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Gramsci en la cárcel
por Diego Singer

Los Cuadernos de la cárcel, de Antonio Gramsci, revelan el arrojo teórico de una mente que el encierro no consiguió detener.

Francesco Gramsci y Giuseppina Marcias tuvieron siete hijos, Nino fue el del medio. Durante su trabajo como empleado público en un registro civil, Francesco fue acusado por una facción política opositora a la que él apoyaba; lo denunciaron por mal desempeño y malversación de fondos. La condena a más de cinco años de prisión era, si no injusta, al menos exagerada. Quizá no se haya subrayado lo suficiente, pero la primera experiencia de Antonio ‘Nino’ Gramsci con la cárcel no fue la que sufriría más adelante en carne propia, sino la de su padre. Sin el sueldo de Francesco, que era el único ingreso familiar, la madre tuvo que hacerse cargo prácticamente sola de todos sus hijos y la situación de pobreza extrema por la que pasaron acompañó los primeros años de Nino: la falta de alimentos suficientes para su frágil salud y la imposibilidad de seguir yendo a la escuela apenas terminada la primaria.

Rara vez la imaginación sobre lo que implica la cárcel, en quienes no tienen algún tipo de experiencia cercana con ella, va más allá del preso como unidad aislada, entre rejas y gruesos muros. Cuando lo hace, se piensa en la sociabilidad interna como una convivencia que se supone gobernada por conflictos y violencias. Como todo imaginario, no se trata de una fantasía sin asidero alguno, pero es un recorte con sesgos tan marcados que tiene escasas posibilidades de ser sensible a otros aspectos de una realidad harto más compleja. Uno de los elementos más fuertes de este imaginario sobre la cárcel es el que no cesa de realizar un primer gran aislamiento: el preso no tiene familia, amigos o afectos; se lo reduce a la figura del paria, el asocial que es necesario “resocializar” o, mejor aún, dejar abandonado en el olvido.

Antonio Gramsci también fue acusado por sus opositores políticos, pero en un clima muy diferente al que vivió su padre. Con Mussolini en el poder, Gramsci fue elegido diputado en 1924. Ambos habían formado parte del Partido Socialista Italiano, pero ahora Mussolini presidía el parlamento como líder fascista y Gramsci era congresista del Partido Comunista Italiano. El 28 de mayo de 1925, como parte del único discurso oficial que este último lograra dar como diputado, se dio el siguiente intercambio:

Gramsci: En realidad, el aparato policíaco del Estado está ya tratando al Partido Comunista como una organización secreta.
Mussolini: ¡No es verdad!
Gramsci: Se detiene sin imputación específica alguna a todo el que se encuentra en una reunión de tres personas, por el mero hecho de ser comunista, y se le mete en la cárcel.
Mussolini: Pero se les libera pronto. ¿Cuántos hay en la cárcel? No los pescamos más que para conocerlos.

Al año siguiente el propio Gramsci fue arrestado a pesar de contar con inmunidad parlamentaria y no se lo liberará pronto. Después de dos años de cárcel realizaron un juicio que duró solamente cuatro días, en el que fue condenado junto a Terracini y otros dirigentes del PCI. Durante la acusación, el fiscal hizo una afirmación sobre Gramsci que se volvió famosa por su cruda honestidad: “Tenemos que impedir que este cerebro funcione al menos durante 20 años”; esa fue la pena impuesta, aunque no llegaría a cumplirla porque sus dolencias se fueron agravando en las duras condiciones que le impuso la vida carcelaria. Hasta tal punto que en el año 1935, y luego de mucha presión internacional, se le permitió ingresar en una clínica de Roma, aún como detenido. Se lo liberaría solamente dos años más tarde, cuando su cuadro era ya irreversible, algunos meses antes de su muerte.

