro Feijóo

Amy Winehouse ha muerto en su casa de Candem, un barrio de Londres que según algunas guías turísticas es “muy conocido por la vida alternativa de sus habitantes”. Nada le quitará a partir de ahora ser también conocido por la muerte “menos alternativa” de una de sus vecinas más famosas. Y es que tras mucho haber amagado, Winehouse entró por derecho propio en el conocido como Club de los 27, esto es, el grupo de músicos más o menos violentamente fallecidos a esa edad juvenil y que tiene en su podio nombres como los de Janis Joplin, Jimi Hendrix, Brian Jones, Kurt Cobain o Jim Morrison (pero no son los únicos). El lector (y oyente) iniciado matizará que Winehouse solo se une a dicha sociedad por la coincidencia de las fechas, pero elijo que estos no sean lugar ni ocasión para dirimir méritos artísticos.

Si de música hablamos, de Winehouse nos quedan dos discos de los que todos tarareamos “Rehab”, su éxito mayúsculo del Back to Black (2006), devenido en himno vintage de una chica a la que, no sin paternalismos, aplaudimos para que no nos defraudara en su debacle. Es más, sospecho que en cualquier ordenamiento legal de eso que se conoce como democracias-legislativas-occidentales cualquiera de nosotros podría haber sido procesado por complicidad, omisión del deber de socorro o como se llame la figura legal correspondiente a corear el “No, no, no” e incitar así a que Amy se saltara la rehabilitación. Resulta evidente que esta reflexión no tiene ningún asidero legal y, vistos los tiempos que corren, huele a vieja, a idea de cincuentón trasnochado. Puede, pero no obstante los invito a que falseen conmigo la realidad y lean la muerte de Winehouse desde una óptica jurídico-sanitaria, como la de una chica enferma tirada al borde de la carretera a la que alentamos para que siga rajándose el vestido.

Visto desde esta óptica, el caso de Amy tiene no poco de lo interpretado por Antonin Artaud sobre el suicidio de Van Gogh. Recuerden, aquel “suicidado por la sociedad” que se convierte hoy en una suicidada por el entorno, puesto que si ya no hay más clase obrera sino asalariados (muy pronto, emprendedores) y si ya no hay pueblos sino ciudadanía, es natural que tampoco queden ya sociedades y en su lugar brillen los entornos, ese cóctel perverso de amigos y familiares, conocidos y cantamañanas, representantes y abogados varios, damas y caballeros y público en general.

Probablemente siempre haya habido entornos, y si no consulten la historia de la antigua Roma. Pero entonces no existían las cámaras digitales ni las redes wifi para postear al instante en las redes sociales. Eludiendo adrede el calificativo de víctima, a Winehouse no le fue del todo bien con esto de haber nacido en la era de la fotografía digital. Las instantáneas retratando su declive fueron conveniente y sucesivamente aireadas en cuanto medio las adquiriera o pirateara, y así hemos podido ver sus fosas nasales con aureolas de polvo blanco, pústulas de dudosa procedencia sembrando su cutis, tropezones de borrachín e innumerables matices de la tristeza tintando su cara de pretérito imperfecto. Por no hablar del vídeo en streaming y sus secuaces “youtubescos”, que encuentran su máxima (mínima) expresión en las imágenes del ya famoso directo en Belgrado, inicio y cierre de su última y efímera gira.

En su honor cabe decir que su muerte tiene mucho del aire vintage que se impuso a su persona, que era su personaje. Y es que las muertes solitarias en la cama por presunta sobredosis o su análogo coma etílico son cosas de los sesenta y los setenta, como lo certifican los sucesos paradigmáticos de Joplin, Hendrix, Brian Jones y el propio Morrison, o la más tardía de John Bonham, que no tenía 27 sino 32 años de edad. Cierto es que la muerte de Brian Jones merece un comentario aparte por el efecto piscina, que remite a partes iguales a Hitchcock y al Billy Wilder de Sunset Boulevard. Pero entrados ya en los noventa, un hombre de su tiempo que se preciaba de tal condición, Kurt Cobain, eligió (sic) la muerte mediante disparo de escopeta en la cabeza y carta de despedida manuscrita, dos circunstancias hoy impensables para cualquier estrella aspirante al Club de los 27. En este contexto, fresco está el deceso de Michael Jackson, mucho más propio del siglo xxi, incluida la oscura figura del médico huyendo de la mansión tras la última inyección de barbitúricos.

