Blablabl√°
« Nota anterior
Nota siguiente »
Las Tías de “La Gardenia”
por Daniel Pereyra

Los petiteros cometieron un error: se pusieron a prepotear en pleno bailongo sin reparar en el bravo sistema de defensa de las T√≠as de ‚ÄúLa Gardenia‚ÄĚ.

Nosotros √©ramos el mobiliario Luis XV de aquellas noches, la Hugo, la Javier, la Jesusa, la Marta con la Pacu, y la bella Gise. Nos hab√≠amos convertido, por decisi√≥n propia, en “las T√≠as de la milonga”. Eso fue cuando Eduardito se sum√≥ a nuestra mesa y nos adoptamos. Para liberarnos de las maledicencias lo bautizamos “la Sobrina”. En tono de grotesco nuestra mesa se convirti√≥ en un santuario. Nos gustaba ese esplendor pasajero de estrellita de navidad. Nos inventariaron igual que al mantel, los platos, las empanadas, el piano, los tacos de Adriana, el bulto del mesero, el aire acondicionado.

“La Gardenia” nos mezclaba como en una ensalada de frutas.

Hab√≠a un cartel que dec√≠a: “Aqu√≠ es con respeto, convivencia e inclusi√≥n”. Cada cual se calzaba sus zapatos o sus tacos y se hac√≠a due√Īo o due√Īa de la pista. Reluc√≠an esas noches de vinos con pasi√≥n de tangueros. √ćbamos y ven√≠amos chocando las copas entre amigos, de mesa en mesa. Enfundados en pantalones milongueros, bajo la lluvia de purpurina, exhib√≠amos nuestros tatuajes; flotaba en el aire el aliento y la promesa del fuego.

Adriana era la imagen divina, Madre Protectora de los diversos, la musa de los bordes, alma vivaz que con Nicolo, el director del Quinteto Pinot Noire, le pon√≠an onda a cada mi√©rcoles. Eran los presentadores del show, con la escenograf√≠a de los instrumentos de la orquesta detr√°s: saludaban a los amigos celebrities del medio art√≠stico, daban la bienvenida a todos y por √ļltimo, la performance de sus T√≠as protectoras: el p√ļblico era invitado a aullar, los mozos aplaud√≠an para reforzar, las chicas de la barra acompa√Īaban el clima festivo, nosotros salud√°bamos como las embajadoras de las comparsas de carnaval.

Ese día, a esa hora nos sacábamos chispas, exhibíamos las habilidades en la pista, el bailongo estaba a pleno. Una babel del canyengue que fulgía su gallinero hipnótico.

Hasta que llegó un tropel de caballos engominados, con pechos rudos de cotillón, prometieron ser el centro de la incomodidad. Se sentaron en una mesa que estaba reservada en el borde, los mozos no los pudieron sacar.

La orquesta arranc√≥ un tango que nos gustaba a todos, el violinista nos mir√≥ y nos hizo un gesto para que llenemos la pista. Como de costumbre salimos a bailar asegur√°ndonos con rapidez a la pareja m√°s pr√≥xima. Nos empavonamos, paramos nuestros culos, nos abrazamos y arrancamos. Conviv√≠amos con armon√≠a entre los cruces, los ochos, los giros, las sacadas. Los muchachones exudaban rancio, con vencimiento, aplaud√≠an y silbaban a los bailarines con gestos burlones. Se sumaron al redil: “Ac√° llegamos nosotros”, “El tango entre machos”, pendencieros, arrogantes. Desarmaron el c√≠rculo de las agujas del reloj. Revoleaban sus piernas, se tornaban peligrosos oblig√°ndonos a esquivarlos.

El director paró de tocar para reorganizar la pista, lo patotearon listos para la pelea. Adriana, con gesto seductor, les pidió que se calmaran, que bailaran con todos. Uno intentó besarla de prepo, ella rápida de reflejos tiró su cabeza hacia atrás, lo frenó con su mano firme. Lo miró fijo a los ojos fijos, le sostuvo la vista por un largo rato, desafiándolo. La Tía Hugo estaba abrazada a la Tía Marta; les gritó que se fueran.

Un rubiecito de cara seca tir√≥ una pi√Īa al voleo, la recib√≠ yo.

Enfureci√≥ el bandoneonista, tir√≥ a matar con una silla peg√°ndole al que ten√≠a cerca, un cusquito que saltaba para parecer m√°s bravo. El del chelo vio con horror c√≥mo le romp√≠an el viol√≠n al director. Enloqueci√≥, hab√≠an traspasado todo l√≠mite, desde su altura de casi dos metros con sus manos grandes y pesadas atac√≥ a cachetazos sonoros a los cabezas huecas. Nos precipitamos a la lucha cuerpo a cuerpo, pasamos de pista a chiquero. La T√≠a Gise colaboraba dando patadas en los huevos por sorpresa. La T√≠a Marta y su amada Pacu los escup√≠an con gargajos. La Jesusa y la Javier, despojada de sus u√Īas postizas, subidas a las sillas les tiraban platos y vasos, les apuntaban a la cara para que sangraran. El pianista desapareci√≥. Al violinista lo encerraron en el ba√Īo, hab√≠a tomado una cuchilla de la cocina e intentaba matar al asesino de su instrumento.

En pleno va y viene se escucharon llegar las sirenas de la polic√≠a. Eduardito, la Sobrina, clamaba por las T√≠as. Mientras, los gorras sub√≠an las escaleras hacia el primer piso, gritaban “¬°Polic√≠a!” con la intenci√≥n de pararnos, daban golpes. Los mozos ten√≠an las caras rojas de los trompazos que intercambiaron. Abajo nos esperaban con carros y patrulleros. Quer√≠amos salir de ah√≠. Agarr√© a la Sobrina de la mano, uno le tir√≥ una patada en el pecho, me solt√≥ tambaleante, se fue para atr√°s sin hacer pie. El borde de nuestra mesa esperaba su nuca.

Nos metieron a todos juntos en la misma celda.