Miradas
« Nota anterior
Nota siguiente »
La culpa es de mi abogado
por Federico Delgado

El repaso a la vasta filmografía carcelaria abre una reflexión acerca del encierro inesperado al que nos hemos visto abocados por causa de un bicho microscópico.

El concepto de privación de libertad es intrínsecamente humano. De lo más humano. Los animales no encierran a sus semejantes para zanjar una disputa o castigar un acto punible. Ni siquiera la justicia es siempre justa. Si yo, persona de género masculino, me doy un beso en la vía pública con otra persona de género masculino, puedo acabar en la cárcel en algunos países. Los delitos saben de fronteras. Son, pues, humanos.

Pero qué entendemos por libertad. Para algunos, la cárcel ha sido su único modo de subsistencia. Como el lacónico personaje de James Whitmore en Cadena perpetua (Sueños de libertad). Muchos entienden, con cierta razón, que nuestro mundo civilizado no deja de ser una cárcel sin rejas, pero con hipotecas. Incluso la cárcel de amor es un tema literario desde que Diego de San Pedro en el siglo xv viera en ella una locura que encierra en vida al enamorado.

El concepto de cárcel es demasiado complejo y prolijo para un modesto artículo de revista. Incluso tratar el tema carcelario en la historia cinematográfica es inabarcable. Por feraz. Por poliédrico. Por cinematográfico. Nada como un plano de un actor entre rejas para documentar la soledad del alma humana.

Pisar una cárcel es una experiencia imborrable. Yo lo hice una vez, por motivos culturales. Por muchas películas, por muchos reportajes, por muchos artículos y libros leídos. Cuando traspasas las rejas, cuando ves las altas alambradas, el ruido del mecanismo que deja la civilización tras de ti. Cuando atraviesas pasillos, y miras de soslayo la vida que borbotea agazapada entre las galerías enrejadas. Cuando ves a los presos, los hueles, los observas, te dan la mano y sientes en cada apretón el peso de la culpa, de la injusticia, del estar donde no se debe en el momento que no se debe. Solo cuando dejas atrás esos sonidos, esa atmósfera, y respiras el aire que te ata a la vida, lo haces como jamás lo habías hecho en tu vida. Inhalando, expirando, feliz de que tus pasos te lleven en una dirección, o en otra, o en otra. Que te lleven donde tus zapatos libres quieran en ese preciso y único instante.

Son miles de kilómetros de celuloide tras unas rejas. Hemos visto cárceles del pasado, cárceles modernas, cárceles del futuro. Hemos visto presos tiernos como el gigante John Coffey de La milla verde (Milagros inesperados); y presos devastadores, como el inolvidable Hannibal Lecter. Presos que esperan su fatal destino en una espiral de angustia, como los soldados de Senderos de gloria (La patrulla infernal); o aquellos que encuentran en su encierro la pasión de su vida, como El hombre de Alcatraz. Confesiones inconfesables, como en Capote; y sueños de evasión de todo tipo y condición, ejemplificados en la enorme Papillon, o la agónica El expreso de medianoche.

Hemos escuchado tantas veces el sonido de las puertas al cerrarse y la señal sonora cuando las puertas se abren. Hemos visto salidas jocosas del presidio, como en Blues Brothers; y detenciones bochornosas, como en Arde Mississippi. Reos desternillantes, como en La vida de Bryan; y abrumadores, como en Pena de muerte.

Las rejas de una celda han sido cuarta pared en películas y series. Los vis a vis, las paredes de cristal de las visitas en las que las manos se entrechocan sin tocarse como promesas de vida. Los últimos metros antes de morir ahorcado desde los ojos del infortunado, o los primeros en los que el resto de reos ven carne fresca a la que extorsionar de multitud de formas despiadadas. O aquellas cárceles sin barrotes que, como en El ángel exterminador, nos atan a una estancia con grilletes más fuertes que los de hierro, y no sabemos la razón.

Es difícil imaginar un encierro entre mugrientas paredes. Pero somos ya la generación de la pandemia, de los aplausos a las ocho y el footing en la azotea. Los que hemos ido al supermercado con regodeo culpable por poder salir a la calle, aunque fuera por un cartón de leche. La generación de los perros estresados de tanto salir de paseo. De los niños que hacen cola por ocupar unos metros cuadrados de acera en la calle para poder jugar. Hemos visto pasar tardes, y mañanas, y atardeceres, y noches desde la ventana como los presos ven las nubes pasar a través de los barrotes. Da pudor comparar, pero así nos hemos sentido: presos de un bicho microscópico que nos ató a una realidad en las que nos sentimos hermanos de aquellos que compartían ansias de libertad.

No hay aún películas que hablen de nuestra pandemia. Pero las habrá. Sus protagonistas serán los ancianos que se agostan sin su paseo matutino, o la pareja de enamorados que acaban de conocerse y sacian sus ansias de carne ajena delante de una pantalla fría. Serán los sanitarios que cada mañana se vestían sin saber si serían víctimas de su propio matadero; o policías que veían la degradación de tener que vigilar a sus conciudadanos para saber si realmente iban al supermercado, o al médico, o a la farmacia, o estaban dando un paseo proscrito. O los trabajadores sin papeles que bordeaban el peligro diario de buscarse la vida clandestinamente. Quizá el cine sea capaz de plasmar en imágenes la angustia de los que vivimos todo eso con ansia y temor. Tal como hizo con los presos de la gran pantalla. Presos sumisos, desesperados, abandonados a una suerte que inventó su especie. La de meter entre cuatro paredes a aquellos que no se portan bien, que hacen el mal, o tienen la mala suerte de hacer creer que lo hacen.

Pero no olvidemos que nunca estaremos conformes. Los encierros, sean de la naturaleza que sean, siempre nos parecerán injustos. Como los presos de Shawshank, pensaremos que no es nuestra culpa, que nuestro abogado fue el culpable. Que la cagó. Que más nos valía habernos defendido nosotros mismos. Al fin y al cabo, la vida es una prisión en la que andamos de prestado. Y el que se sienta libre que haga como el piel roja de Kafka, sin auto, sin casa, sin dinero, sin pesar, sin angustia. Solo, cabalgando sobre un caballo veloz, hasta que no hubiera crines, ni caballo.

Solo libertad.