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La fatalidad posee una cierta elasticidad a la que se suele llamar libertad humana.
Charles Baudelaire
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Entonces rezo
por Andrea Barone

Son diversos los curas presentes en varias novelas familiares, al menos en las que se escriben en los descendientes de inmigrantes atravesados por la religión católica apostólica romana. Claramente, una de las dos más grandes de occidente, con millones de fieles, hermanados e igualados. Todos hijos de Dios. Diferencias borradas y en muchas ocasiones a la fuerza, hechas cenizas, decapitadas; por supuesto, cosas que desconocía de niña. De algunos de esos diversos, he aquí una semblanza, de esas pinceladas de religión ya desteñidas que forman parte de mi historia, que implicaron turbulencias en mi alma de niña, con sus preguntas e inconsistencias ya en juego.

Los conocí jugados, seriamente creyendo en que el prójimo es el que está al lado, cerca, uno de carne y hueso con el que hay que trabajar, al que hay que ayudar, con el que hay que compartir el vino, la sangre de cristo, el pan, la risa, la vida. Los conocí obsoletos, lejanos, vestidos con los envoltorios de la iglesia, esa buena familia, exudando el ideal del buen cristiano. Impartiendo verdades y perdones, en el nombre del padre, letanía del rezo repetido. Envueltos en sospechas, de complicidad con la muerte, certezas probadas, también de filiaciones, el secreto a voces sobre el hijo del cura: igualito, misma cara, mismos rulos, mismidad silenciada.  

Concepción inmaculada, mandamientos listos para ser quebrados, también por la propia iglesia. Contradicciones, inconsistencias, masoquismo a la orden del día, esa orden, ese pan nuestro de cada día que en algunos puntos horroriza, tanto cuerpo flagelado, sangrando, crucificado. Pero desde luego, todos pecadores, no habemus, en los seres parlantes, quién se salve del pecado original. En el principio, el verbo; los nombres, la grieta abierta en el goce, la pérdida que lo funda siempre en menos, cojeante, inalcanzable. Pérdida de la que toca responsabilizarse y que no puede escudarse en el padre, en el nombre del padre y por la culpa del otro; o la bendición del otro, otra cara de lo mismo. Requiere un hacer a nombre y en nombre propio, sostener un bien decir, ético, no bendecir, lo universalizante y masificante, homogéneo, pesados y gigantes ideales, mentirosas verdades.