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Dejemos que el pasado sea el pasado.
Homero
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Mi techo de madera
por Ma. Inés Barone

Correr la veladura de la razón para entrar en el campo onírico. Ese desvelo que pende del instante o momento previo a conciliar el sueño. La mente se explaya diletante y vaga por todas las imágenes que se destacan con la mirada en el plano inclinado del techo al alzar la vista. Un paneo por ese horizonte difuso que se recorre con ojos entrecerrados.

Imágenes desacatadas del mundo ordinario, imágenes de cuentos de fantasías que ordenan esa naturaleza incierta de lo desconocido. Las escenas de ángeles y demonios, alimañas y bichitos de la suerte, conviviendo armónicamente en el entretejido que conforma la sustancia de la madera.

Sin ton ni son, los pensamientos circulan aleatoriamente, con rumbo fortuito. Según sea la cosa, los enigmas a develar y el espíritu imperante en nuestro ser son diversos; cabe interpretar esas escenas de líquenes, plantas exóticas y animales imaginarios conforme el sentir del momento. Se hacen patentes los mensajes que surgen entre las nervaduras de la madera.

Sueño y vigilia se entremezclan en tiempos pretéritos y futuros que se materializan convocados por el devaneo mental. Dolores antiguos, viejos pesares, se intercalan con instantes de fulgurosa felicidad en esa marea flotante del espíritu. El mar insondable del pensar y sentir esas derivas imaginarias o ciertas del camino vital ya recorrido, y el del enigmático porvenir, ingresan como oleaje esquivo y persistente.

Aquí, en este cuarto, los dibujos en la madera que recubre el techo de la habitación son ricos motivantes para despertar ensoñaciones. Ese horizonte que porta color de cálida materia orgánica, orbita como testigo mudo y a la vez elocuente de las vivencias del habitante despierto o durmiente, recostado en la cama que domina el espacio. Presencia palpable de imágenes que observan calladamente  el desarrollo de la escena viviente.

Allí, el amor y el desamor se dieron cita puntualmente, transformando el escenario alternadamente en siniestro o feliz. La riqueza de la vida transita en este ámbito cotidiano tan familiar donde se respira la presencia del habitante en la morada que le procura reposo.