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No tan ortodoxa
por Diego Singer

Ser una miniserie de moda, como Unorthodox, no exime de cargar un significado que excede los límites de la rigurosa comunidad Satmar.

Dos tareas del comienzo de la vida: estrechar cada vez más tu círculo y probar una y otra vez si no te mantienes escondido en alguna parte fuera de tu círculo.
Franz Kafka

1. Pureza y peligro
Se participa de un rito solamente si no se lo comprende. Eso no quiere decir que falten explicaciones o intentos de descifrarlo que logran distintos niveles de refinamiento pero, en el fondo, ninguno de ellos puede dar cuenta plenamente de lo que se hace. Lo primero que se impone es un conjunto de gestos que van tallando la carne, que constituyen lo que somos en la repetición colectiva que atraviesa generaciones. Los ritos nos preceden y nos convocan a una comunidad aun antes de arribar fácticamente a ella.
Que no pueda haber comprensión plena de lo que uno hace implica una crisis de la soberanía individual siempre presente allí donde la tradición indica qué se debe hacer y, ante todo, cómo hacerlo. Se trata de constituir hábitos y de entrenar una sensibilidad más que de imponer un conjunto de ideas. Es lo que sucede también con una lengua materna: se aprenden a paladear combinaciones de vocales y con-sonantes, se va formando una cadencia, se abre un oído para tonos, ritmos, velocidades.
Y aunque la lengua está atravesada por reglas, no podemos confundir su uso con la rigidez de los rituales religiosos. En ellos, la ruptura o el cambio en detalles mínimos conllevan la posibilidad de su fracaso. De ahí que, generalmente, haya personas elegidas especialmente para oficiar adecuadamente los rituales, sacerdotes que cumplen los roles más importantes mientras controlan y enseñan a los otros miembros de la comunidad lo que deben hacer.
En la miniserie Unorthodox asistimos a una recreación de la vida de la comunidad judía ortodoxa Satmar, en la que los rituales religiosos no solamente marcan momentos fundamentales de la vida (como el casamiento); sobre todo atraviesan minuciosamente su mundo cotidiano. La ritualización de las relaciones sociales deja, sin dudas, poco espacio para las decisiones o las improvisaciones individuales.
En el año 1966 la antropóloga inglesa Mary Douglas publica una obra fundamental titulada Pureza y peligro. Allí leemos sobre el pueblo judío: “La fecundidad de las mujeres, del ganado y de los campos se promete como un resultado de la bendición y ésta se ha de obtener por el hecho de mantener un pacto con Dios y de observar todos sus preceptos y ceremonias. (Deuteronomio XXVIII, 1-14).”
Efectivamente, ¿qué otra finalidad puede tener ese conjunto de preceptos y ceremonias sino obtener el beneplácito de Dios para continuar siendo el pueblo elegido? Pureza y peligro son los dos polos siempre presentes con los que tiene que lidiar cada fenómeno de la existencia comunitaria. El peligro aparece justamente como la posibilidad de perder la pureza: hablamos del peligro de la contaminación.
En épocas en las que el miedo al contagio ha hecho que transformemos nuestros hábitos cotidianos, debemos comprender más fácilmente que nunca qué es lo que buscan los rituales: evitar el riesgo de contaminación. “La supervivencia de la vida –corporal o espiritual– tiene como condición la observación de un ritual, y también el respeto de una prohibición, que no se puede violar”, afirma el filósofo Roberto Esposito en su libro Immunitas.
Durante la miniserie lo vemos continuamente: el lavado de manos de Yanki, la separación estricta de los alimentos y sus mezclas, la purificación del cuerpo de la mujer en la mikve cuando Esty está preparándose para el casamiento y que continúa antes de cada relación sexual. El cuidado respecto a todo tipo de actividades cotidianas que no se pueden realizar durante el shabat. “En mi comunidad hay muchas reglas”, dice Esty en Berlín. ¿Cuál es su función? Hacer presente de modo permanente la relación con Dios y constituir a la vez la identidad del pueblo.
