Sonoridades
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Largas duraciones
por Alejandro Feijóo

En un mundo dominado por la epifanía de lo efímero, el rescate de los discos dobles puede sonar como la reivindicación del anacronismo conceptual. Y acaso lo sea.

Esta nota viene con primera persona: desde chico me atraen los discos dobles. Por supuesto me refiero a la prehistoria de los LP. Cuando tener un disco en la mano era prácticamente el equivalente a tener hoy internet: se revelaba un mundo hasta entonces desconocido, pleno de información a la cual resultaba imposible acceder por otro medio. Y si el grupo o la discográfica habían tenido a bien agregarle las letras de las canciones, estábamos ya ante la Enciclopedia Británica. Ahora bien, si el disco era doble la sensación de hallazgo de tesoro, más que duplicarse, se multiplicaba.

Tiempo después, la atracción por los dobles se trasladó de lo físico a lo conceptual. Porque no hay disco doble perfecto. Siempre hay uno, varios temas sobrantes. Y el exceso en la música suele ser inclinación al riesgo. Y el riesgo es el chispazo diferenciador. Y la diferencia del producto hace diferente al oyente. Sí, también fui a terapia.

Esta nota está escrita para que el posible lector proteste porque falta tal o cual disco en la lista. Lo consideraré un éxito. Porque son tantos los discos dobles memorables que cualquier intención de canon sería más que absurdo. De modo que, agitando la bandera de la arbitrariedad, los invitamos a que eleven su queja porque cómo puede ser que este tipo no haya incluido The Wall, London Calling y tantos otros.

The Beatles
The Beatles (1968)
Quizá haya sido la primera página en blanco de mi vida. Porque aunque la historiografía lo recoge con el nombre del grupo, The White Album siempre será El álbum blanco. Tras los consecutivos excesos psicodélicos de Sgt. Pepper's y Magical Mystery Tour, los cuatro fabulosos parecían necesitar una invitación a la austeridad; al menos eso podía haberse deducido de su raid hindú. La respuesta fue el disco doble por antonomasia. En poco más de una hora y media se condensan tantos estilos musicales como registros artísticos: el stoner de “Helter Skelter” y la nana sinfónica de “Good Nigth”; la sensualidad de “Sexy Sadie” y la rudeza experimental de “Revolution 9”; la hondura compositiva de “While My Guitar Gently Weeps” y el estribillo sobrante de “Ob-La-Di, Ob-La-Da”. Escuchar hoy ese disco en random es como hacer la primera tirada en la generala: lo que salga te sirve para armar juego.

 

 

Led Zeppelin
Physical Graffiti (1975)
Si llegara a escribir que este disco es la obra cumbre de la banda, me echarían de algunos de los clubes de los que no soy socio, habiendo un LZ IV o un LZ III erigiéndose como tótems inapelables. Pero el disco de las ventanitas es, con sus defectos, es decir, precisamente por ellos, la obra cumbre de la banda. Ochenta y dos minutos en los que no falta el hard rock que los llevó al Olimpo, ni tampoco el blues ni el rock acústico, y a los que se suman los aires árabes que hicieron de “Kashmir” una de las figuritas más emblemáticas de los Zepp. La edición relativamente reciente, comandada por Page, de un disco con extras y “tomas falsas” no agrega nada adonde no había nada que agregar.

 

 

Van Morrison
A Night in San Francisco (1994)
Ni es el mejor de Van Morrison ni, lógicamente, lidera ninguna clasificación de discos dobles. Pero este es un capricho personal; es lo que tiene la música cuando quien te la hizo conocer está muerto. Grabado en directo en varias sesiones de finales de 1993, A Night… es un exceso de rhythm and blues del principio al final; honestamente, su escucha llega a cansar físicamente, aunque no se trate del cansancio del hastiado sino del de quien es atropellado por una banda que durante dos horas y media suena en vivo como si lo hiciera en estudio. Quien haya meneado su melena a finales de los años sesenta con “Brown Eyed Girl” apreciará el desempeño vocal del irlandés, y cómo la compostura de entonces se convirtió en la voz del convencimiento: todo lo que dice Morrison en este álbum es verdad. No sé por qué tengo que elegir mis temas favoritos, pero me siguen pudiendo tanto la luminosa “You Make Me Feel So Free” como la envolvente “I've Been Working”.

 

 

Kamasi Washington
The Epic (2015)
Hasta 2015, Kamasi Washington era un saxofonista estadounidense abonado a los EP y las autoediciones. La aparición del triple The Epic lo ubicó inmediatamente en otra dimensión, la de los músicos diferentes, y en solo cinco años ha pasado de un modesto anonimato a codearse con los Lamar, los Glasper y el resto de miembros de la constelación de eso que, acaso pomposamente, algunos llaman “el jazz del siglo xxi”. The Epic resulta tan abarcativo en sus casi tres horas de duración que ciertos sectores de la crítica lo mencionan como un disco “holístico” que evita de forma deliberada cualquier guiño complaciente. Un disco necesario del que no se sale igual que como se entró.

 

 

The Flaming Lips
24 Hour Song Skull (2011)
La salida más lógica para este caprichoso repaso no puede ser otra que acudir a los siempre excesivos The Flaming Lips. Aunque en esta ocasión quizá nos quedemos cortos con el adjetivo y haya que buscar otro mote para esta insania llamada 24 Hour Song Skull. Como su nombre lo indica, se trata deuna única canción de veinticuatro horas de duración, comercializada originalmente en un disco duro dentro de una calavera humana; por fortuna para la ciencia forense, la edición estuvo limitada a trece unidades. Si piensan que en un día seguido de música hay momentos prescindibles, están en lo cierto. Pero si piensan que 24 Hour… es solo la escapatoria freak de músicos aburridos de sus propios límites, se estarán perdiendo momentos de un lirismo emocionante y otros de una potencia que ya les gustaría tener a muchos temas de tres minutos y medio.