De este modo un poco demodé, la muerte de Winehouse hace honor a parte de su existencia, al menos a la parte pública. Su vida a destiempo, su movida bipolar, sus peinados de varios pisos y ese paso enclenque sobre tacones estratosféricos son signos de otros tiempos. Ya sé que vivimos inmersos en un eterno retorno, y que más tarde o más temprano volverán los tonos ocres a las colecciones de moda. Pero vistos los resultados, lo de Amy iba decididamente en serio.

Por último, más allá de interpretaciones, si alguna enseñanza inmediata deja la muerte de Amy Winehouse es que la única forma de seguir vendiendo discos en la actualidad es morirse “en oscuras circunstancias”. Y es que no tiene el mismo glamour descargarse el disco de un vivo que piratear a un muerto. Pasó y sigue pasando con Michael Jackson. Y comienza a pasar con Winehouse. Apenas pocas horas después de encontrarse su cuerpo sin vida (aún no se conocen los resultados de la autopsia) los pedidos de su flaca carrera discográfica se multiplicaron por 37, según The Official Charts Company. Y repuntando, porque al entorno todo suele resultarle poco.

Escuchar Rehab


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En la viña del Señor
por Van Gogh i Tyson

Para Amy, que ya se tomó la del estribo...

Asociar el alcoholismo con las profesiones puede ser una tarea un tanto prejuiciosa siempre y cuando ese métier no sea la música. En tal caso cualquiera recitaría de memoria, cual tabla del 4, una larga lista de bandas y solistas tributo al chupi, que con frecuencia grave y/o aguda ecualizaron sus fluidos con, pongamos por caso (y para solidarizarnos con el default de Tennessee), Jack Daniel’s.

Es la intención de esta columna no mancillar el buen nombre de los músicos que le dan de comer, motivo por el cual me abstengo de brindar la lista de ch@borras. No vaya a ser cosa que omita mencionar a alguno y me demande por calumnias e injurias.

Asociar el alcoholismo con las religiones, en cambio, puede ser un ejercicio divertido en tanto no se le tema al juicio final. Ahora mismo me asalta la imagen de un barbudo canoso destilando mistela en un alambique para convertirlo en sangre de su propio retoño y convidársela a los parroquianos descarriados. 

En1975 Brian Eno inauguraba su sello Obscure Record Label con una obra de Gavin Bryars no aconsejable para deprimidos. En la cara principal sonaba The sinking of the Titanic, que le daba título al álbum, y en la B, Jesus’blood never failed me yet.

Según cuenta Bryars en su web, en 1971 estaba trabajando en Londres en un documental sobre gente que vivía precariamente cerca de la estación Waterloo: “Mientras los filmaban, algunos borrachos se ponían a cantar –algunas veces algo de ópera, otra veces baladas sentimentales– y uno, que de hecho no bebía, cantó una canción religiosa llamada La sangre de Jesús nunca me ha fallado. Lo grabé y al volver a escucharlo en mi casa me di cuenta de que la voz de Trump (tal el mote del viejo vagabundo) tenía la misma afinación que mi piano y que la primera sección de la canción –de trece compases– formaba un loop efectivo que se repetía de un modo impredecible”.

Fue así como compuso un sencillo acompañamiento de piano al que luego le agregó un arreglo para cuarteto de cuerdas y grabó la versión que Trump nunca llegó a escuchar (murió antes de que estuviera terminada) y que Eno editó en su duración original de 25 minutos.

Años más tarde, en 1993, Point Records edita Jesus' Blood Never Failed Me Yet con distintas versiones de este tema, de las cuales los invito a escuchar ésta, en la que Tom Waits se suma a Trump, aportando su rota voz aguardentosa.

Buenas noches...

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Sondre Lerche | Sondre Lerche
Mona Records | 2011


Que en Noruega exista un tipo como Sondre Lerche ayuda a entender la expansión de algunas de las formas de la (ya inclasificable) música pop. No extraña, a esta altura, que los Beatles hayan permeado en el discurso musical de un jovencito que se lanza al mundo de los songwriters desde la gélida geografía escandinava, ni que cante en inglés, ni que suene dentro de los parámetros de calidad de cualquier buena producción a la que occidente nos tiene acostumbrados (alguien podrá espetar: “¡ABBA y Roxette ya lo hicieron antes! Los suecos son más adelantados...”). Lo que deja al descubierto el sexto disco del noruego es no la trama sino los efectos de la globalización estética; una suerte de señuelo de una imposible lengua universal. Con un par de temas que justifican una enfática recomendación, el jovencito Lerche decidió que el sexto disco de su producción (iniciada en 2001, a los 19 años) llevara su propio nombre. Esto puede ser leído desde la perspectiva de una suerte de refinamiento de su puntería musical, algo de cierta madurez y, probablemente, del encuentro con el sonido que mejor representa lo que quiere expresar. Canciones que compone con sofisticación, líricas muy potentes e interesantes, resonancias otoñales, bases pop, pequeñas disonancias y una insistencia machacona y zumbona que son, además de marca en el orillo, signos de la juventud de Sondre Lerche; elementos que arman, junto a su voz, otra voz propia.

