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Vengo a resolver algunos temas
por Gabriel Tuñez

El estruendo de una tormenta resuelve de improviso silencios que no mostraban demasiado interés en ser resueltos


Fue en su último viaje cuando Julián me trajo de regalo el puñal. Para que no tuviera que dar muchas explicaciones en los aeropuertos, lo había envuelto en papel de diario, recubierto con cartón y reforzado por varias cintas de embalar.

–Lo compré en Toledo –me explicó.

El puñal tendría unos 30 o 35 centímetros de largo contando la hoja y la empuñadura, que era lo más lindo porque era una suerte de figura árabe. Le agradecí, claro, aunque no sé si fui muy convincente porque hubiera preferido, no sé, otra cosa. De hecho, no tengo idea en qué lugar de la casa lo puse, porque nunca volví a sacarlo de la caja.

Julián vive en Segur de Calafell, a unos cincuenta kilómetros al sur de Barcelona, una localidad pegada al Mediterráneo que en el verano explota de turistas, pero que en invierno tiene la melancolía, acaso la tristeza, de Santa Teresita, por más azules y furiosas que vengan las olas. Desde hace unos diez años trabaja en el área de diseño de una empresa de packaging. Se fue de Buenos Aires el 1 de mayo de 2003, un feriado de sol y fresco. Ese día lo fuimos a despedir a Ezeiza con su mamá, Marcelo, Gabriela y un grupo más de amigos. Yo todavía tenía el Renault 19 rojo que había comprado de noche y sin saber manejar. En España ya vivía su hermano mayor, con el que sigue sin llevarse muy bien. A nosotros no nos pareció que la idea de irse fuera la mejor, pero él estaba convencido de “empezar de cero”, de poder, al fin, dibujar sin las obligaciones horarias de la docencia en la escuela Secundaria, de vender sus dibujos. Para esa época teníamos unos 30 años y ninguna certeza. En eso, salvo por la edad, nos parecíamos al país a principios del milenio. Todos los días salían estadísticas de cuántos argentinos se iban a Europa o a otros lugares de Latinoamérica. Julián tenía la nacionalidad italiana y le permitió pasar por la puerta de los socios, y sin contestar a muchas preguntas, de ese club llamado Unión Europea.

Lo cierto es que durante muchos años, con épocas de más o menos comunicación, supe poco de Julián y de su vida en España. Tuvo una pareja con la que convivió y de la que se separó de mala manera, tomaba mate y manejaba un Seat, pero salvo dos meses o un poco más, no había podido dibujar.

Algunos de nosotros fueron a visitarlo y casi todos ellos volvieron confirmando que Julián no había encontrado nada de lo que fue buscando. Por el contrario, estaba triste, aburrido de su trabajo, aislado en un piso de dos ambientes pequeños lejos de la playa, a la que casi ni iba. Tampoco a Barcelona, pese a que el tren lo dejaba, en menos de una hora de viaje, a pocas cuadras de la casa de su hermano, padre de dos hijas, sus sobrinas.

Y así fue pasando el tiempo hasta que el año pasado Julián volvió a Buenos Aires y se quedó por unos dos meses.

–Mi vieja no está bien de salud, así que vengo a resolver algunos temas y a ver qué hago con ella. Tiene Alzheimer –me contó en un bar de San Telmo en el que nos juntamos a tomar un café.

Hasta ese momento, la madre de Julián, de unos 80 años, estaba cuidada por una vecina y no tenía mayores problemas. Pero en los últimos meses había dejado abiertas, varias veces, las llaves del gas de la cocina.

–Decí que Alicia, la señora que la cuida, llegó a tiempo. Pero siempre de casualidad –dijo preocupado.

Estaba lógicamente preocupado. Todo su semblante era una preocupación. Miraba a la calle empedrada por la ventana abierta del bar, el codo apenas asomado y la postura de un cantante de tango triste en la tapa de un disco de fines de los sesenta. Más pelado, con algunas palabras españolas y la voz cansada. Entre las cosas que tenía que resolver, además de qué hacer con su mamá, había algunos asuntos administrativos, como el departamento de Congreso y la quinta de Luján, todavía legalmente a nombre de su papá, a quien no veía desde los 18 años, cuando se fue de la casa familiar. Jamás le pregunté sobre ese tema y todo lo que sé fue a partir de reconstruir charlas de amigos en común y conocidos suyos. A veces pienso que la amistad, o eso que tuviera yo con él, se cimienta en silencios y en mirar para otro lado cuando la otra persona hace lo mismo. Y no pensaba alterar por el momento aquel tipo de complicidad.

Cuando comenzó a anochecer le pregunté si quería que fuésemos a cenar a la casa de Gustavo, que iba a preparar un asado. El plan le pareció bien, así que pagué los cafés y fuimos a buscar el auto a un estacionamiento. En la caminata de dos cuadras me contó que le gustaba una compañera de trabajo, pero que no se animaba a invitarla a salir. Nada había cambiado en Julián. Tenía la misma timidez con la que transcurrió la adolescencia y la que había demostrado por última vez antes de subirse a un avión rumbo a España. Sentí algo de pena por eso, aunque enseguida recordé que mi realidad no era como para andar apenándose demasiado por otra persona, por más historia que nos uniera.

Cuando llegamos al estacionamiento comenzó a nublarse y a soplar un viento fresco y fuerte desde el sur. Ya en el auto, nos costó hacer las cinco o seis cuadras por San Telmo hasta cruzar la Nueve de Julio. Las hicimos en silencio, claro. Apenas salimos del semáforo en rojo de la calle Venezuela rumbo al oeste cayó un chaparrón inmenso, acompañado por un sonido como si decenas de enciclopedias hubieran caído en perfecta coordinación desde lo alto de una biblioteca hacia un piso de pinotea. El vendaval duró lo que nos llevó cruzar la avenida, esos cien metros con el Obelisco apenas visible a la derecha, firme y desafiante ante el temporal. Apenas terminamos de pasar Lima, la última calle-carril de la avenida, la lluvia paró como si alguien cerrara una canilla. No cayó ni una gota más.

Mi hijo se sorprende cada vez que me pide que le cuente esa historia.

–¿Seguro, papá? –me pregunta mientras mira a mis ojos buscando un brillo de mentira.

–Seguro –le respondo.

Y siempre, pero siempre, termina la conversación con la misma consulta.

–¿Y qué dijeron vos y el tío Julián?

–Nos reímos –le contesto.

Al fin, esa tarde, nos reímos.