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El escritor no es un intelectual, sino un artista que debe preservar su ignorancia.
Dereck Walcott

Escritos

Novelas breves | Juan Carlos Onetti
por Javier Martínez

Entre las últimas novedades editoriales de Eterna Cadencia se encuentra Novelas breves, en total siete, del uruguayo Juan Carlos Onetti. Y bien intencional es hablar de novedades. Si nunca está de más revisitar la narrativa de uno de los escritores latinoamericanos contemporáneos más interesantes, menos aún lo está el descubrirlo. Como sea, relectura o no, será encuentro: algo sucede, con las palabras del uruguayo, que van más allá de cualquier explicación, no por inexplicables que resulten sus textos sino, lisa y llanamente, porque no hace falta explicar lo que siente al abordarlo/ser abordado. Es desde ciertos (por precisos) límites de lo mísero, de la crueldad, de la rasgadura existencial que brotan líneas que vuelan y sobrevuelan el sentido, construyen cadenas que arrastran a otras, capas sobre capas, con sencilla y tramposa simpleza, con una irónica forma de encajar en algún molde estético de lo ruinoso y lo arruinado. Molde que, sin embargo y quizá a pesar de sí, desborda, se resquebraja, pierde su razón de ser.

Las palabras preliminares de Juan José Saer, también difunto al momento de esta edición, dan, en pocas páginas, una perspectiva clara de la posición que, gracias a su literatura, ocupó Onetti como punto de referencia para los entonces nuevos narradores. Y destaca la pregnancia del primer párrafo de Los Adioses en aquellos narradores de su generación, a los que denomina "aspirantes a escritor", quienes se sabían de memoria las primeras palabras de esa novela. Y quizá sea esa advertencia la que inclina la balanza de una atención especial a ese primer párrafo. Como un juego, propone descubrir qué es lo que tanto cautivaba a autores como el prologuista del libro. Y creo muy difícil que quien haya quedado atrapado en las redes de ese primer párrafo no sucumba ante la curiosidad, cuanto menos. Y avanzada ésta en todas las ramificaciones argumentales que Los Adioses propone, no dejarse arrastrar por la tentación de probarse a sí mismo, el lector, como un detective, para saber si da en el clavo o no de las relaciones humanas que se tejen en el interior de la novela; casi en su superficie, y que sin dudas hablan de todo aquello que no está dicho. Vacíos que no son tales y que quedan del lado del lector; que se llenan de tal cantidad de conjeturas que parece que pudiera narrase a sí misma, paralela y únicamente, en cada lector. En varios aspectos, por similitud o por oposición, Los Adioses remite a La Montaña Mágica, de Thomas Mann. Si se acepta esa lectura a través, puede pensársela como su espiral descendente. Donde había un hospital de lujo para la internación de enfermos de tuberculosis en los Alpes, hay un hospital del que pocos salen vivos, presa de sus propias enfermedades, pulmonares y demás, en un cerro de Santa María, la ciudad inventada por Onetti, la tantas veces mentada como cruce entre Montevideo y Buenos Aires, como si la literatura de Onetti pudiera definirse por su procedencia geográfica. Donde había una alta sociedad que expectoraba sus mugres hasta recuperarse o morir, hay apuestas alrededor del tiempo de supervivencia de los que van llegando. El doctor Behrens troca por el doctor Gunz, así como la tercera persona del singular muta en primera persona; así como el ojo omnipresente en el interior mismo de la internación da paso a un exterior lejano, no geográficamente, en el que las conjeturas de lo que sucede, de la realidad entendida como discurso, ocupan el lugar central de la escena. Lo que se narra en cientos de páginas, se condensa en la prosa apretada y abundante del uruguayo.

El resto de los relatos le va en saga, siguiendo por el tremendo Para una tumba sin nombre, con el que conforma un uno-dos editorial en el que estos mecanismos narrativos (la suposición, la superposición discursiva, las imaginaciones, el delirio, entre tantos) tienen como protagonistas a una (¿una?) mujer muerta, un chivo viejo y más de dos relatos de lo que acontece en su devenir narrativo. La elección del ordenamiento cronológico traza un arco en el que las palabras de Onetti van y vienen, corren, aparecen, se dispersan, en una línea de tiempo que coincide con la de su vida, aquella que terminó casi de costado en una cama eterna. Elecciones, todas ellas, que fueron la materia prima con la que el escritor escribió sus textos. Más que servido un menú posible para el encuentro o el reencuentro, para el dejarse enredar por las palabras de uno de los más influyentes y particulares escritores rioplatenses.

