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Caravaggio + Schiele
por Javier Martínez

Son muchos los hilos que unen a los temporalmente distantes Caravaggio y Egon Schiele: el encierro, la genialidad, la irreverencia y la cantidad de enemigos que supieron forjar a lo largo de sus vidas.

Caravaggio

La vida de Michelangelo Merisi da Caravaggio, cuyo nombre propio en la historia de la pintura ha sido su apellido, es digna de ser leída en alguna de las tantas aproximaciones que hay en la web. Nacido en Milán en 1571, su obra marcó un antes y un después en el devenir del Renacimiento y el Barroco en particular y de las artes plásticas en general. A caballo entre sus dramáticos claroscuros, sus escenas de tortura, muerte y flagelaciones; una vida coronada por excesos, por su pasión por la prostitución y las relaciones homoeróticas; y una personalidad explosiva y pendenciera, su fama lo hizo el pintor mimado de la aristocracia romana. Pero su carácter le jugaría varias malas partidas al pintor de palaciego de día y hombre de la noche turbia donde sobreviven los excluidos. Un sargento herido y su posterior encarcelamiento; una denuncia por escandaloso y por frecuentar a jóvenes prostitutos hecha por Giovanni Baglione, su biógrafo y eterno rival; un hachazo en la cabeza de un notario que le disputaba los favores amorosos, además de los sexuales, de una prostituta amante suya son algunos de los incidentes que lo obligaron a huir y recluirse y a ser salvado, una y otra vez, por su influyente clientela. Hasta que en 1606 se trenza en una pelea con un criminal romano de poca monta: ambos terminan gravemente heridos pero Ranuccio Tomassoni muere y Caravaggio es condenado a la pena de muerte, condena que nadie pudo levantar. Huye a Nápoles donde sigue con su actividad pictórica, creando, por encargo, algunas de sus obras más icónicas. Para intentar un indulto que le permitiera volver a Roma se pone en contacto con los Caballeros de la Orden de Malta, que lo reciben hasta que una nueva pelea lo expulsa de ese círculo protector cuando hiere a uno de los caballeros de marras. Se refugia en Sicilia y huye. Un par de años huyendo y pintando, simplificando las formas de su pintura. Tres años después del asesinato, aparentemente por ser confundido con otro hombre, es salvajemente acuchillado en Nápoles. Sobrevive, aún desfigurado, y nada detiene su pintura que llega a uno de sus puntos más altos con el David y Goliat que pintó para el cardenal Scipione Caffarelli Borghese, sobrino del Papa Pablo V, mecenas y constructor de la famosa Villa Borghese en el monte Pincio de la ciudad de Roma. Pretendía que ese cuadro fuera la llave para el indulto papal; sin embargo es exiliado en Porto Ercole por el Sumo Pontífice, mientras el pintor se dirigía de regreso a la actual capital italiana; lugar del mundo en el que morirá por causas que nunca se determinaron y que significaron, hasta 1920, el olvido de su vida y obra; inmensa a pesar de contar con sólo una cincuentena de cuadros; perdurable en otros más allá de Caravaggio mismo.

 

 

Egon Schiele

El artista plástico murió en 1918 a la temprana edad de 28 años, víctima de la gripe española, la última pandemia antes de la del COVID-19, que mató a cerca de 40 millones de personas en el mundo. Breve vida que le alcanzó para ser uno de los referentes del expresionismo austríaco, a cuyo movimiento aportó por fuera de las más diversas acusaciones de obscenidad, pornografía y abuso infantil. Fue justamente a raíz de su relación con Valerie Neuzil, de 17 años, modelo y amante del pintor, que fue acusado por abuso, juntamente con cargos relacionados a lo explícito de las escenas eróticas de sus trabajos, una de sus marcas en el orillo: se lo acusó del rapto y abuso de una menor de 13 años, hecho que la misma justicia desestimó poco después. La sanción, mientras se determinó su inocencia, fue la de la reclusión por 24 días y la quema de uno de sus dibujos, a modo de escarnio y escarmiento. Durante esos días de abril de 1912, recibió papeles, pinceles y acuarelas, las que usó para hacer retratos de su encierro; un día después de que el Titanic se hundiera junto con el sueño americano de un trasatlántico indestructible. Las acuarelas que produjo en su corta estancia en prisión llevan su inequívoco sello, su paleta de colores, sus volúmenes a golpes de transparencias; con la fineza de un trazo de lápiz que parece confundirse con el fondo y las iluminaciones de los colores que parecen frutos maduros, ventanas al azul, grises de encierro.