El peligro se manifiesta cada vez que las reglas se relajan, tal y como lo cuenta su abuelo en la conmemoración de Pesaj: “Cuando confiamos en nuestros amigos y vecinos, Dios nos castigó. Cuando intentamos usar sus ropas y hablar su lengua, Dios nos castigó. Cuando olvidamos quiénes somos, provocamos la ira de Dios. Por eso estamos ahora todos sentados aquí. Ahora aceptamos quiénes somos, y esa es la única manera de ser libres”.
Parece haber una relación demasiado directa entre Holocausto y asimilación. No solamente porque el exterminio histórico de millones de judíos puede leerse como un castigo divino por haber abandonado el pacto que unía a su pueblo. Más aún porque la vida moderna, cristiana-laica, europea, puede cumplir el mismo objetivo de un modo menos cruento pero quizá más eficaz. Por eso el peligro mayor no es el enemigo exterior, sino el relajamiento de las reglas internas que puede llevar a la indistinción.
Eso es lo que René Girard denominó, en La violencia y lo sagrado, la crisis de la indiferenciación entre lo puro y lo impuro: “Cuando se descompone lo religioso, no es únicamente, o inmediatamente, la seguridad física lo que se ve amenazado, es el propio orden cultural. Las instituciones pierden su vitalidad; el armazón de la sociedad se hunde y se disuelve; lenta al comienzo, la erosión de todos los valores se precipita; la totalidad de la cultura amenaza con hundirse y se hunde un día u otro como un castillo de naipes”.
Todas las preocupaciones del rabino, los cuidados de Yanki y Moishe en Berlín, todos los mutuos controles que la comunidad ejerce en su interior, tienen como finalidad evitar esa disolución.

2. Todo lo sólido se desvanece en el aire
Para la posición liberal –que encarna en algún sentido Yael, la chica israelí que le explica a sus amigos que los judíos ortodoxos son “lunáticos” y tienen costumbres “absurdas”– esa rigidez que impone la tradición no es otra cosa que un modo de opresión anticuado.
No es casual que Yael sea indistinguible de sus amigos músicos, no importa cuál sea su origen: Yemen, Nigeria, Israel, Polonia, Alemania, todos son cosmopolitas, es decir, huérfanos, han perdido sus pueblos. ¿Dónde están sus lenguas, sus vestimentas, sus músicas, sus roles sociales? Yael tiene alguna ligera idea de la comida judía que Esty sabe cocinar, pero es un conocimiento residual, como el que puede tener una turista que acaba de realizar un viaje a una región pintoresca. Esas son las únicas opciones que puede ver el liberalismo en una tradición: opresión o pintoresquismo.
Unorthodox nos presenta en última instancia la mirada del asimilacionismo judío: la ortodoxia es opresiva, la obediencia es asfixiante y claustrofóbica. La vida en Berlín, en contraste, aparece alegre, afirmativa, abierta, esto es, libre. Aun cuando Yael le pregunta si no escapó de algo así como una prisión y Esty lo niega, todo está armado para que el espectador afirme en su interior que sí era una prisión la situación en la que se hallaba en Williamsburg.
Por supuesto, el lugar que ocupan las mujeres en esa comunidad es imposible de justificar desde la mirada contemporánea de un feminismo liberal. Hasta la elección de la actriz, quien parece una niña más que una mujer de 19 años, refuerza la imagen de que estamos asistiendo prácticamente a una violación comunitaria. La violenta persecución posterior y la idea de que más que el bienestar de Esty quien importa es el bebé, otra vez le da la razón a Yael cuando desde su mirada secular afirma que “los hombres se la pasan leyendo la Biblia y las mujeres son máquinas de tener bebés”.
