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Kafka se asoma al balcón
por Jota G. Fisac

Desde el balcón del recién llegado el joven Karl Rossmann se empapa de la tierra prometida cuya ferocidad despunta a la par que la del siglo recién iniciado.

La novela de Kafka con más balcones es América, título con el que Max Brod publicó la obra inacabada que Kafka habría titulado El desaparecido y a la que con frecuencia se refería en sus conversaciones como su novela americana. Un texto que a Brod siempre le recordó las obras de Chaplin, al que según él prefigura al anticipar muchas de sus películas todavía no realizadas, y que para Walter Benjamin es, sobre todo, una gran payasada.

Son esos balcones los que convierten a América en la otra novela de Kafka, la única que nos presenta una mirada a un mundo existente y reconocible a priori, un mundo con la apariencia de real y con nombre propio; un lugar específico del mundo al inicio del siglo xx. Y esa posición de partida para la observación, que parece tratar de recoger una impresión, no se repite con frecuencia en la obra de Kafka. Y ello a pesar de que la kafkología, fiel a su obstinada tendencia interpretativa, no ha dejado de señalar que la Amérika que nos presenta el autor no es la América real, como pone de manifiesto el hecho de que la Estatua de la Libertad, que recibe al recién llegado a través de los ojos de buey del barco que atraca en el puerto de Nueva York, no levante una antorcha, sino una espada; para muchos, el presagio de algo, por ejemplo, del castigo que esa tierra prometida infligirá al recién llegado.

La novela está llena de balcones y miradores que se asoman afuera; son margen, frontera, orilla para la ensoñación, umbral de ambigüedad para mundos vividos y deseados, mundos posibles que se entrecruzan dibujando rutas inexploradas. El narrador kafkiano ─en el hipotético caso de que tal artefacto exista─ sitúa a Karl Rossmann, como a ninguno de los otros K., en la frontera entre la interioridad y la exterioridad (esa que para Nora Catelli pierde con frecuencia sus límites en los textos de Kafka), el umbral desde el que se asoma y nos enseña la América a la que llega.

La primera instantánea está tomada a bordo del barco que atraca en el puerto. A través de las ventanas, Karl ve la intensa actividad portuaria en la bahía, grandes buques y pequeñas lanchas, y detrás la ciudad de Nueva York, sus rascacielos erguidos hacia el cielo, mirándole a través de sus múltiples ojos de vidrio. Karl se aloja en la casa de su tío rico (y senador), en una luminosa habitación con dos ventanas y un largo y estrecho balcón que recorre toda la longitud de la pieza, a través del que se ve abajo la calle que discurre recta entre dos hileras de casas rectangulares, hasta perderse como un punto de fuga en la lejanía. El recién llegado mira atónito las figuras humanas desdibujadas y los techos de los vehículos que discurren por ella. Una nube de ruido, polvo y olores asciende desde la ciudad. El tío le aconseja que debe mirarlo todo pero sin dejarse apresar, sin exponerse a los peligros del exterior. Los primeros días de un europeo en América, le dice, se asemejan a un nacimiento. Debe ser prudente y no pasar el día como muchos recién llegados, siempre asomados al balcón como ovejas descarriadas. Pero el inquieto joven se acerca con frecuencia al balcón imaginando el mundo al que ha llegado. Dentro de la habitación, un escritorio dibuja la escena y la amplifica: dentro-fuera, interior-exterior, interioridad-aventura; literatura y vida.

A través de las ventanillas del coche de Pollunder, un amigo de negocios del tío que lo ha invitado a visitar su casa de campo a las afueras de la ciudad, Karl atraviesa las calles de Nueva York por la noche, alborotadas y pobladas de una multitud que se dirige a los teatros con paso apresurado o en vehículos lanzados a toda velocidad. Cerca ya de la salida hacia los suburbios, la policía a caballo les desvía de las grandes avenidas, ocupadas por la manifestación de los obreros metalúrgicos en huelga, una multitud acarrea banderas y pancartas junto a su líder obrero, que avanza rodeado del servicio de orden.

Desde el balcón del apartamento de Brunelda, la cantante obesa y rica que se sirve de dos indigentes a los que Karl ha conocido, asistimos al ajetreo del desfile de los candidatos a juez de barrio, que se elige al día siguiente; el estruendo de apoyos de los partidarios y silbidos de los contrarios, las altivas discusiones políticas entre la gente desde sus balcones.

Son balcones a un mundo reconocible, un mundo que existe. Pero Kafka no necesitaba mucha realidad para desplegar su mirada única, y mucho menos necesitaba apoyarse en memoria histórica, literaria o política alguna. Su lectura parece dirigirse siempre hacia una esencia invisible capaz de explicar lo que no esperamos, de responder la pregunta que no nos hicimos, de conducirnos al mirador cuya existencia no podíamos ni siquiera imaginar. Y esa América que sin excesos descriptivos está sin embargo presentada con nitidez desde los balcones de El desaparecido, es un territorio en explosión extraordinariamente vital, ajetreado y tumultuoso, donde las cosas suceden a mucha velocidad; la ciudad se eleva hacia el cielo, sobre grandes negocios que crecieron con rapidez, negocios basados en ser intermediarios, la América del progreso y de los sueños de progreso, la tierra de las oportunidades, la tierra prometida. Un territorio de proporciones gigantescas que pocos años después nos contará Dos Passos con la minuciosidad de su realismo vanguardista, o que Don DeLillo, algunos años más tarde, trasladará desde aquella modernidad (de la que él proviene) hasta el posmodernismo que se le imputa; la América que estaba en ese primer impulso novelístico de Kafka, su primera novela, de cuyo impresionismo (siempre relativo) se apartará en sus siguientes intentos narrativos para no volver ya nunca más.

Me permito preguntarme si su novela americana no fue otra cosa que un intento frustrado del autor de suavizar su expresionismo arrollador, que quizá no acababa de convencerle del todo y al que tal vez convirtiera en causa, más que en efecto, del tormento al que la escritura (y la vida) lo exponía. O si esa huida del protagonista de la novela, que en cierto modo la convierte en novela de iniciación, o de carretera (Kafka on the road), fue un desesperado intento del autor por encontrar una puerta de salida a la situación personal que amenazaba sus posibilidades de escritor. Consultaré a los kafkólogos, por si saben algo.