Eterna Cadencia | 2012


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Schnitzler, el doble de Freud
por Lionel Klimkiewicz

Sigmund Freud era un gran lector, especialmente de los clásicos de la literatura, a los que solía citar en sus escritos. Sin embargo sabía también reconocer y valorar a los artistas de su época, fundamentalmente a sus contemporáneos de la Viena de principios del siglo XX. Tal es el caso de Arthur Schnitzler, que había nacido allí en 1862, y era ya un famoso escritor antes de que estallara la Primera Guerra Mundial. A Freud le gustaba citarlo, y lo admiraba tanto que llegó a considerarlo su doble, ya que podía poner en su arte todo lo que el padre del psicoanálisis iba descubriendo con su práctica. Así lo dice el propio Freud en dos cartas dirigidas al literato. En 1906 le escribe: "Durante muchos años me he venido dando cuenta de la gran concordancia entre sus ideas y las mías en muchos problemas sobre la psicología y el erotismo. (…) Muchas veces me preguntaba extrañado de dónde tomaría usted ese o aquel conocimiento, que gané por medio de investigación laboriosa del objeto, y al fin llegué al punto de envidiar al poeta, al que antes admiraba".

Más tarde, en otra misiva de 1922 agregaba: "La respuesta a esta pregunta implica una confesión, que me parece demasiado íntima. Me refiero a que lo evitaba por una especie de timidez de encontrarme con el doble (…) una y otra vez, cuando me embebo en sus creaciones bellas, creía encontrar detrás de su apariencia poética las presuposiciones verdaderas, intereses y resultados, que conozco como propios. Su determinismo y escepticismo -que la gente llama pesimismo-, su emoción de las verdades del inconsciente de la naturaleza compulsiva del humano, su descomposición de las seguridades culturales-convencionales, la adhesión de sus pensamientos a la polaridad de vivir y morir, todo eso me tocó con una familiaridad siniestra. (…) Así tuve la impresión de que usted, por medio de la intuición -en realidad, como consecuencia de una auto-percepción precisa-, conoce todo lo que yo descubrí con trabajo arduo con otros humanos".

Si usted, lector, quiere entender por qué Freud podía llegar a escribirle estas palabras a alguien a quien hasta entonces no conocía personalmente, no tiene más que leer algunas de las obras de Schnitzler. Por mi parte le recomiendo Huida a las tinieblas, un libro excelente, donde relata mediante una trama cuidadosa el desarrollo de un delirio de persecución, con todos sus pormenores, sus sufrimientos y su desenlace, donde el protagonista se ve impulsado hacia "el turbio terreno de las posibilidades vacilantes, donde lo altamente probable y lo apenas concebible convivían en impura connivencia". Al leer el libro de Schnitzler uno se deja llevar por la idea que él mismo introduce en sus primeras páginas, cuando dice que "hay muchos que, sencillamente, sólo carecen de tiempo para volverse locos".


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La oreja de Van Gogh | Georges Bataille
por Diego Singer

Y después del paso de Van Gogh por la tierra,
ni la naturaleza exterior, con sus mareas,
sus climas y tormentas equinocciales
puede conservar la misma gravitación.
Antonin Artaud

Todo parte del sol. Y hacia allí todo se eleva. Los campos de trigo iluminados al atardecer, los olivares, los sembradíos que refulgían furiosos bajo la luz del atardecer. Jamás deberíamos afirmar otra realidad que el espíritu terrible del sol, como divinidad que entibia y hace crecer, pero que a la vez castiga. Su función principal es cercenar la visión, hacer ceguera, realizar la enucleación edípica, arrancar las órbitas que hacen ver, sacrificar aquello que permite la aparición de lo visible. Sabemos que no hay mayor divinidad que el sol, lo sabemos físicamente: mirar al sol es quedarse ciego; atisbar lo divino es levantar hacia lo prohibido una renuncia trágica. Ofrecer nuestro cuerpo al sol, pero no en la cobardía de querer tomar el sol, no en la grandísima tontería de querer ser bronceado por sus rayos. Tender al sol nuestro cuerpo como ofrenda, todo entero, en el dejar morir, o en partes, en pedazos: en orejas, dedos, ojos, sexos, dientes, mutilaciones para aplacar la furia encendida en el horizonte. La locura de Van Gogh abre la posibilidad de este antiguo ritual, aquel que había comenzado ya con esos girasoles turgentes, divinidades solares con tallo y corona de espinas.

