Escritos
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Al menos dos
por Andrea Barone

Zapatillas, al menos dos, para uno y otro pie, a veces disímiles, a veces desiguales, siempre un pasaporte al movimiento, a la vida posible de vivir y a la otra también.

Zapatillas toca esta vez, en el azaroso significado del número de esta ENEUR, esa elección que es un poco excusa cada vez, para el que quiera usarla; un poco chiste, un poco homenaje a mi abuela Sara y sus numeritos a la quiniela. Zapatillas, al menos dos, para uno y otro pie, a veces disímiles, a veces desiguales. Pies con los que alguna vez Jacques Lacan, el gran psicoanalista francés, respondiéndole irónicamente a Noam Chomsky, afirmó: “Pensamos que pensamos con nuestros cerebros, pero personalmente yo pienso con mis pies. Esa es la única manera por la que puedo entrar en contacto con algo sólido. En ocasiones pienso con mi cabeza, como cuando choco con algo. Pero he visto suficientes encefalogramas para saber que no hay indicios de pensamiento en el cerebro”.

Su manera de pensar evoca la puesta en marcha, lo que hace andar la cosa que, en lo que a un análisis se refiere, es el inconsciente puesto en trabajo en la transferencia, los hilos asociativos de cada quién desplegándose, en la pregunta por la causa de algún síntoma, de algún sufrimiento particular. Asociaciones de cada sujeto que se van tejiendo para desarmar esos padeceres, desembrollarse, encontrarse con lo que no marcha y hacer con eso, para darle un tratamiento a lo que no deja de obstaculizar el andar. Pues la certeza no está del lado del pensamiento, siempre más o menos viscoso, enviscado, sino de lo real, que es también una de las dimensiones del inconsciente, del misterio del cuerpo hablante. Ubicados entonces los pensamientos en las antípodas de lo mental, en los pies, en esa ironía lacaniana, en los del analista que orienta, afirma el mío, esos que uno ve/atisba de refilón desde el diván, en los momentos del cuerpo a cuerpo, de las tres dimensiones del cuerpo puestas en juego y que como analizante y analista extraño, dado que es algo de lo que también está aún restringido en esta pandemia.

Pero enlazando precisamente el cuerpo, los pies en otro sesgo, esos que están en ocasiones envueltos en zapatillas de baile, en los de muchos bailarines y bailarinas que incluso los hacen jugar también reinventándose en esta cuarentena. Un hacer con lo bello, envoltura posible, tratamiento para hacer andar, danzar. A veces pies desnudos, a veces usando las zapatillas de punta, que son ya un clásico en la danza, precisamente a partir de que el 12 de mayo en 1832, en la Ópera de París, Marie Taglioni las usó por primera vez, instalándose así su uso. Más allá de lo que ahí se le criticó a su padre, Filippo Taglioni, el hacedor de la coreografía, por definir que estén en uso durante toda la ópera para realzar la ligereza y darle un aire etéreo al personaje interpretado por su hija. Tema desarrollado en una excelente nota de Alice Pollina en esta ENEUR y que los invito a recorrer. Trabajar con zapatillas de punta fue una de las grandes innovaciones que incorporó el ballet de ahí en más, zapatillas que fueron virando y perfeccionándose a lo largo de los años, pero muchos de sus fabricantes actuales comenzaron a confeccionarlas en ese momento, desde luego muy diferentes de las de hoy, ligeras y livianas, con varias capas de arpillera y lienzo pegadas. Zapatillas de baile (y no sólo ellas) que abren a un otro mundo posible, permiten desplegarse abanicos de haceres, construir algo nuevo, arquitecturas de posibilidades, dando pie, las más de las veces, a algo vivo. Como las que se muestran en una escena de la hermosa e imperdible película Jojo Rabitt, en un marco que presta un soporte simbólico y que le permiten a esa bella y valiente adolescente enlazarse al mundo; prestan otra vestidura, son una apertura viable, la posibilidad de una salida a la vida.