Para nuestra mirada liberal, el solo hecho del matrimonio arreglado implica un escándalo tal que no podemos pensar más que en la liberación de la pobre oprimida. Ese automatismo pone en evidencia el supuesto del que partimos: lo que existe en última instancia es una vida individual, toda sociedad debería permitirle lograr desarrollar su máximo potencial, sus elecciones, su felicidad. Lo que sabe todo pueblo es muy distinto: lo que hay es lazo común, tradición, colectividad. Los individuos deben cumplir su rol para que el pueblo logre su máximo potencial o su felicidad.
Friedrich Nietzsche, a quien un grupo de malos lectores confunde con un pensador nazi y otro grupo de malos lectores confunde con un filósofo individualista, escribía en Crepúsculo de los ídolos contra el matrimonio como elección individual: “El matrimonio como institución comprende ya en sí la afirmación de la forma más grande, más duradera, de organización: si la sociedad misma no puede responder de sí como un todo, hasta las generaciones más remotas, entonces el matrimonio no tiene ningún sentido”.
Justamente, una de las preocupaciones fundamentales de Nietzsche es que la modernidad piensa a la libertad como ausencia de la relación mandato-obediencia, esto es, en términos nietzscheanos como ausencia de vida. La tolerancia liberal es justamente el resultado del debilitamiento de toda fe y lleva, más pronto que tarde, al relativismo. Desde esta posición debilitada, toda fe saludable es vista como un fanatismo.
“La gente vive para el hoy, vive con mucha prisa, vive muy irresponsablemente: justo a esto es a lo que llama «libertad». Se desprecia, se odia, se rechaza aquello que hace de las instituciones, instituciones: la gente cree estar expuesta al peligro de una nueva esclavitud allí donde se deja oír simplemente la palabra «autoridad»”.
Nietzsche está más cercano, en cambio, a la enseñanza del abuelo de Esty: solo se puede ser libre diciendo sí a lo que se es, esto es, obedeciendo (oyendo, la raíz es la misma) a lo que manda en nosotros.
Y hay que abrir bien los oídos para escuchar el mandato de los instintos habituados a una forma de vida, hay que tener una voluntad “que sea antiliberal hasta la maldad: una voluntad de tradición, de autoridad, de responsabilidad para con siglos futuros, de solidaridad entre cadenas generacionales futuras y pasadas in infinitum [hasta el infinito]”.
No se trata, como podríamos pensar, de una posición conservadora, sino de la posibilidad de que pueda madurar una forma de vida colectiva, esto es, un pueblo. La persecución de los judíos, como dijimos anteriormente, no es sino el reverso más siniestro de una operación moderna que lleva a la muerte de los pueblos de una manera pacífica. El liberalismo es hostil a toda forma de vida afirmativa cada vez que nos ahoga en las decisiones individuales de corto plazo y en la tolerancia que disuelve las distinciones entre lo puro y lo impuro que crea una comunidad.
La profesora de piano le regala a Esty una brújula al momento de su huida. El mensaje es muy burdo, pero certero: va a tener que encontrar un nuevo norte. Pero ¿cómo guiarse en el nuevo mundo? El “motor de búsqueda” en internet es la nueva enciclopedia, el proyecto ilustrado para la totalidad del saber. Allí donde todo es bienvenido, ninguna forma es posible. “Demasiadas respuestas” dice Esty.
Hoy se sigue hablando de la importancia del “acceso a la información” y de su democratización, aunque mejor haríamos en pensar en cómo se crea un criterio para no estar abrumado por un mar de informaciones que impiden cualquier tipo de dirección para nuestra existencia.
¿Por qué estamos tan desorientados en el mundo moderno y cosmopolita en el que nos ufanamos en vivir? ¿Por qué creemos que es “superador” haber perdido toda fe? ¿Por qué confiamos que nuestro yo tenga la potencia de encontrar un camino propio? ¿Por qué somos incapaces de crear un pueblo?

3. Obediencia y liberación
¿Debemos conformarnos con esta contraposición forzada entre obediencia y libertad? Hay algunos indicios en Unorthodox que permiten ir un poco más allá, pero son realmente débiles. Por ejemplo, el caso de Moishe quien, a diferencia de lo que parece comparado con el inseguro y tímido Yanki, es el más débil de todos los personajes. Su violencia es producto de su impotencia, su imposibilidad de vivir tanto dentro como fuera de la comunidad es lo que lo lleva a tirarse al río en Berlín y pedirle a Dios que lo ayude.
