Miradas
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La magia era esto
por Federico Delgado

Hoy, que vivimos sumergidos en una pantalla, las huellas cinematográficas adquieren el valor de una biografía mágica por la que transcurre nuestra vida cuando fue vivida por otros.

Cuando uso un cuchillo afilado para cortar un sándwich pienso en Bill, en La Novia, en Hattori Hanzo y en los cinco puntos de presión. Y a veces creo ver el mar en el techo de mi habitación, como hicieran Ramona y Jep Gambardella en su lecho de amantes.

En mi memoria se confunden los márgenes en los que los recuerdos del pasado se entremezclan con los audiovisuales. Precisamente, una de las grandezas del cine es su poder de evocación. No soy el primero que lo dice, ni seré el último. Cualquier crítico, desde el más mordaz al más melifluo, lo sabe. Y nos lo cuenta. Pero yo quiero escarbar en lo más profundo de nuestra mente. En esos rincones oscuros donde las neuronas están tan cómodas como nosotros en una sala de cine. Allá donde se solazan todas aquellas imágenes, sentimientos, olores, recuerdos y pequeñas cosas que nos hacen ser como somos. Que nos hacen llorar cuando nadie nos ve, que diría Serrat.

Cuando escucho el inconfundible borboteo de unos huevos cociéndose recuerdo a Roy, Rachel y JF Sebastian en aquella destartalada habitación. La mano que coge uno y lo lanza al aterrado hombrecillo. El gesto de dolor. La demostración del poder de la máquina frente al hombre.

En una ocasión comenté detalles de una carrera en sillas de ruedas vívidos en mi mente cuando eran parte de un capítulo de Doctor en Alaska. ¿Cómo afecta a nuestra mente los recuerdos que se tejen con escenas vividas en una película, o leídas en un libro, o escuchadas en una canción? Yo diría que son decisivos. Enrique Vila-Matas nos narra en El mal de Montano cómo es la vida del enfermo de literatura, temeroso de que su mal acabe tragándole “como un pelele dentro de un remolino”. La música es capaz asimismo de traernos a la memoria una escena del pasado tan real como si acabáramos de vivirla. ¿Y el cine? ¿O la televisión? Montano, o el protagonista de Dream on, o nosotros mismos, entremezclamos nuestras vivencias con escenas que recordamos de nuestra vida de espectadores o lectores. No creo que fuese el mismo sin aquellas imágenes que marcaron mi infancia en una sala de cine. Superman volando entre los rascacielos de Manhattan, Han Solo chillando tras derribar una nave imperial o la perturbación que me produjo ver Freaks cuando era poco más que un niño. Al igual que la televisión. Aquellas escenas prohibidas que robábamos a nuestros padres asomándonos tras la puerta de la salita de noche, cuando debíamos estar dormidos.

Hay algo mágico, pero cotidiano, en el modo en que las historias narradas en una pantalla calan en nuestra mente. El cine es, sin duda, el arte que mejor se adapta a nuestros sentidos. Claro está a la vista y al oído. Pero, además, la oscuridad amniótica que se produce cuando las luces se apagan y la pantalla se ilumina nos predispone a saltar la barrera de lo irreal de aquello que se nos muestra para nadar en su océano de sensaciones. Quizá los especialmente sensibles no somos capaces ni de la distancia pedante del que ve un filme con ojos críticos. Cuando la historia nos tambalea, nos golpea y nos retumba, es inevitable abandonar la sala planteándose qué de bueno puedo sacar de aquello que un director, un reparto y unos técnicos nos han querido contar. Y cómo nos lo han contado, y por qué nos lo ha contado. Ni siquiera el más real de los documentales pierde un ápice de epopeya de algo que nunca podremos vivir por nosotros mismos, pero que es ya tan nuestro como el aire que respiramos. Los amantes del Pont Neuf o el trío onírico de Soñadores no es menos real que la pareja de desarrapados de En construcción, en su intimidad robada por las cámaras de José Luis Guerín. Su Barcelona es nuestra Barcelona, sus caricias, sus tomaduras de pelo, su tierno y brutal amor es igual de pleno a nuestros ojos que todos aquellos besos robados que el más entrañable de los proyeccionistas, el Alfredo de Cinema Paradiso,nos quiso regalar. El cine, en suma, se confunde con nuestras vísceras y humores y pasa a formar parte de nuestra propia fisonomía.

Así, las escenas se confunden con mis recuerdos, con mis vivencias. Cuando insisten en que coma más veo a la mamma del protagonista de El gran azul. Cuando el llanto de un niño se sobrepone al ruido y hace que se pare me asalta Hijos de los hombres. Cuando la misantropía hace que me escurra entre la muchedumbre me acuerdo de Cyrano. Cuando alguien me ofrece un vaso de agua fresca para calmar mi sed me acuerdo de Eva Green-Sibylla en El reino de los cielos. Si voy al restaurante chino a comprar noodles suena en mi cabeza la melodía de Deseando amar. Cuando arqueo la nariz por el asco al entrar en un bar de carretera soy Jasmin en Bagdad Cafe. Si un buen amigo me escribe algo hermoso sobre nuestra amistad las lágrimas recorren mis mejillas como a Lytton Strachey en Carrington. Si la lluvia arrecia subo el cuello de mi abrigo como Deckard en Blade Runner. Nunca he disparado a un ser vivo, pero sé que jamás podré hacerlo porque seré Robert de Niro en El cazador. Cuando encuentro un pequeño tesoro en la calle en forma de papel soy el domador de palabras de Léolo. Cuando una escena teatral me arrebata soy el sollozante patrón de Illuminata. Cuando la realidad me abruma echo la mano a la sien despoblada como el capitán Staros de La delgada línea roja. Si estoy haciendo un trabajo minucioso y lo estropeo, lo haré pedazos como hizo con la calabaza el protagonista de Comer, beber, amar. Si alguna vez presencio un milagro tendré en mi memoria al entrañable grandullón de La milla verde. Y cuando, al fin, sepa que todo esto es una farsa sonreiré a la cámara como Truman en su show.

El cine es guardián de nuestra memoria. Mucho antes de que llegaran los smartphones. No sé qué sería de nosotros si no existiera. Habría que volver a inventarlo.