Georges Bataille escribe tres ensayos sobre Van Gogh entre 1930 y 1949. Allí aparece la famosa oreja de Van Gogh como concreción de la libertad de un antiguo ritual. “Lo que empuja a un hombre, en ciertos casos, a darse (en otras palabras, a destruirse) no sólo parcialmente sino en su totalidad, es decir, hasta que se produzca una muerte sangrienta, únicamente puede compararse –en punto a su naturaleza irresistible y espantosa– a las deflagraciones cegadoras que hacen de la tormenta más demoledora un arrebato de alegría”. Esa terrible alegría es la que irradia las pinturas de Van Gogh, la que hace que la tierra tiemble y se ondule bajo las explosiones solares. Las flores, la alegría trágica de las flores solares que los transeúntes gustan mirar en los museos, como todo lo terrible, a la distancia, para no ser afectados. ¿Quién es, entonces, el que se sacrifica? ¿Quién es el que media entre nosotros y los dioses, quién ofrece su cuerpo, sus entrañas, su hígado a las águilas una y otra y otra vez? Bataille afirma que los mitos de los sacrificios son semejantes a los argumentos de las tragedias, hay en ellos el poder de hacer explotar las pequeñas certezas que dan estabilidad a nuestro mundo. No se explica de otra manera esa atracción que los cobardes sentimos por Van Gogh, la fascinación que hay en la destrucción de las formas, en la mutilación de los cuerpos y las certezas. Se trata, en la superficie, de la certeza, la del cuerpo propio, el que se torna intocable, al que queremos ahorrar los sufrimientos de la descomposición. De ahí que el arte pueda invitarnos a sumergirnos en ese momento de intensidad que necesariamente lo excede. “Vincent Van Gogh no está en la historia del arte, pues pertenece al mito ensangrentado de nuestra existencia como seres humanos. Se encuentra entre esos extraños seres que, en un mundo hechizado por la estabilidad, por la pereza, han alcanzado de repente el terrible ‘punto de ebullición’ sin el que aquello que pretende durar se convierte en algo insulso, intolerable y acaba decayendo”.

Editorial Casimiro | 2011


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Locos literarios
por Jota G. Fisac

Dos locos literarios con menor caché que Hamlet o don Quijote son los protagonistas de sendas novelas cortas de principios del siglo XX: Locura (1910), del poeta y novelista portugués Mário de Sá-Carneiro y Huída a las tinieblas (1931), del dramaturgo, novelista y psiquiatra austriaco Arthur Schnitzler. Ambas, muy distintas en el estilo y el punto de vista narrativo, cuentan el camino de sus protagonistas hacia la locura y el destino que allí los espera; ambas exploran esa mirada de la locura que reescribe la realidad, tensión entre razón y sinrazón, senda y campo a través, pasión y sosiego. Ambas novelas nos muestran la locura como una dialéctica que se fosiliza en el núcleo mismo de nuestro temperamento.

Más allá de la duda foucaultiana: ¿cómo distinguir una acción sabia cometida por un loco de una insensata locura llevada a cabo por un hombre sabio y comedido?, y de tecnicismos que clasifiquen y diferencien unas locuras de otras, algo se dibuja siempre en el rostro del loco, señal que emana desde su mismo centro y lo condiciona: la desviación respecto a una línea imaginaria, la confusión entre planos superpuestos, la sospecha de los otros de que tarde o temprano uno acabará rompiéndose y mostrando su verdadera naturaleza. La cruda certeza de que no cambiamos esencialmente.

