Escritos
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Profanaciones
por Diego Singer

El derribo de estatuas excede a la figura tirada del pedestal para apuntar a la historia y el presente vergonzantes de los Estados-nación.

Y ésta es la palabra que digo todavía a los derribadores de estatuas.
Sin duda la tontería más grande es arrojar sal al mar y estatuas al fango.
Friedrich Nietzsche

1.
El templo de Artemisa en Éfeso es considerado, junto con la pirámide de Keops o el Coloso de Rodas y otras construcciones monumentales, una de las siete maravillas del mundo antiguo. Su tamaño cuadruplicaba el del Partenón de Atenas y su construcción demandó más de cien años. En la noche del 21 de julio del año 356 a. C., un hombre llamado Eróstrato –un don nadie, quizás un pastor de la zona– lo incendió causando su destrucción completa. Bajo tortura, habría confesado que su único objetivo fue intentar que su nombre fuera conocido, ya que su vida no parecía encaminarse a realizar una gran gesta en el arte, la guerra o la política, al menos por haber destruido el templo más grandioso e imponente del que se tenga memoria. Por supuesto, Eróstrato fue condenado a muerte, pero a pesar de los intentos del rey Artajerjes III para que nadie pronunciara su nombre, ese ignoto pastor pasó a la historia de un modo más firme que los grandes generales de la época o los mismos arquitectos del templo.

En “La muralla y los libros” Borges cuenta la historia de Shi Huang Ti, emperador de la China quien, unos cien años después de que Eróstrato quemara el templo, mandó a construir la gran muralla para protegerse de los mongoles y a la vez ordenó quemar todos los libros que contenían la sabiduría antigua del Imperio.

“Que las dos vastas operaciones –las quinientas a seiscientas leguas de piedra opuestas a los bárbaros, la rigurosa abolición de la historia, es decir del pasado– procedieran de una persona y fueran de algún modo sus atributos, inexplicablemente me satisfizo y, a la vez, me inquietó”.

Borges conjetura que el emperador de algún modo buscaba la inmortalidad, que todos lo hacemos porque nuestro conatus nos lleva a ello. Podríamos leer con la misma óptica lo realizado por el ignoto Eróstrato, aunque haya quienes creen que lo que buscaba era ser famoso, debemos ser justos con lo grandioso de su acto destructivo y entenderlo –como lo hace también Fernando Pessoa– como un intento de alcanzar algún tipo de inmortalidad.

Lo más interesante de la interpretación borgeana es que, luego de preguntarse por distintas causas posibles para comprender el modo de actuar de Shi Huang Ti, concluye que la enormidad de esos actos era lo que lo había conmovido, independientemente de los motivos insondables del emperador. La pura forma de lo grandioso: construir y destruir en esa escala monumental, casi infinita.

El arte de la destrucción se basta a sí mismo, más allá de toda dignidad moral o política con la que intentemos, a posteriori, justificarlo. El apresuramiento con el que, generalmente, intentamos juzgar este tipo de actos desde una perspectiva moral, deja entrever nuestra incapacidad para realizar un juicio estético o para vislumbrar otra concepción de la justicia. En ese sentido, Eróstrato era más honesto de lo que generalmente podemos soportar. Suponemos que profanar un templo de esa forma es intentar atacar los dogmas centrales o los principios morales de una religión. Nos preguntamos entonces por la justicia de ese acto y lo censuramos como excesivo. ¡Cuando justo de lo que se trataba era de la desmesura! ¡Y no de otra cosa! ¿Qué otro motivo puede ser el que lleva a construir imperios, a destruir templos o a intentar abolir la historia sino el exceso mismo?

 

2.
A fines de mayo en la ciudad de Mineápolis, George Floyd fue asesinado por los policías que intentaban apresarlo. Este hecho reactivó las protestas antirracistas lideradas por el movimiento Black Lives Matters con marchas multitudinarias en todo Estados Unidos, a las que se sumaron grupos de activistas en otros países. La gran potencia de estas movilizaciones no solamente llevó a una importante escalada represiva, puso a la vez en la mira un conjunto de monumentos asociados a personajes racistas que comenzaron a ser atacados por los manifestantes.

Algunas de estas estatuas tenían en un pedestal a figuras históricas directamente involucradas con el tráfico de esclavos, como Edward Colston o el rey Leopoldo II de Bélgica, responsable directo del genocidio congoleño. Otros monumentos atacados en diferentes grados (señalados, grafiteados, dañados o tirados abajo) incluyen a figuras tan diversas como Cristóbal Colón, Winston Churchill o David Hume. La estatua del filósofo escocés apareció intervenida con un cartel que citaba una nota al pie de una de sus obras, en la que afirmaba “soy propenso a sospechar que los negros son naturalmente inferiores que los blancos”.

