Blablablá
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La semana que no dormí en París
por Leda Díaz

La capital francesa es un terreno propicio, quizá el más propicio, para habitar los cuerpos de quienes quieren habitar los nuestros.

París devino un personaje de sí misma.
Christian Kupchik

Sábado 20:23
El Sena distribuye a gauche o a droite a turistas embriagados de arte e historia, que buscan reconocer los detalles de la nouvelle cuisine. Todos se achican para encajar en el pequeño espacio que cada bistrot asigna en sus diminutas mesas y sillas, que como hileras de tulipanes se repiten compactas e interminables.

Es sábado, estoy cenando sola en la terraza del Café de París, sobre la Rue de Buci.

Él: ojos muy azules, solo canas, y pocas.

Ella: mulata, con un pelo que cubre mucho más que sus hombros.

Imagino que es probable que él luche por no perderlo, y ella para que no le pese.

Él: camisa oscura con lunares lila, aunque mirándolos con atención parece que son florcitas. Un jean gastado, recto, con dobladillo prolijo. Las piernas cruzadas, tobillos finos, mocasines de cuero muy lustrados, sin medias.

Ella: vestido breve, sin mangas, corto, estridente y escotado. Los brazos marcados y firmes como sus piernas. La piel oscura y brillosa. Sandalias plateadas. Pies pequeños e inquietos, que se mueven al ritmo de la música de fondo.

Él: pide una salade, y bebe agua.

Ella: un tartare de boeuf con papas french y copa de vino.

Él: no para de comer pan.

Las mozas corren de un lado al otro como en un concurso de televisión, en el que tienen el tiempo justo para terminar con la tarea.

Él: agarra la botella de agua, le sirve, y se sirve.

Ella: toma el tenedor desde la punta extrema, lo gira un poco y lo lleva a su boca con parsimonia o desgano. Se demora en ese movimiento.

Beben.

Ella: lo convida con las crudezas de su plato, le ofrece una papa embebida en yema.

Él: le rechaza todo. Toma una servilleta y le quita muy despacito algunas gotas de huevo que quedaron mezcladas entre las grietas de sus labios.

Ella: sonríe lo suficiente, como para que él continúe.

Él: la mira a los ojos, ni parpadea.

Oscurece. La comida le deja el protagonismo a las velas.

Él: se pone de pie, entra al local, la adiccion s’il vous plait, le dice al cajero.

Ella: con una mano se estira los rulos, corre su melena y deja a la vista sus pequeñas orejas.

Él: mientras espera, la observa.

Ella: ya no mueve los tobillos. Termina la copa de vino, aún queda carne en su plato. Se gira en la silla y lo busca.

El blanco de sus ojos, un faro.

Él: paga en efectivo. Regresa a la mesa y le tiende la mano.

Ella: sonríe, toma su mano, y se para.

Me miran, juntan sus bocas, y lo saboreo.