Escuchar Red Flags


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Bert Jansch | Bert Jansch
Transatlantic | 1965


Sin proponérnoslo, el nombre de Bert Jansch circuló por esta columna de Sonoridades casi tanto como el de los Beatles, Art Blakey y algún que otro monstruo de la música contemporánea. Y si le quitamos cualquier pátina de casualidad, la aparición de ese nombre propio tiene su razón en que la obra y el modo de tocar del guitarrista escocés ha sido inspirador, entre otros, para Jimmy Page y Neil Young. Su álbum debut, homónimo de su autor, para no introducir otras originalidades, fue grabado del modo más low-fi posible y al margen de la elección: con una grabadora de cinta casera, con una guitarra prestada y en la cocina de su casa. Una verdadera delicia acústica en la que el folk, el jazz, el barroco medieval y la oscuridad densa del blues más puro. El resultado de esta excursión musical es un disco que explora, con sus sonidos y experimentaciones estructurales, uno de los costados más opacos del folk, atravesado por dolores de pérdidas profundas y una melancolía que está afinada en la escala tónica del hueco afectivo; oscuridad que arrolla a la nostalgia sin declinar rasgos de amargura. Pero, no vaya usted a creer, el sonido límpido de las cuerdas pulsadas por el fantástico Bert Jansch también echan sus haces de luz en un disco que, salvo profundas disidencias estéticas con el folk y su autor, debería ser uno de los imprescindibles en los anaqueles de cualquier amante de la buena música.

Más trazos de Bert Jansch en nuestras reseñas de Pentangle y Donovan.

Escuchar Oh, how your love is strong


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Video sorpresa x 2

En abril de este año la revista Rolling Stone lanzó, desde su sede de USA, una encuesta en las redes sociales para que sus lectores elgieran a los 10 mejores bateristas de la historia. Aunque los resultados no representan ninguna sorpresa en el podio, quienes ocupan el primero y segundo lugar son John "Bonzo" Bonham y Keith "Loon Moon" Moon, ambos innovadores del modo de tocar la batería, ambos de una destreza y virtuosismo pasmosos, ambos muertos en un mes de septiembre por causas vinculadas con la excesiva ingesta de alcohol. Let's rock!

Considerado por abrumadora mayoría como el baterista de rock más grande de la historia, John Bonham tuvo el descaro de salirse de los cánones habituales al tocar la batería para imprimirle a su estilo un sonido duro, a pura fuerza de golpe, con tremenda efectividad, que calaría hondo en las generaciones posteriores. En sincro con el signo de sus tiempos, expandió los sonidos de su batería incorporando diversos instrumentos de percusión, entre los cuáles se halla el típico gong que acompañó a varios de los más eminentes bateristas contemporáneos. El gran Bonzo murió una noche en casa de Jimmy Page, ahogado en su propio vómito, luego de haberse tomado 40 vodkas.


Si bien twitteros y otras especies de opinadores en redes sociales lo ubicaron en el segundo lugar de sus preferencias, Keith Moon es uno de los pocos que puede disputarle, palmo a palmo, el reinado al difunto baterista de Led Zeppelin. Además de una impecable técnica y una velocidad de golpe envidiable, acompañada por un criterio melódico novedoso y único, el londinense se caracterizó por su caracter indomable, travieso y enloquecido. Una de las tantas anécdotas que lo pintan de cuerpo entero es aquella en la que, en la presentación televisiva de The Who en The Smothers Brothers Comedy Hour, en 1967, llenó el bombo de su batería con una cantidad excesiva de pólvora sin avisarle a nadie. Al finalizar el set, detonó su bombo y la tremenda explosión que provocó tuvo como secuelas el pelo quemado de Pete Townsend y uno de los oídos del guitarrista lesionado de forma permanente. Adicto al alcohol, comenzó un tratamiento en base a clometiazol, una droga adictiva y peligrosa, para morigerar los efectos de la abstinencia. Pese a las advertencias de su médico de que tomara un máximo de 3 por día, la noche del 10 de septiembre de 1978, luego de cenar con Paul y Linda McCartney, no tuvo mejor idea que echarse en el cuerpo la friolera de 32 pastillas de clometiazol, dosis más que suficiente para hacerlo abandonar definitivamente el mundo.

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