Ante este tipo de actos, suele haber tres tipos de reacciones. Las posturas más conservadoras censuran todo tipo de vandalismo y daño a las obras de arte emplazadas en espacios públicos, aunque por lo general es una fachada para atacar indirectamente a las movilizaciones políticas progresistas. Por otro lado, quienes defienden la destrucción de los ídolos seculares representantes de una sociedad racista, solamente necesitan una frase suelta o una sospecha para vitorear esa tarea como una justicia histórica largamente esperada. En una suerte de punto intermedio se encuentran aquellos que intentan ser ecuánimes pidiendo juicios más acordes a la totalidad de las acciones de estos grandes hombres, así como a la comprensión de sus contextos históricos.

Poco se parecen estos ataques dirigidos a personajes precisos de la historia moderna con las grandes destrucciones que realizaron Eróstrato o Shi Huang Ti. Sobre todo porque en el caso del daño actual a los monumentos no podemos postular fácilmente una suerte de grandeza estética o de otro orden, sino más bien un claro posicionamiento ético-político. Sin embargo, como en el caso de la desmesura casi mítica de aquellos personajes de la antigüedad, lo que tienen de justo las destrucciones y derribos contemporáneos, no es otra cosa que su exceso.

Sin dudas que esa frase suelta de Hume no puede tomarse como medida de su posición respecto a la dignidad humana, así como tampoco podemos suponer que la característica principal de Churchill haya sido el racismo. Si entendemos por “justicia” a la equilibrada ponderación de todos sus actos, ciertamente estas condenas rápidas son excesivas. Pero, afirmábamos, la justicia aparece solamente en este exceso. Lo que los manifestantes antirracistas quieren poner en evidencia no es simplemente el accionar pasado de algunos personajes eminentemente crueles o insensibles. No se trata de mostrar los trapos sucios de ciertos hombres que habrían logrado ocultar tales o cuales actos aberrantes, sino de poner en evidencia la historia misma de los Estados-nación modernos y su atravesamiento estructural por prácticas esclavistas, racistas, genocidas y segregacionistas que continúan, bajo otras formas, hasta el día de hoy.

Todos esos monumentos de quienes sentaron las bases políticas, intelectuales y económicas del Estado moderno constituyen un mito secular que no cesa de legitimar las condiciones actuales de la opresión. En el año 1920 fue el joven anarquista Walter Benjamin quien en Para una crítica de la violencia señaló la grandeza destructiva necesaria para hacer frente a este tipo de violencia mítica que funda el derecho opresor. No debe sorprendernos si el exceso propio de esa profanación nos recuerda nuevamente la grandeza divina.

“Si la violencia mítica funda derecho, la violencia divina lo destruye. Si la primera establece límites, la segunda los destruye de forma ilimitada. Si la violencia mítica culpa y expía al mismo tiempo, la divina sólo absuelve. Si una amenaza, la otra golpea. Si aquella es sangrienta la segunda es letal sin derramar sangre”.

La noción de “violencia divina” implica el exceso frente a la moderación liberal, la justicia frente a la ley. Slavoj Zizek, quien más allá de Hegel y Lacan no puede ser pensado sin Benjamin, interpreta el concepto de “violencia divina” de un modo no muy lejano a lo que indicaba Borges de esos grandes gestos de destrucción. Su potencia reside en la posibilidad de interrumpir la cadena histórica de la significación.

“La oposición entre violencia mítica y violencia divina reside en los medios y el carácter propio de cada cual, esto es, la violencia mítica es un medio para establecer el dominio de la ley (el orden social legal), mientras que la violencia divina no sirve a ningún medio, ni siquiera al castigo de los culpables para así restablecer el equilibrio de la justicia. Es tan sólo el signo de la injusticia del mundo, de ese mundo que éticamente «carece de vínculos». Esto, sin embargo, no implica que la justicia divina tenga un significado, sino que más bien es un significado sin significado, y la tentación que debemos resistir es la que Job resistió con éxito, la tentación de proporcionarle algún «sentido profundo»”.

Podemos suponer entonces que hay un hilo conductor entre el acto de Eróstrato y los manifestantes antirracistas que bajan de sus pedestales los monumentos que articulan el orden simbólico moderno. No se trata de identificar plenamente o indistinguir esos actos en muchos sentidos incomparables. El único vector compartido es el exceso, esto es, la destrucción o la destitución de un orden simbólico. Quienes no pueden verlo es porque se apresuran a asignar a todo acto una totalidad intencional de la que carece.