Robert, el protagonista de Huída a las tinieblas (Losada, 2004), vuelve a Viena después de una temporada de descanso por prescripción facultativa. A su regreso, paseando ya por la ciudad, irrumpe en su mente el recuerdo del tiempo pasado: su esposa muerta de forma prematura y repentina; Albertina, la mujer de la que se enamoró ya de viudo y a la que de forma inexplicable dejó marchar de su lado; la carta que le obligó a firmar a su hermano, médico de profesión, comprometiéndose a poner fin a su vida en el caso de que la enfermedad lo llevara a extremos indignos e insostenibles. En la mente de Robert se confunden la realidad del recuerdo, el sueño, la imaginación, hasta el punto de preguntarse si no habrá matado, presa de los celos y en estado semiinconsciente, a Albertina; incluso si no fue también responsable de la imprevista y prematura muerte de su mujer. Robert duda porque no encuentra pruebas de no haberlo hecho, y teme que su hermano ejecute finalmente el poder que le concede la carta, porque aun siendo incapaz de haber cometido los crímenes de los que él mismo duda, aun demostrándose su total inocencia, ¿quién determina si uno está verdaderamente loco o no?

El protagonista de Locura (Menoscuarto, 2010) es Raul Vilar, un escultor célebre, un tipo genial y extraño desde su infancia. Según nos cuenta el narrador de la novela, su íntimo amigo desde la época colegial, Raul mostraba ya en aquel tiempo reacciones inesperadamente coléricas por cosas insignificantes, aunque enseguida remitían para mostrarnos de nuevo a un ser alegre y tranquilo. Raul es un ser inestable y cambiante, de carácter excéntrico sobre el que siempre se vierte la duda: ¿es solamente un melancólico genial o se trata de un verdadero loco? Luego fue sufriendo una extraña adaptación y acabó siendo un artista reconocido, contrajo matrimonio y mantuvo con el narrador una relación de amistad íntima. Pero esa aparente adaptación a la prestigiosa vida burguesa se vería rota en varias ocasiones, y sus temores a la vejez y la muerte, a la soledad del desamor, lo fueron de nuevo conduciendo al margen, la confusión y la duda; al terror al paso del tiempo.

Huída a las tinieblas es la historia de un hombre enfermo que ha perdido la ilusión de vivir y que enloquece por no encontrar pruebas de no haber matado a seres queridos. Locura es la historia de un hombre apasionado e inestable que lucha por permanecer en un mundo que le es hostil, un hombre de genio que traspasa la tenue línea entre la vida y la muerte. Robert duda del mundo y desconfía de cuanto lo rodea; tiene la certidumbre de que la realidad que vive está levantada contra él: el mal está fuera. Por el contrario, Raul vive en un mundo que considera miserable e injusto, un mundo que lo asfixia y donde no hay espacio para su vida ni para su arte; un mundo frente al que sólo cabe lo autoinfligido: la salvación está dentro.

Y en íntima relación con el temperamento y la locura de sus protagonistas, con sus desvaríos enfrentados y sus verdades ocultas, se manifiestan sendas estéticas narrativas que no obstante pivotan sobre las mismas vanguardias europeas del siglo pasado. Por un lado el narrador libre e indirecto de Schnitzler, tan introspectivo como debió ser el propio autor, una voz narrativa que toma el interior mismo de la mente de Robert y nos permite escucharle mientras piensa y duda; una mirada desde el interior de la locura que nos coloca en el centro del sufrimiento. Y al otro lado, la posición de privilegio del íntimo amigo de Raul, quien nos cuenta desde fuera la historia del personaje con detalles de su biografía infantil; un narrador en primera persona el de Sá-Carneiro que nunca llega del todo a entrar en la mente de Raul. Una mirada a la locura que nos sitúa frente al sufrimiento. Dos puntos de vista distintos para el mismo objeto, dos maneras diferentes de afirmar que la locura es la forma menos prestigiosa del conocimiento… Y sin embargo, tanta luz en sus desvaríos, tanta posibilidad en la confusión.


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Locos por Edgar Allan Poe
por Alice M. Pollina

Una noche, el pequeño John Henry Ingram tomó de la biblioteca de su padre un libro de poemas de Edgar Allan Poe y se fue a leer a su cuarto. "Sentí como si una estrella hubiera estallado dentro de mi cerebro", escribió décadas más tarde. Como el cuervo que, en la obra de Poe, entra por la ventana con "gesto señorial y negras alas", y se posa sobre un busto de Palas (dios de la sabiduría), los oscuros poemas de Poe entraron en la vida de Ingram sorpresivamente y para no irse "nunca más".

El impacto de esos versos fue definitorio y le dio a Ingram una vía para no pensar en la terrible posibilidad de perder la cabeza. Dos tías, su padre y una hermana se habían vuelto locos. A él lo aquejaban miedos y enfermedades recurrentes, imaginarias o reales, pero esquivó la amenaza de esa locura aferrándose a otra: su fervor literario. Una obsesión por Edgar Allan Poe que lo llevó a convertirse en uno de sus biógrafos y coleccionistas más importantes.

