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Si me cortan las dos manos, compondré música sosteniendo la pluma con mis dientes.
Dimitri Shostakovich
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Aquellas milongas en el patio
por Leandro Alva

Hace un rato llegué de la celebración del día del tango en la plaza de Lomas. Tocaron varias orquestas y hubo milonga en la calle, además de la feria de las colectividades con sus artesanías y sus comidas típicas. 

Tengo por hábito escuchar al menos un tango al día. Como una suerte de píldora que me hubiera recetado algún doctor canyengue. Pero una cosa es la soledad de mi madriguera y otra muy diferente cuando a uno le toca presenciar la comunión del vecino con su prójimo a través de la música, bailando en el medio de la calle, siendo la música, siendo quienes deberíamos ser. 

En lo personal debo decir que cualquier tipo de danza me resulta inexpugnable, soy un patadura desde la adolescencia y no reniego de mi condición. El tango me ayudó a descubrir otro tipo de belleza, otra faceta creativa: un lenguaje que antes ignoraba por completo, un lirismo que me llenó de asombro la niñez. 

En mi casa, había un disco que me volvía loco; allí desfilaban cantores y orquestas y se escuchaban versos como "tus tangos son criaturas abandonadas que cruzan por el barro del callejón" o "tu piel, magnolia que mojó la luna", cosas así, una locura. Yo empezaba a darme cuenta que el relator de fútbol de la radio, el carnicero que se quería chamuyar a una clienta o mi tía que escuchaba a Palito Ortega no hablaban así. Confusamente sentía que en esas canciones había "otra cosa".Tenía 6 o 7 años y en la escuela me decían que existía algo que se llamaba poesía pero no lo identificaba con lo que sonaba en aquel disco de mi papá. Y es que seguramente, el tango es el legado más grande que me dejó mi viejo. Por eso, hace un rato, mientras la gente bailaba en plena calle me acordé de las fiestas en casa, cuando él y mi vieja y también mis abuelos se lanzaban al patio a "sacarle viruta al piso" con La Yumba o Bahía Blanca. Por eso me acordé de mi abuela cantando "Desde el alma" mientras lavaba la ropa sobre la tabla con un ladrillo de jabón Federal, o de mi mamá preparando el tuco del domingo y canturreando "Los cosos de al lao". Qué sé yo, hoy es el día del tango porque algunos sostienen que debe haber un día para todo pero para mí el tango es un misterio que está siempre presente. De lunes a lunes.

Los últimos años con mi viejo fueron imposibles; ya estaba rechiflao en su tristeza y por obra y gracia (?) de extrañas alquimias, esa tristeza se transfiguró en frustraciones y enojos que apuraba de un trago en un repetido vaso de licor. Fueron tiempos muy peliagudos.

Sin embargo, prefiero volver al patio con las parejas bailando bajo la glicina, bajo las estrellas de la orquesta de Caló, bajo la mirada de un Dios que toca el fueye universal y cierra los ojos, así como Pichuco.

Una tarde, mi padre me contó que aquellas canciones las había escrito un señor con el alma en orsai, que se llamaba Homero Manzi, que había vivido en Pompeya, que se había enamorado locamente de una cantante muy famosa. Después uno crece y se olvida de todo, hasta que una noche, por ejemplo, en la plaza de Lomas (en el mismo lugar donde lo vi a Pugliese a fines de la década del ochenta) la gente baila y se divierte, y viene mi sobrinita de 3 años a pedirme que baile con ella, que ella me enseña, y me dice que me muevo como un mono y los dos nos reímos, y mi viejo, que anda por ahí, deja el escabio por un rato y me vuelve a explicar quien fue Manzi para intentar saber quién soy yo.