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La fatalidad posee una cierta elasticidad a la que se suele llamar libertad humana.
Charles Baudelaire
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La creación futura del cuento actual
por Nahuel Sánchez Cabanettes

Edgar Alan Poe sentó las bases del cuento moderno. El género debe articularse de forma tal que todos los elementos que componen el texto —desde los párrafos hasta los sintagmas, pasando por las proposiciones, el mesurado uso de adjetivos (más o menos objetivos o directamente epítetos), el sustantivo preciso, hasta desembocar en las pausas (desde los puntos y las comas hasta los paréntesis y guiones)— deben estar vehiculizados hacia el final del relato. El clímax, como lo llamaba Poe, es el más importante factor del cuento. Todo lo escrito debe ser la justificación del final, de ese clímax que se presume imperioso. A su vez, el final debe resemantizar lo precedente. Se trata de la tensión. Todo apunta a una insoslayable tensión que explota como granada en mano en la cara del lector en la clausura del cuento. Y la tensión va in crescendo. (Los preceptos de Poe no pasaron inadvertidos al punto tal de que el propio Borges se apropió de la fórmula y, como es sabido, superó con creces al estadounidense).

Si Edgar Alan Poe sentó las bases del cuento moderno, nuestra Samanta Schweblin hizo lo propio con el cuento actual: lo re-modernizó. Los mejores textos de Schweblin —incluyendo, desde ya, la cuentística nouvelle Distancia de rescate— comienzan, continúan y finalizan más alto que los mejores falsetes de las óperas de Wagner.

Lukács se apoya en Poe para diferenciar el cuento de la novela. Si en el cuento, dice Lukács, lo más importante es el final, en la novela, el final pasa a ser secundario. Ergo, lo más importante es el ínterin. Sin embargo, en Schweblin, al ser la tensión el eje medular de la totalidad de la obra, principio, devenir y final —que adquiere un sentido pleno una vez que el lector llena los presuntos huecos semánticos (los “silencios”) dejados, deliberadamente, por la escritora— forman tres pilares de igual relevancia, a saber: todo es lo más importante. Todo está. Solo hay que saber buscar(lo). Empero, nunca hay cierre, nunca hay clausura. “De la obra al texto”, decía Barthes, de lo cerrado (clausura) a lo abierto (apertura a lecturas que devienen incontables).

La prosa de Schweblin fluye como el río de Heráclito: fuera de toda tentadora ambición de originalidad que, inevitablemente, termina cayendo en el pecado del barroco, los libros

de Samanta están configurados por una asombrosa lectura transparente. El terror de lo cotidiano, de lo sobrenatural en un principio y de lo extraordinario en la actualidad, las preguntas ¿sin? respuesta son los ejes centrales de la cuentista que, junto con Borges —en lo que va de nuestro corto período de la historia de las letras argentinas—, hacen de Samanta Schweblin una de las escritoras más grandes de la literatura universal.