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El último
por Sebastián Cariola

La desaparición de un misterioso inquilino abre las puertas al desguace de sus pertenencias y, con él, al olvido de sus enigmas.

Aquellos que, como yo, conocieron a Jean Ferdinand Thoubet, saben lo poco que se podía saber de él. Lo más evidente era su fuerte obsesión por los libros, ya que toda su actividad cotidiana se encontraba signada por el rastreo y la adquisición de algún ejemplar. Solían llamarlo profesor, o doctor, y aunque no fuera ninguna de las dos cosas no se negaba a recibir estos títulos. No era fácil saber su procedencia, ya que si bien era obvio que no había nacido en Buenos Aires, el manejo experto de cierta cantidad de lenguas le había dado un raro acento indefinido. Como su llegada a la ciudad se produjo alrededor del año 46, había quienes rumoreaban que podía tratarse de un nazi buscando refugio, aunque otros estaban convencidos que se trataba de un cazador de la Mosad, o que pertenecía a la KGB, y tampoco escaseaban los que creían que debía ser un agente de la CIA. En algo todos coincidían: su presencia era misteriosa y no pasaba desapercibida. El paso de los años borró las sospechas, pero no desvaneció el enigma que lo envolvía. Era alto, delgado, de facciones rígidas y toscas, vestía el mismo traje negro con el que había arribado a estas tierras, tanto en verano como invierno, y siempre al entrar a una habitación lo precedía el olor a tabaco rancio que fumaba compulsivamente. Sus manos, desproporcionadamente grandes para el resto de su cuerpo, siempre envolvían algún ejemplar de una rara edición. El último paradero que se le conoció es en la calle Montevideo al 846, en el barrio de la Recoleta, lugar donde funciona mi librería: “Libros del Balcón”. Se me ocurrió gracias a una característica arquitectónica: a cada lado del local se elevan escaleras de madera, formando dos corredores llenos de estanterías, que se encuentran en un hermoso y elaborado balcón en el centro del salón, y tras él, se dibuja una puerta que da acceso a la habitación que Thoubet me alquilaba. En realidad, cuando compré el local, Thoubet ya venía con él, y si bien al principio le propuse un tiempo hasta que encontrara otro lugar, se fue quedando y yo lo fui dejando. Este particular domicilio implicaba que el profesor debería circunscribir sus horarios a los de apertura y cierre de la librería, ya que había una sola entrada por el local, y nunca permitió que le diera su llave. No poseía muchas pertenencias, o al menos no dejó muchas al desaparecer, solo una rara colección de libros cosidos y encuadernados en tapas de cuero color azules con letras doradas en sus lomos. Hasta hoy no he podido datar la procedencia de dichos ejemplares, ni la lengua en que están escritos algunos de ellos. Los que pude investigar y reconocer hasta ahora están en latín, griego, gaélico, euskera y macedonio. Pero hay otros cuyas palabras, si bien no me son extrañas a la vista, parecen una rara combinación de abecedarios, sin embargo, todas juntas, no tienen ninguna coherencia ni lógica. Expuestos sobre unos estantes y siguiendo un orden indescifrable, están estos 415 tomos, como único valor atesorado dentro de aquella habitación, y encontré un sobre cuidadosamente dispuesto sobre el catre donde Thoubet solía dormir. Como carecía de destinatario y era la única pista de su ausencia, tomé el atrevimiento de abrirlo y leer el contenido. La carta decía:

Querida Juliette: Hace semanas hallé el último ejemplar. Me llegó el dato de su paradero en Collioure, ¿puedes creerlo? El lugar al que fuiste buscando inspiración para escribir tu tesis sobre el fauvismo, y en el que te topaste conmigo, al coincidir en el momento en que hacía una visita para presentar mis respetos en la tumba de Antonio Machado. Encuentro cierto cinismo del destino al traer como último escenario el que fuera el primero. Pero así son las cosas, y en algún punto me alegra. Fantaseo con que este libro estaba allí desde el comienzo y sin saberlo, paciente, esperó ser el último. Rezo porque esté intacto, y se mantenga a salvo hasta llegar a mí. Estoy viejo y cansado esta vez para ir personalmente a su encuentro, y es por eso que dispuse todo para que me sea enviado. Sabemos lo que significa, es la culminación de una búsqueda de toda una vida, y con ella, el final de la mía. La maldición que embargó mi alma hace más de 50 años, cuando juntos formamos parte de aquel grupo tan exquisito como inspirador, anoticiándonos de la existencia de la colección, hoy me pide saldar lo que con cada ejemplar me fue haciendo lentamente pagar. De a uno por vez unas veces, de a 15 o 20 en un solo paso en pocas oportunidades, con días de diferencia, otras veces años, la variación de la contingencia de estos encuentros me condujo a este final. Envidio tu fuerza y valentía de haber podido renunciar y hacer de tu vida algo distinto. Yo no me detuve, no por ambición ni osadía, sino por temor, por temor a que no alcanzara nada si no lo completaba, e hice de esta causa el eje de nuestra existencia. Te confieso que hace meses sé del paradero del último… pero no me animaba a extender mis manos y verlas desvanecerse mientras lo atraía hacia mí. Antes debía escribirte, y para ello, juntar valor y combatir los fantasmas de mi hastío. No te pediré perdón ni tampoco te reclamaré no haberme seguido. Nuestra existencia es aleatoria y caprichosa, y con la llegada del último concluye mi ausencia. Te lego la completud de lo que me dijiste que era imposible, esta es la única forma en que concibo darme a ti ahora, ya que en cuanto llegue mi encomienda, yo pasaré a ser nada, y así estaré siempre y de la manera más perfecta. He reunido los pedazos para hacerlo Uno para ti, espero lo guardes y atesores tanto como yo te atesoré. Tuyo, todo y para siempre: Jean.

Con letra temblorosa figuraba el nombre completo de Juliette (que he decidido preservar por respeto), y un número de teléfono. Al pasar las semanas y perseverar la ausencia de mi inquilino, emprendí la tarea de establecer contacto con dicha mujer, quien para mi sorpresa resultó vivir cerca de la librería. Se trataba de una anciana cuyo cuerpo parecía muy frágil, pero su mente se mostraba lúcida y vivaz. Solo entendió de quién le hablaba una vez que hubo leído la carta, y con mirada extrañada me la devolvió diciéndome: “A Jean lo conocí hace más de 50 años, vivimos un fugaz romance envuelto en aventuras de una juventud incrédula, hazañas sin sentido que ambicionaban utopías fantásticas, fue lindo, pero eso nada más. Lamento su pérdida, pero para mí fue un desconocido que olvidé hace una vida”. Y sin más pidió que me acompañaran a la puerta, despidiéndome para siempre. Dos veces más intenté contactarla y alcanzarle algunos ejemplares de los que le habían sido legados, pero ambas veces la negativa fue más fuerte. Desde entonces los años pasaron y Thoubet nunca volvió, y aquí, donde los tiempos siempre apremian solo que a veces más, hoy me encuentro en uno de ellos. Soy un librero de antiguo y usado, y sé que no pasará mucho para que comience a ofertar a destajo lo que Thoubet reunió en vida, es mi naturaleza y gracias a ello subsisto. A veces me pregunto cuál fue su último en llegar, y si será el mismo mi último en irse. Con Thoubet nos hermana ser parte del mismo ciclo que se repite: donde él termina yo comienzo, y donde yo termino, alguien más comenzará. Su idea de perfección y eternidad era una biblioteca completa, la mía, es una que se vacía creando miles de versiones más. Lamento no haberlo conocido mejor, pero por otro lado es bueno no saber tanto de la vida que uno va a desmembrar.