Sonoridades
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Bunbury: Posible
por Alejandro Feijóo

En una muestra de madurez compositiva, el nuevo disco de Bunbury escarba en las probabilidades de lo posible como herramienta de trabajo creativa.

Habitamos un mundo en el que la valoración de las cosas está por encima de la cosa misma. En este ordenamiento, la sorpresa se ha vuelto un valor absoluto cuyo dominio se encuentra vinculado prácticamente en exclusiva a lo juvenil. Así, a un músico con más de tres décadas de carrera a sus espaldas que presenta su décimo disco de estudio en solitario no se le ha de presuponer sorprendente. Es la ley del mercado cruzada con las leyes biológicas. Para más inri, cuando la versatilidad se da por sentada, lo versátil no sorprende. Y aun así, Bunbury sigue cabalgando al compás de sus propios ladridos, sin necesidad de Sancho ni escudero que lo secunde. Pocos músicos más hechos a sí mismos que el zaragozano hay en el panorama de la música hispana. Y, fiel a su estilo, con el lanzamiento de Posible redobla las apuestas.

Alejado, al parecer, de la corporeidad de los ritmos tradicionales latinoamericanos (un hecho que este redactor celebra), Posible marca un retorno a al artificio del sonido electrónico y sintetizado. No se trata de una visita nueva. Su primera placa solista (Radical sonora, 1997) se empapaba en estas texturas. Pero aquí acaba la comparación. Porque si en aquel entonces eran urgentes y evidentes las ansias por romper con un pasado glorioso y macizo como el de Héroes del Silencio, ahora se aprecia la naturalidad de una evolución hacia sonidos que, a diferencia de antaño, no corren tras la actualidad sino que se ciñen a la necesidad interna de cada canción. Porque lo que tenemos entre manos son, ni más ni menos, canciones, regadas, cómo no, con un cuidado excelso en la producción. Será capricho o vanidad de crítico, pero hay algo en la intención del orfebre de hoy que retrotrae a aquel álbum bisagra que fue Pequeño (1999).

Bunbury es Bunbury, es decir, el príncipe de la autorreferencia. Y a estas alturas de su trayectoria sería vano el intento de rogarle que no pontifique en alguna de sus letras, aunque a algunos nos interese menos el exceso de exposición. Lo estimulante es el contraste, pues junto a eslóganes explícitos (“Ahora que uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose”) conviven confesiones de una sutileza deliciosa (“Nunca renuncio a la rima de tu respiración”). Es lo ambivalente en quien siempre lo ha sido, en quien con esas oposiciones ha trazado la grafía de su hechizo.

En Posible paseamos entre la fugacidad del instante vital (“No me voy a quedar por aquí demasiado tiempo”) y la persistencia en él a pesar de las intenciones iniciales (“Me haré mayor de lo que esperaba”); entre lo improbable después del amor (“Qué podré hacer después de tenerte junto a mi”) y la constancia de dejarse guiar (“En un tiempo oscuro tus ojos ven con claridad”). También se aprecian cambios inherentes a la cronología, pues el “Nada puede dañarme con mis amigos” se ha convertido en “Si sigo aquí tumbado en el parque me da la impresión de que no me pierdo ya nada”. Y quizá no sea en vano que esta exaltación de la interioridad cierre el disco. Hay también referencias al sueño americano (“Un millón de dólares”), incendiario, histérico, trazado por rectas finales. Y acaso el único guiño a lo latino, un tecnobolero (“Deseos de usar y tirar”) interpretado por un crooner poco madrugador en cuyo videoclip hay algo más que un homenaje a David Lynch.

De esto se trata, a grandes rasgos, la última incursión de Bunbury por un estudio de grabación. No se sorprendan. No se hastíen. Bien es mejor que mejor. Posible es, ni más ni menos, un álbum posible.

Cualquiera en su sano juicio