Sonoridades
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Little Richard: de Tutti Frutti a la Eternidad
por Javier Martínez

Con el desafío y el desparpajo como marcas de nacimiento, Little Richard edificó una carrera inapelable de la cual es deudor todo aquel que pronuncie la palabra rock

En el mundo de posguerra, en el que los valores del american way of life se consolidaban como símbolo de la libertad de la familia blanca y capitalista, la música nacida de los cantos de los esclavos y el góspel seguía metiéndose en la sangre del imperio, y tenía reservado un golpe que sacudiría el devenir de la música contemporánea, torcería su futuro y dejaría una huella indeleble: Little Richard, nacido Richard Wayne Penniman. Si un hipotético laboratorio tomara muestras del ADN de la música que se produce actualmente –sea en la ya casi milagrosa existencia de bandas como Pink Floyd o los Stones, sea en el debut discográfico de una recién nacida en algún lugar del mundo–, en la gran mayoría de los casos aparecería un porcentaje equis de herencia del pianista nacido en Georgia, EEUU, en 1932.

Como de expulsiones también se hacen los hombres, su propio padre, un destilador ilegal de whisky y profesante pentecostal cuya moral no soportó las elecciones homosexuales de su hijo, lo puso de patitas en la calle a los 15 años. Lejos de quedarse apichonado en el vano de la puerta, ni en ningún otro vano, aprovechó el desalojo para internarse en cuanto tugurio le diera lugar para tocar el piano y cantar. Durante sus oficios de músico callejero, la vida le puso en su camino a una pareja de blancos que albergaron sus dotes en el escenario del club Tick Tock. Estaba sembrada la semilla de su primer cross a la mandíbula de la escena musical: en 1953 el mundo conoció Tutti Frutti, una canción de alto voltaje homosexual y molde del rock and roll. Los registros audiovisuales de este éxito son una pintura de una sociedad que el pianista interpelaría, aun en tensiones mudas, con sus golpes frenéticos a las teclas, sus aullidos y su voz rota. Si uno se detiene a mirar, los negros dan el espectáculo y los bancos disfrutan de lo que escuchan y ven: el trabajo del artista negro para divertir a los blancos pulcros que por amor, por algún modo de hipnosis o simplemente por zoncera, soportan que de buenas a primeras ponga un pie sobre el piano y sacuda las cachas mientras abre los ojos con expresión extrahumana; que invite a un saxofonista a subirse a su instrumento, un lustroso piano de cola; y que se sacuda, siempre de pie, sin banco en el que sentarse.

Pero no pasaría mucho hasta que un accidente con un motor en un avión en el que viajaba se le presentó como una revelación que lo llevó a abandonar los escenarios para formarse como pastor pentecostal. El músico negro obligaba a su compañía discográfica a refritar canciones descartadas para seguir sosteniendo el hilo de oro de las ventas. A principios de la década del ‘60 retomó envión, armó gira por el Reino Unido y volvió con bombos y platillos. Se encontró con The Beatles y con The Rolling Stones, dignos servidores de su majestad americana, y no dudó en treparse una vez más a los escenarios y a recuperar la electricidad de sus viejos éxitos. A esta altura de las circunstancias, Richard llenaba estadios y había dejado de ser el músico exótico que divierte al banco ávido de cosa rara para convertirse en uno de los arquitectos del rock and roll.

Sus trajes explosivos de colores furiosos, la insistencia sobre la tecla, el desparpajo y el lugar desde el que los valores arraigados se cuestionan fueron los ejes de un andar que lo llevó a mover multitudes hasta entrado el nuevo siglo, con apariciones espasmódicas que, puestas en serie, pincelan con su hacer lo que los músicos negros fueron ganando, abriendo espacios como un escalpelo que rasga el sentido de la historia para devenir extraordinario. Prueba de ello es su recital de 1992 en el Rock & Roll Diamond Festival, en el que se dio el lujo de tener varios minutos a su banda tocando antes de salir a escena para luego subirse al piano de cola y torear al público con los acordes veloces dados con su mano derecha, preguntándoles si es eso lo que les gustaba; en definitiva, lo que fueron a buscar en masa, lo que desean profundamente, es parte de sí mismo, un fragmento de soul. Eso, que no es sino la materia prima, el barro fundacional, con el que llenó de música la vida de la gente.