El objetivo de Ingram fue refutar las memorias escritas por Rufus Griswold. El histórico rival del escritor norteamericano había publicado una biografía difamatoria, tratando al autor de "Los crímenes de la calle Morgue", "El gato negro", "El escarabajo de oro" y otras historias, de demente, borracho y adicto a las drogas.

Para eso, en 1874, veinticinco años después de la muerte de su admirado poeta del suspenso y el terror, John H. Ingram, que vivía en Inglaterra, se comunicó con los parientes y amigos de Poe que todavía estaban vivos, en Estados Unidos. Así se convirtió en el primero en descubrir esas fuentes y recurrir a ellas, recolectando información que luego usarían como referencia los siguientes biógrafos.

Los allegados a Poe se mostraron ansiosos por colaborar en el libro que pondría fin a las infames acusaciones de Griswold. Le enviaron a Ingram testimonios y recuerdos de las actividades literarias y personales del escritor. Sarah Helen Whitman (su prometida) y Annie Richmond (otro de sus amores) le confiaron copias de las cartas que Poe les había escrito y de los libros que habían sido encontrados en su baúl luego de su muerte. Sarah Anne "Stella" Lewis (amiga) le dio el manuscrito de "Politian" y el daguerrotipo que Poe le había regalado (hoy es una de las imágenes por las que se conoce el rostro del escritor). Rosalie, la hermana del poeta, Neilson Poe (primo) y su hija Amelia también contribuyeron.

Aunque Ingram contó con todo ese material directo, muchas de las conclusiones que figuran en su trabajo sobre Poe fueron consideradas erróneas o demasiado entusiastas. Según la Edgar Allan Poe Society of Baltimore, la gran variedad de interpretaciones de la vida del escritor hizo que se consideren diferentes campos de distorsión: el "campo Griswold" (que lo despreciaba como demonio), el "campo Ingram" (que lo glorificaba como ángel) y el "campo Baudelaire" (que lo glorificaba como demonio).

John H. Ingram pasó 62 años de su vida investigando y escribiendo sobre Poe. Murió el 12 de febrero de 1916, a los 74. Tiempo después, su hermana Laura vendió su extensa colección, enviándola por barco, a la Universidad de Virginia, donde se encuentra actualmente.

Su libro "Edgar Allan Poe. Vida y obra" (1944, Editorial Lautaro) se consigue en las librerías de usados de la Avenida Corrientes. La edición está traducida del inglés al castellano por Edelmiro Mayer, un militar argentino que luchó en la Guerra de Secesión en el ejército de Abraham Lincoln.


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7 poetas 22
por Los editores

Conversaban dos que no fueron poetas. Decía Aquel: “No se puede ser feliz y decir la verdad al mismo tiempo”. Y el Otro abundaba: “Así deberían empezar todos los libros...” No hacía entonces mucho calor ni tampoco frío. Y tal vez fueron las condiciones de normalidad las que contribuyeron a multiplicar las ingenuidades.

El suponer que se puede ser feliz (o incluso, estarlo) desprende un aburrimiento que hasta resulta contagioso, mientras que creer en la posibilidad de decir la verdad se instala en la categoría de evangelio, si primero hubiese sido el verbo. Mientras, el Otro imaginando que habrá seres escribiendo libros. Y que estos empiezan alguna vez en alguna parte.

La palabra nombre es en sí un estallido. Y el nombrar, un big bang en blanco con vacío de fondo. Toda la vida se persigue ese alumbramiento, aun sabiendo que tras el paréntesis no nos espera sino el límite de la palabra, que es el del cuerpo. Y a todo esto, el tiempo, en el cual somos sin que él sea nada. A la materia misma un verbo está adherido. Por eso estos poemas, esta selección, porque no se puede atrapar a la palabra al mismo tiempo que se la atrapa. Así deberían empezar todos los días.

