Blablablá
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Prefiere la noche
por Sebastián Cariola

El sueño de la soledad produce monstruos de laboratorio, con ojitos rojos saltarines y hambre de carne fresca.

La letárgica sincronía de los segundos que cubrían las paredes, los pisos, los muebles, las sábanas, la comida… El manto de detención y apaciguamiento cronológico siguió inmutable a pesar de las decenas de sirenas de ambulancias y patrulleros que quebraban la monotonía del sonido de los nudillos de su vecino sobre la cara de su esposa, el caniche de Samanta, o el gritito de excitación del niñito algo extraño del departamento de al lado. El bucle existencial en el que se mecía Rosario le otorgaba un halo de bienestar al que no estaba dispuesta a renunciar ni quería que nadie perturbase. Permanecía con el celular apagado y se ocupaba de que el televisor siempre estuviera en Netflix, reproduciendo alguna serie o película que no tuviera mayores ambiciones. Lo único que la unía a los demás eran los sonidos que trepaban hasta el piso 20 de la torre en la que vivía. Prefería la noche, donde las luces de la ciudad le provocaban algo de festivo pero ajeno al mismo tiempo, una fiesta de otros, donde ella intrusaba sin que la notaran. De tanto en tanto, corría hacia el abismo del ventanal, que se abría cual tajo infecto al mundo bajo sus pies, al escuchar pasar un helicóptero. Jugaba a atraparlo entre el índice y el pulgar antes de que la engullera la inmensidad del amarillento cielo nocturno de la metrópolis. Solo mantenía como obligación un llamado al día con su madre, sin importar sus ganas o lo que le estuviera aconteciendo en el momento. Con su hermana era distinto, podía llamarla hasta varias veces al día, o no hacerlo y dejar pasar dos o tres días sin hablar. La pobre también estaba sola, pero ella lo padecía, no al punto nostálgico de su madre, quien tenía para recordar años en los que había compartido la cama con un hombre. Pero sí sufría la soledad a un nivel que Rosario nunca lograba entender. Elena era más joven, sería por eso que albergaba esperanzas de construir una familia, aunque Rosario no había encontrado ese interés ni aun cuando la juventud todavía se lo permitía. Esos últimos días sentía más tristeza por ella porque se le habían muerto dos de los tres ratones de laboratorio que había adoptado, salvándolos de que fuesen sacrificados una vez descartados de su uso. Elena le había contado que navegando en las redes se había enterado que existía tal cosa, y al ver las fotos de los roedores blancos con sus ojos rojos y leer sus historias de confinamiento en laboratorios donde eran sometidos a diversos experimentos, decidió salvar todos los que pudiera llevándoselos a su casa. El problema fue que los bichos duraban el tiempo suficiente para encariñarse con ellos, pero no lo bastante como para hartarse de su presencia. Así que en pleno idilio mascotero estiraban la pata, y comúnmente lo hacían en lugares de difícil acceso, ocasionando que durante días creciera el olor dulce de la carne pudriéndose lentamente. A Rosario, el mayor asco se lo proveía la idea de cientos de pequeños gusanitos carroñeros blancos esparciéndose por su departamento al acecho de un nuevo cuerpo al cual devorar. Luego estaba su amiga Angélica, con la cual no se contactaba tan a menudo. Si bien la aborrecía íntimamente, no podía dejar de asistirla cada vez que un nuevo ataque de angustia la desbordaba. Una de las cosas que más despreciaba de ella era su obscena gordura, le daba repulsión y bronca al mismo tiempo saberla gorda y que aun así pudiera disfrutar de cosas de la vida. Si ella fuera así no disfrutaría nada. Y por último estaba Mario, el encargado de su torre, el único ser de sexo masculino en su vida, cuyo vínculo cotidiano se reducía a que recibiera y depositara al pie de su puerta las encomiendas y pedidos que llegaban para ella. Eso mismo fue lo que pasó la mañana que Rosario encontró una caja con pequeños agujeritos y una nota de su hermana: “Rosi, necesito que me banques un par de días. Luego te explico. Besos Ely”. Y como el maíz ya había dejado de explotar en la olla y empezaba a quemarse, dejó la caja sobre la mesita del living y corrió a la cocina antes de que comenzara a reproducirse el siguiente capítulo de la serie que la tenía tan emocionada. El día se extinguió sin conciencia en la consecución de los siguientes episodios, y la noche parió sus sombras sobre los rincones del departamento. Rosario no recordó la caja que había enviado su hermana hasta que escuchó un ruido de algo golpeando el suelo del living. Encontró la caja tirada, la notó más liviana antes de ver que en uno de los extremos había un agujero anunciando que lo que adentro estaba ya había salido. Su primera reacción fue saltar sobre el sillón, porque estaba descalza, y sintió los deditos de sus pies vulnerables a esos dientes diminutos y filosos. A su mente vino la imagen de roedores albinos hambrientos y peligrosos al acecho de una presa descuidada. “Elena y la puta que te parió, qué mandaste”, dijo en voz alta mientras trataba de recordar dónde había dejado su celular. Sintió que los vellos de sus piernas, que no habían logrado eliminar la depilación definitiva, se erizaban cuando escuchó el rechinar de unos dientes en algún lugar indefinido de su entorno. Debía volver a su habitación y encontrar el celular para llamar a su hermana y saber si lo que le había mandado en la caja era peligroso. ¿Cómo se le había ocurrido? Si sabía que ella no quería ningún ser vivo en su casa, y mucho menos un asqueroso portavirus de laboratorio. Ni loca pisaría el suelo, no se le quitaba la imagen de esos dientes royendo su carne. Podía llegar hasta el umbral de la puerta saltando de mueble en mueble y una vez allí, encerrarse. Eso hizo, pero en el último salto, el mueble cedió y en la inercia su hombro se estrelló contra el marco de la puerta y su tobillo derecho se quebró al tocar el suelo. Quizá lo alucinó, por el dolor o por el asombro de caer y saberse devorada, pero al escuchar uñas traquetear sobre el parqué en dirección a ella, pateó la puerta con el pie sano y logró encerrarse. El brazo izquierdo no le respondía, en películas había visto que los hombros se dislocaban y la gente los arreglaba con un golpe. No parecía nada muy complicado, pero lo de su pie era otra cosa, ya que estaba orientado en una dirección naturalmente imposible. Solo encontró clona en la mesa de luz, y se los tomó todos creyendo que funcionarían de calmantes. El celular no estaba, seguro lo había dejado en la cocina o el baño, pero no importaba porque su madre se daría cuenta al no recibir su llamado que algo pasaba. Así que se dignó a esperar, que los calmantes funcionaran, que alguien la rescatara, que el mundo se compadeciera de ella e hiciera algo. Con las últimas hilachas de desvelo, mientras la adrenalina y el dolor cedían terreno al hartazgo y el cansancio, Rosario miraba el techo y escuchaba el roer en la puerta de su habitación cada vez más lejano, no porque fuera aquello que se distanciaba, sino porque era ella la que se estaba yendo, adentro… cada vez más adentro.