Blablablá
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El balcón indiscreto
por Daniel Pereyra

En tiempos de pandemia el balcón se ha convertido en un espacio desde donde ver, ser visto e imaginar que la normalidad sigue siendo lo que siempre fue.

En el momento de pagar, después de varias horas de paciencia tildando cada oferta, desaparece todo lo seleccionado, por arte de magia la operación se esfuma, vuelve al inicio y me pregunta: “¿Va a comprar?”. ¡No lo puedo creer! La odio, la amenazo con mis nuevos dientes filosos, recién implantados, pero ella, la página, como si nada hubiera pasado en esas dos horas internado en la madeja de algoritmos y píxeles, me pregunta muy fresca si voy a comprar. Hace muchos días que peleo con esta plataforma digital. Mi heladera está pelada, los estantes de la alacena tienen de recuerdo un solo paquete de yerba casi vacío, en la casa no hay nada para comer. ¡No puede ser que deba retomar la compra!

Ok. Vuelvo. Un cartel me dice que hasta dentro siete días no habrá envíos, acepto, antes de que ella vuelva a cambiar de opinión. Esto me llevará todo el día. Soy del grupo de riesgo, es una cuestión de vida o muerte, no puedo esperar tanto, estoy obligado a salir, me pone temeroso el afuera amenazante.

Hace meses que estoy encerrado. Creo que la última vez que salí usaba remera y sandalias, ahora me visto con polera y botas, eso me permite hacer un cálculo de cuánto tiempo pasó. Me gustaría abrazar a Cata, Cande y Corchea, hace tanto que no las veo.
La señora página está buscando mis datos, tarda, la pobre ya no puede más, vaga desmemoriada entre las góndolas cibernéticas. ¡Deberían cambiar el sistema y exhibirla como un resto arqueológico de la pandemia! Se cuelga. Espero.
Ahora pregunta por mi dirección. ¡Se acordó! Intento revisar si están cargados todos mis datos, pero vuelve al inicio. Yo debería salir ya, comprar lo que voy a comer ahora y en la cena, para una semana y listo. El sistema se recupera y va al siguiente paso. Ahora puedo ir por lo que necesito, quizás hoy tenga suerte. El círculo digital vuelve a aparecer, gira, no pregunta nada. Le doy la última posibilidad, quiero llenar la casa con todo lo que necesito para un mes y no volver por aquí. Espero.

Reflejado en el espejo recuerdo al adolescente que se trepaba en las maquinarias de la alegría de Bradbury. Pienso en aquel futuro en el que con suerte arribé.
Hambre, imagino un rico filete de abadejo y unas papas al horno. Huelo el menú.
Por fin llegué a los rubros. La selección es lenta como una procesión a Luján de rodillas. La página dice que está lleno de gente comprando al mismo tiempo. No voy a llegar a las ofertas.
No responde. Me harté, me empieza a doler la cabeza.
Me pongo mi burka galáctica de acrílico en la cara para salir a caminar bajo la luz dorada del sol otoñal, deseo mi Sputnik de dulce de leche y crema.

Desde mi ventanal veo a unos chicos que bailan en una terraza de barandas bajas, la nena gira sobre sí y queda suspendida en el aire, el nene le agarra las manos con delicadeza. Dan un salto tan grande que grito aterrorizado: “¡se van a caer!”. Mi vecina del piso de arriba, que me escuchó, responde desde su ventana: “¡Yo también los vi! ¡Me pusieron nerviosa!”.

Tomo las llaves del departamento, voy a salir de una buena vez y seguiré cuando vuelva, no puedo dejar este trámite, si no tendré que volver a salir.
Estiro la cabeza para ver si algo cambió en la página pero me atrapan dos hombres abrazándose en un balcón muy cercano al mío, me escondo entre las sombras y el cortinado, se comen las bocas, se refriegan. Se me empañó la pantalla. Uno le saca el calzoncillo al otro. Hace una semana que Hernán no me manda nada. El hambre grita mi nombre con ardor estomacal, espero que no lo hayan escuchado. Intentan entrar por una pequeña puerta pero quedan con sus cuerpos trenzados por un rato, sus prendas están esparcidas al sol.

Tengo que ir ahora a buscar las bolsas del supermercado a la cocina o muero, abro la puerta y me ve el perrito pekinés de la vecina, ladra y da saltitos, me altera la paciencia.
Me pareció verlo reflejado en el ventanal. Me asomo, ahí está el hombre apoyado sobre la baranda del último balcón, me está mirando, me siento descubierto. Sonreímos, me guiña un ojo, se toca entre las piernas. Está en el mismo edificio que los amantes. Le paso mi celu con los dedos, toma nota en el suyo, me lo repite. Desaparece. Me pongo el gabán. Me siento mareado. Espero su mensaje.
Desde la puerta miro para saber si la página me pide algo y dice que elija en el rubro de carnicería. Salgo, cuando vuelva sigo.