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¿Y quién se va a olvidar de Héctor Tizón?
por Rodolfo Alonso

Los años nos permiten, a veces, algunos privilegios. No es de los menores, según mi criterio, el haber podido asistir a la realización de los amigos. Hace un buen lapso ya, en la misma entrañable Maimará donde nació Jorge Calvetti, la lluvia nos inclinó a refugiarnos, con Héctor Tizón, en uno de los dos únicos boliches del pueblo. Afuera, sobre el frente de adobe, un pequeño cartel ingenuamente rústico seguía rezando Los Naranjos. Adentro, en un ámbito que sólo por un instante me sugirió a Macondo (porque nadie confunde a la Quebrada), entre las sombras que iban prosperando a nuestro lado, vimos las pesadas gotas de la tormenta chorreando, desde un cobertizo de caña, contra la luz de un farol, y dialogamos una eternidad alrededor de una jarra de vino. O más bien yo lo escuché hablar a él, que lo hacía magníficamente, con ese tiempo fraternal y hondo que también solía regalarnos, por ejemplo, desde la galería de su casa en Yala.

Entre tantas fértiles palabras suyas hubo algunas que me quedaron vivamente grabadas, que me impactaron bien a fondo. Tizón mencionó entonces una fecha redonda en el tiempo futuro, un mojón en el devenir, digamos equis años, y de inmediato calculó cuántas novelas podían escribirse en ese espacio.

Bien sabemos que el tiempo no sólo suele resultar elástico, sino también mañero y engañoso. La eternidad puede ser un instante, y el tiempo arrastrarse y sobrarnos como para que imaginemos tener que matarlo. Ahora, a la distancia, me alegra enormemente no sólo que Tizón haya podido ofrecernos -y ofrecerse- esos hermosos, tocantes libros trabajados por su vida que fue produciendo desde entonces, con la misma morosa y honda serenidad con que sabía conversar tan sabrosamente, sino también que esos libros hayan conseguido el auténtico milagro, y aun en tiempos áridos y ácidos, de hacerse carne con la apasionada atención de muchísimos lectores.

Los mismos que encontraron en Tierras de frontera (bajo la forma de papeles y escritos tantas veces de circunstancia, surgidos y forjados con la misma intensa expresividad del transcurrir) o en ese reciente Memorial de la Puna que él mismo calificó de "último" (algo así como la frescura de verde y agua en una siesta) muchas otras verdades del escritor y el hombre. Esas que Héctor Tizón solía entregarse y entregarnos, cuando charlaba morosa y largamente entre amigos, junto con la creciente oscuridad del crepúsculo en su tierra, mientras caía la noche y se abría la confianza, con todo el tiempo del mundo para la projimidad, las historias y la fábula.

Se están yendo los míos, mis cercanos mayores. Y me quedo más solo. Pero eso sí, encendido de recuerdos fecundos.


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The Bodysurfers | Robert Drewe
por Agustina Szerman Buján

Todo empieza en una Nochebuena, cuando un padre viudo introduce a sus hijos a quien se convertirá en su viuda cuando estos sean mayores, muchos años después. Las relaciones humanas no son fáciles, tienen un entramado complejo. Relaciones abiertas, parejas nuevas, hermanos distanciados, alianzas inesperadas, amantes... El libro de cuentos The Bodysurfers abarca aspectos de la vida y la familia desde el punto de vista de padres e hijos como miembros familiares y como individuos independientes. Quienes primero fueron niños pequeños luego serán padres divorciados o amantes aturdidos. La familia Lang es narrada en doce cuentos, en distintas instancias de su vida, caracterizada por la ausencia de conectores lógicos o articuladores semánticos (tanto entre sus miembros como entre los cuentos). Los saltos temporales que enmarcan la cronología de esta familia se alternan con narraciones de personajes ajenos al núcleo familiar, lo cual hace preguntarse al lector a colación de qué están ahí. El crimen, el adulterio, la muerte, la soledad y el topless ponen en relación estos doce cuentos que a simple vista podrían leerse individualmente. El tiempo transcurrido entre uno y otro se define en el interior de los cuentos mismos. Pasado y presente no necesariamente responden al orden lógico esperable sino que se igualan en el relato de anécdotas de tíos y sobrinos en el mismo momento de adultez. Lo que fue, lo que podría haber sido, o lo que es sin que lo sepamos queda cristalizado por la totalidad de estos cuentos, sin que predomine la voz de un miembro de la familia por sobre la de otro. La cosa pequeña, excusa de cada cuento, condensa mucho más que lo que hay en la superficie. Reposa sobre el párrafo final de cada uno su relevancia y su peso. Con la excusa de una anécdota, a orillas del mar, cada cuento tiene un golpe de efecto en el lector gracias a su impacto sorpresa.

