Sabores
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Hay hallacas
por Leda Díaz

La autora nos acerca uno de los platos idiosincrásicos de Venezuela a través de una mirada que salta por encima de la receta tradicionalmente entendida.

Llenan de harina de maíz las alacenas, de aliños los estantes, de música los rincones, de bebidas los patios.

Hay que traer todo a la casa.

Y a todos.

Eligen llanera, caraqueña o andina. Hay muchas más.

Con cuchillo en mano y desahogadas, trozan una gallina, sin cansarse la vaca, y acaban con chancho. 

Entre chismes y vaivenes, con sus proteicas carnes nutren el guiso.

Picar todo, qué chévere.

Grandes ollas heredadas y sabiondas reciben ajíes, cebollas, tomates y el papelón molido. 

Los aderezos les convocan una esmerada atención en el detalle.

Las opiniones sobre el onoto “un poco más, no menos” se mezclan con los vinos.

Habrá que darle otro día.

Hay hallacas.

La de los aros grandes sueña en amarillo mientras amasa.

La caderona estudia el azul del fuego antes de acercar las hojas de plátano.

El diablo se tienta con incendiarlas, hay un cambio de color, y cierto ablande. 

Las aceitunas celosas del verde de las alcaparras se exhiben panzonas en la fuente de la espera.

Las ciruelas arrugadas se acercan despacito con su envidia rasposa a la piel de las almendras.

Los adornos van entrando.

Hay hallacas.

A la más niña le dieron las cabuyas, que en la otra mesa corta y mide, tan convencida de la importancia.

La abuela empieza, amarra y enseña.

Al agua hirviendo caen y se conforman.

Habrá más fiestas, nuevos deseos, muchos manteles y un porvenir.

Hay hallacas.

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La hallaca es un plato popular venezolano. Se puede asimilar a los tamales de Argentina. Existen muchas variedades. Las tradicionales tienen un relleno que se prepara como un guiso, hecho con distintos tipos de carne (vacuna, cerdo y gallina), al que se añaden aliños o condimentos, entre ellos, el onoto que es una semilla que proviene de la fruta del árbol del achiote, originario del Amazonas.

Los adornos pueden ser aceitunas, ciruelas pasas, almendras, pimentones, alcaparras.

Todo eso se envuelve en una masa de harina de maíz, y se vuelve a envolver en hojas de plátano (banano). Como los tamales, se atan. Con cabuyas que son cuerdas elaboradas con la planta pita o hilo.

Esos paquetitos van a hervir a una gran olla.

Su origen es incierto, pero es obvio que contiene el sincretismo de tres culturas: la de los pueblos originarios, la africana y la europea.

Una teoría sostiene que su origen data de cuando los esclavos recogían las sobras de los amos y las recreaban elaborando nuevos platos. Hasta el día de hoy, hacer hallacas es un rito infaltable para los venezolanos. Su elaboración muestra otras dos características de este pueblo: su fuerte sentido de familia ampliada y la necesidad de compartir.