Hay dos películas en las que una situación cercana a la de esta serie se presenta de un modo menos maniqueo. La primera es La petite Jérusalem de Karin Albou. El personaje principal, Laura, también es una mujer que vive en una comunidad judía ortodoxa, aunque no tan estricta. Sus amigos creen que ser libres es rebelarse. Pero ella es kantiana, entiende que someterse voluntariamente a un mandato es la única posibilidad de ser libre. Eso nos permite pensar un poco mejor el problema que veníamos tratando y nos recuerda nuevamente al abuelo de Esty. ¿Cómo definir la autonomía? Darse la propia ley, ¿quién lo hace? ¿La razón, la pasión, la tradición? ¿Cómo saber cuál ley es la propia? ¿Qué sucede si no podemos encontrarnos en ninguna?
La otra película se llama Die Fremde, es decir, ‘la extranjera’ o ‘la extraña’, y su directora es Feo Adalag. Muestra a una mujer turca que vive con un marido violento, hasta que, como sucede en Unorthodox, huye hacia Alemania donde está su familia. Pero al llegar, le indican que según la ley de su comunidad tanto ella como su hijo tienen que volver con el esposo golpeador. Ella se transforma en una extraña para su propia familia, pero sin embargo quiere que su hijo siga perteneciendo a la misma comunidad. No recorre, como lo hace Esty, un camino de emancipación y rompe en consecuencia ese par de opuestos siempre insuficiente que denominamos obediencia y liberación.

4. Josefina la cantora
Si en la comunidad Satmar las mujeres no podían cantar ni Esty tocar el piano, tiene mucho sentido para la historia de emancipación que propone Unorthodox que sea una escuela de música en Berlín el lugar en el que ella encuentra alojamiento, comida, amistad y amor. Todos en Alemania están ansiosos por oírla y le facilitan de mil maneras su entrada al conservatorio.
La actriz Shira Haas dice sobre su personaje en la serie que se trata de alguien que tiene que “encontrar su propia voz”. El final conmovedor de la audición en el conservatorio y la separación definitiva de Yanki apuntan en esa dirección: asistimos al comienzo de lo que se presenta como un camino propio.
Pero no es la canción de Schubert que había preparado la que logra conmover a sus examinadores (en última instancia, a los espectadores de la serie) sino la que canta en hebreo. Se trata de la misma que habían cantado los hombres de su comunidad mientras ella se casaba con Yanki, se llama “Mi bon siach” y habla justamente de la bendición divina que reciben los novios durante su casamiento y del amor de la novia.
¿Asistimos en ese instante al nacimiento de su propia voz, de su camino individual o a los miles de años de historia de su pueblo que recién ahora pueden cantar en ella? Lo que conmueve de esa interpretación no es el talento personal de Esty, sino el sentimiento religioso que se hace presente incluso en la cadencia de su cuerpo, el mismo que vimos en diferentes momentos de la serie a la hora de los rezos. Al comienzo de su propio camino está aquello que menos le pertenece.
La comunidad Satmar también tiene mucho que aprender de esta historia, porque el ritual también puede llegar a ser el lugar de la repetición que impida oír lo sagrado. Aún más importante es el aprendizaje para nuestras sociedades laicas e hiperproductivistas, cuya producción incesante de ruido necesita más que nunca la invención de algún tipo de shabbat.
Uno de los últimos cuentos que escribió Franz Kafka antes de morir se llama “Josefina la cantora o El pueblo de ratones”. Hay quien dice que es un texto sobre la comunidad judía desde la perspectiva de Kafka. Esa “o” en el título no indica la posibilidad de llamar al cuento de una u otra manera, más bien da a entender que no hay canto de Josefina sin pueblo y que, de la misma manera, no hay pueblo sin canto.