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La fatalidad posee una cierta elasticidad a la que se suele llamar libertad humana.
Charles Baudelaire
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Misa negra
por Jota G. Fisac

En el interior de una iglesia, frente al altar, ante un Cristo crucificado, el Sacerdote escucha en confesión al Primer Ministro: Qué hacer, padre, con estos salvajes instalados en la calle, no causan más que problemas; se niegan a marcharse, permanecen inmóviles ante los fusiles que les presentamos, qué hacer, padre. El Sacerdote lo absuelve de todas las faltas y se dispone a darle la hostia consagrada cuando, desde el exterior del templo, llega el estruendo de una fuerte descarga de rifles. El inspector entra para informar al Primer Ministro: para persuadir a los rebeldes que se han instalado en la plaza y se niegan a levantar el campamento, hemos tenido que abrir fuego. ¿Resultado?, pregunta el Primer Ministro: 69-0, ya sabe lo profesionales que son los muchachos. Ahora están en las duchas, quizá si los felicitara, a los muchachos les gusta que les feliciten nada más terminar, mientras las mujeres preparan los bocadillos. El Sacerdote interrumpe la eucaristía y sale del templo junto al Primer Ministro para echar un vistazo a la situación. Ese es el momento que aprovecha el Cristo para bajar de la cruz, dejar caer algo en el vino y ascender de nuevo sin ser visto. Fuera, los muertos yacen en la plaza. A la mayoría les han disparado por la espalda. Es típico de los Kaffirs, aclara el Primer Ministro, que vuelvan la espalda cuando los blancos les apuntan. De vuelta a la iglesia, el Sacerdote procede a terminar la eucaristía: el Primer Ministro bebe la sangre de Cristo y muere. El cadáver yace frente al altar. Encuentran un charquito de sudor y de sangre: todo apunta al Cristo. ¿Conoce a este tipo?, pregunta el Inspector señalando a la cruz. Sí, el Sacerdote lo conoce, le han dado buenas referencias pero… uno nunca sabe. No se preocupe, dice el Inspector, sáquelo de aquí de inmediato, no debemos permitir que ciertas habladurías lleguen al extranjero. El Sacerdote recrimina a Cristo su comportamiento y le obliga a abandonar el templo. Pero la cruz vacía… no puede quedarse así. No se preocupe, dice el Inspector, que ha montado un turno de guardia de dos horas entre los muchachos, no se preocupe, como están acostumbrados a dirigir el tráfico, lo aguantarán bien. El Inspector se arrodilla y recibe la hostia consagrada. Tranquilo, le aclara el Sacerdote, he cambiado el vino.

La escena pertenece a Misa negra (1970), obra del artista inglés Edward Bond, dramaturgo, director de escena, poeta, traductor, ensayista y guionista (entre otras cosas). Misa negra formó parte de Secuencia de Sharpeville, escrita para conmemorar el décimo aniversario de la Matanza de Sharpeville, organizado por el movimiento Anti-Apartheid en marzo de 1970. Junto a otras dos de sus obras, fue publicada en español en 1989 por el Centro de Documentación Teatral como suplemento de la revista El público. La reliquia cayó en mis manos hace algunos meses y es casi lo único que puede leerse traducido al español de este polémico artista. Incluye Pasión (1971), una pieza breve en la que la bomba atómica llega finalmente a explotar como consecuencia de una absurda decisión, y El angosto camino hacia el profundo norte (1968), obra en la que Basho, el maestro japonés del verso haiku, tras treinta años hallando la sabiduría en el profundo norte, regresa a la ciudad para derrocar a Shogo, un bandido que, tras haber asesinado al viejo emperador dueño de todo el sur, es ahora el amo. Shogo tiene el don del tirano: moldear la historia y gobernar con la violencia, lo que crea resistencias y oposiciones. Después de su victoria, Basho refunda la ciudad, que ahora se rige por la devoción del sacerdote y es gobernada por la moral, lo que convierte en sumisos a los ciudadanos al crearles la culpa de ser pecadores y la necesidad de redención. Necesitamos símbolos, dice Basho, para protegernos de nosotros mismos. Un loco destruye a los hombres, pero un fanático destruye sus esperanzas.

Entre esas estéticas distintas de una misma modernidad podemos intuir que transita el teatro de este polémico artista, que arrastra tras de sí la conmoción que causó en el estreno de Saved (1965) la escena en la que un niño es lapidado en su cochecito por una pandilla de jóvenes en un parque londinense. Para Bond es inmoral no escribir sobre la violencia, a la que considera más producto de una sociedad injusta que algo inherente al ser humano. Como su propio teatro, que transita entre lo político y el absurdo, el dramaturgo inglés, que cumplió ochenta años en 2014, es considerado un marginal, un outsider, un guerrero de primera línea en la lucha contra lo establecido y lo trivial; un provocador; un mercenario insumiso que no descansa nunca; un extremófilo, como se definió él mismo en una entrevista realizada en 2008. Podemos presumir que su fabuloso teatro deconstruye la realidad para hacerla insoportable y someterla a la necesidad de un cambio. Escrito con un lenguaje elevado y poético, las metáforas y los símbolos juegan el papel fundamental en ese primer teatro de Bond. Y también las acotaciones meta escénicas. En Pasión, la Reina inaugura un monumento en el que se ve a un cerdo crucificado, con un casco de soldado en la cabeza. Y entre paréntesis y cursiva, leemos: “Deberá conseguirse el cerdo en un matadero y no deberá ser sacrificado para la representación. Puede parecer innecesario hacer esta matización, ya que parece difícil de imaginar que los actores abandonen un ensayo para ir a matar un cerdo. Pero los directores son otra historia –la experiencia demuestra que es un error correr riesgos con ellos.”

El angosto camino hacia el profundo norte. Misa negra. Pasión. Teatro 4. El Público (*). Centro de Documentación Teatral. Madrid, junio 1989.