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Una tarde, mi abuelo
por Sebastián Hernáiz

Los recuerdos son esos tesoros que multiplican su valor a medida que vamos dejando atrás a aquellas personas que, quizá, alguna vez supimos ser.

Una tarde, con mi abuelo
fuimos al Sheraton a merendar.
Sería sábado, el cielo
estaba gris y nosotros felices.
La confitería era en el piso no sé cuánto, uno alto.
Ahí aprendí
esa torre roja y blanca, con reloj,
era de los ingleses. La gente
al lado nuestro hablaba en alemán y la señora
me regaló un pin con su bandera. Cada vez que paso,
ahora, me viene esa tarde que no recuerdo,
esas tardes recorriendo
con mi abuelo la ciudad,
bares, cafés. En uno, a la salida de la escuela, me enseñó
la T tiene que ocupar
todo lo alto del renglón.
Todavía hoy mi letra es mala
pero imprimo en hojas lisas. Mi abuelo me llevaba
por confiterías y bodegones. Pedía el café con mucha leche,
me regalaba monedas
de chocolate cuando me veía. Era alto, flaco,
adicto a los Suchard. Su pelada lucía lustrosa; igual,
siempre fue a su peluquería una vez por semana. Murió una tarde.
Me acuerdo/
los llamados, mucha gente de golpe en mi casa. Yo
me amparé en el resguardo
de ponerme la remera de Boca: FateO, decía. Tardé en saber
que no era una o sino una rueda. Escuchaba, mamá en el teléfono,
familiares, y yo desde el balcón
ver pasar los colectivos y tirarles
bolitas de papel con mi gomera improvisada; la remera
iba humedeciéndose de lágrimas:
nunca tuve tan buena puntería. Pero los colectivos
pasaban, seguían, y se iban.


Poema incluido en su libro El prejuicio del sexo (Ediciones Vox, 2014)