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Dejemos que el pasado sea el pasado.
Homero
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por Leda Díaz

El drama de ser dos
Stéphane Mallarmé

Se acomodó a un pasado, mezcló coincidencias y búsquedas desesperadas. Algunos saltos, vueltas a la manzana, escondites, peripecias. Le agregó algo de intriga al desencuentro, y pasó así muchos años de su vida, dentro de un frasco vacío que parecía siempre lleno.

Esa tarde, una brisa urbana, mezcla de ajo, canela y pomelo, la puso en alerta. Como un golpe en la cabeza que la regresó por donde se había perdido.

Ahí, mientras secaba cubiertos y le sacaba brillo a las copas, comprendió que su intimidad no estaba a su alcance. Se dejó llevar por una esperanza que se le colaba por la entrepierna.

Dejó el repasador, tomó la bandeja redonda, se la puso delante del pecho (un escudo para las dudas), y comenzó a caminar, pausada y firme.

Se asomó a su territorio, a su campo de acción y fuego. Ahí estaba, solo, detrás del vidrio. Acero y azulejos completaban el marco.

Vio sus manos de uñas cortas y engrasadas recorrer y resbalar sobre una carne, masajearla para ablandar las fibras. Observó el brillo opaco del acero entre sus dedos, un cuchillo que recortaba bordes y mutilaba indeseables.

Tal vez sólo fueron unos intensos tres minutos, podían olerse a la distancia, saberse cerca.

Con una rejilla limpió el cuchillo. Mientras lo hacía, levantó la cabeza y la miró a los ojos con toda su cara.

El gorro blanco impecable, el saco cerrado hasta el último botón. La boca semiabierta, con algo para decir, quizá un “hola”, un “¿cómo estás?”, una disculpa.

Muy despacio dejó su escudo sobre la barra. Decidida y suave, se desató el delantal, se lo quitó, lo apoyó encima. Se dio vuelta, miró hacia la puerta de salida, atravesó el restaurant lleno de gente que reclamaba su atención, y salió a la calle.

Necesitaba extrañarlo.