Los saltos temporales y los personajes ajenos al núcleo familiar ofrecen a los textos distintas posibilidades de resolución. El texto, por no narrar la historia familiar como un continuum generacional articulado "del lado de adentro", deja abierta la posibilidad a muchas razones de ser entre los cuentos. Para conocer la relación entre ellos es preciso ponerlos a contraluz y aventurar una hipótesis de lo sucedido; aquellos cuentos que intermedian en la historia de la familia abren el juego a no descartar ninguna opción. La sutileza detrás de cada uno le da sentido a la anécdota que lo sostiene, pero no lo completa. Queda a criterio y voluntad del lector la tarea de atar cabos entre animales marítimos, crímenes, separaciones e infidelidades, monólogos internos y narraciones omniscientes. Un trabajo de composición lectora en el que resulta difícil eludir el sentimiento de que uno mismo ha crecido a la par de sus protagonistas, sin necesidad de que esto quede explicitado.

Editorial | 1983


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Libros para locos bajitos
por Javier Martínez

Baldanders ¬ Iris Rivera & Tania De Cristóforis
Retomando el mito germánico de Baldanders, Iris Rivera y Tania De Cristóforis han plasmado un libro del cual es difícil que el lector –niño, joven o viejo– pueda sustraerse. En una plaza, un hombre contempla una estatua que, inesperadamente, se transforma en una mujer. Una mujer de la que se enamora a primera vista; una mujer que, de ahí en más, nunca dejará de transformarse, puesto que para ello ha sido hecha. La historia de amor, entonces, se desarrolla con ella mutando y él siguiéndola en sus mutaciones: si se transforma en agua, él será vaso para contenerla; si se transforma en maullido, él será gato para poder maullarle... Así, a lo largo de unas preciosas páginas, ella y él van recorriendo el mundo, cambiando, volviendo a ser uno para el otro. Las palabras de Rivera son delicadas, precisas, y arman, más que un mapa de transformaciones, un poema que le canta a la mutación. E indivisiblemente ligadas a ellas van las ilustraciones de De Cristóforis; ilustraciones que no acompañan, sino que se articulan con el texto: si las palabras no nos privan de preciosismo, tampoco lo hacen las imágenes. Quienes sientan curiosidad por este mito, pueden comenzar buceando en “El libro de los seres imaginarios”, de Jorge Luis Borges. Quienes allí abreven tendrán la posibilidad de degustar otra de las sutilezas de este precioso libro editado por Macmillan: las únicas palabras que dice la protagonista es “Me dicen Baldanders”, un mote, una forma de describirla en su incesante transformación. Que no sea Baldanders, el monstruo que Borges describe con certeza, deja al descubierto una historia de amor con ribetes de los más variados, incluyendo la tensión erótica y la melancolía, las apuestas y el fluir, con una sutileza que sólo los buenos libros pueden transmitir.

Macmillan, colección Todos distintos | 2012



Pequeñas historias de grandes pintores ¬ Elenio Pico
En su nuevo libro, el pintor e ilustrador argentino, radicado en Barcelona, Elenio Pico propone un interesantísimo recorrido por una pinacoteca histórica cuyo eje principal no está puesto en la exhibición de obras de grandes autores sino en contar, en pocas palabras, algunas de las particularidades de la vida de los 23 pintores a los que homenajea. Recreando visualmente, en un trazo acorde al público infantil al que está dirigido, las obras de cada uno de ellos, introduce anécdotas, pasajes, curiosidades de las vidas y las obras de quienes, puede asumirse, le han calado hondo en su corazón. Así, no sólo pone al alcance de las pequeñas manos a los clásicos de todas las épocas como Picasso, Van Gogh, Rousseau, Xul Solar, Da Vinci o Goya, sino que acerca estéticas e historias de otros menos conocidos, como el caso de Hokusai, el pintor japonés del s. XVIII que cambió más de veinte veces de nombre en la búsqueda de una pintura suya que, recién cerca de los 100 años de edad, pudiera considerar como una obra de arte. Para los pequeños lectores inquietos o para los lectores adultos que les cuentan historias a sus niños, propone un recorrido del cual podrán disfrutar de los colores y las formas del mismo modo que de las anécdotas y las historias de vida de los que, pintando más que su aldea, abrieron el mundo.

Pequeño editor | 2012


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