En 1928, mientras estaba sometido al proceso que habría de condenarlo, Antonio Gramsci escribe a su madre:

Carissima mamma, no querría repetirte lo que ya frecuentemente te he escrito para tranquilizarte en cuanto a mis condiciones físicas y morales. Para estar tranquilo yo, querría que tú no te asustaras ni te turbaras demasiado, cualquiera que sea la condena que me pongan. Y que comprendas bien, incluso con el sentimiento, que yo soy un detenido político y seré un condenado político, que no tengo ni tendré nunca que avergonzarme de esta situación. Que, en el fondo, la detención y la condena las he querido yo mismo en cierto modo, porque nunca he querido abandonar mis opiniones, por las cuales estaría dispuesto a dar la vida, y no solo a estar en la cárcel. Y que por eso mismo yo no puedo estar sino tranquilo y contento de mí mismo. Querida madre, querría abrazarte muy fuerte para que sintieras cuánto te quiero y cómo me gustaría consolarte de este disgusto que te doy; pero no podía hacer otra cosa. La vida es así, muy dura, los hijos tienen que dar de vez en cuando a sus madres grandes dolores si quieren conservar el honor y la dignidad de hombres.

Te abrazo tiernamente,
Nino

La categoría de “preso político” tiene, como todas, sus luces y sombras. Permite distinguir a aquellos que están encarcelados por el hecho de ser opositores a quienes detentan el poder político, ya sea que se los haya condenado por un delito común (como a Francesco Gramsci) o directamente por amenazas al orden político (sedición, terrorismo, etc.). A la vez, disuelve en la naturalización del sentido común el hecho de que los “presos comunes”, lejos de ser simplemente individuos que por motivos personales han violado las leyes, conforman un continuo identitario que determinado orden social ya ha alojado en sus márgenes antes de toda comisión de un delito particular. En este sentido, no son tan lejanos quienes luchan por cambiar las condiciones sociopolíticas estructurales que han arrojado a otros sistemáticamente a ese dispositivo cruel en el que una comunidad descarta a sus otros, tal como sucede en la prisión.

En una carta que envía a su mujer, Julia Schucht, Gramsci escribe:

… Tengo siempre miedo de que me domine la rutina de la cárcel. Esta es una máquina monstruosa que aplasta y nivela según cierta serie. Cuando veo actuar y siento hablar a los hombres que están en la cárcel desde hace cinco, ocho, diez años, y observo las deformaciones psíquicas que han sufrido, se me pone realmente carne de gallina, y vacilo en la previsión acerca de mí mismo. Me imagino que también los demás (no todos, pero al menos algunos) habrán decidido que no se dejarían dominar y, sin embargo, sin darse cuenta siquiera, por lo muy lento y molecular que es el proceso, hoy se encuentran cambiados y no lo saben, no pueden juzgarlo precisamente porque están cambiados del todo. Sin duda, yo resistiré. Pero, por ejemplo, me doy cuenta de que ya no sé reírme de mí mismo como lo sabía hacer antes, y eso es grave.

Sabemos, sin embargo, que estos años de Gramsci en la cárcel fueron los más prolíficos en términos de producción teórica. No pudieron impedir que su cerebro funcionara, tal como lo pretendía el fiscal. Treinta y tres cuadernos con casi tres mil páginas en total, conocidos como los “Cuadernos de la cárcel”, son los escritos más importantes que produjo Gramsci en toda su vida. Lo hizo entre el año 1929, cuando pudo hacerse de materiales para la escritura y 1935, cuando ya no tuvo más fuerzas para seguir.

Lo fundamental de los Quaderni del carcere es que hacen patente un ansia de pensarlo todo nuevamente. No son simplemente una continuación del Gramsci periodista o dirigente político; ponen en ejercicio modos de conceptualización novedosos, apuestan por leer la derrota política de formas que ningún otro intelectual se atrevía a hacerlo. La fuerza de los cuadernos nace, de algún modo, de la propia desorientación. Del hecho mismo de estar perdido, de no entender ya el mundo, brota lo que fuerza a pensar.