Escritos
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Notas sobre la libertad
por Andrea Barone

Las voces de la infancia llegan escritas en paredes o en forma de canciones; bosques de la niñez, donde el claro de la libertad viene al encuentro.

Quien no pierde su cabeza de niño no pierde su cabeza, decía en una pared de la pieza de arriba, la de mi hermano Roby. Alguien la escribió, nunca supe quién, no conocía esa letra. No era la de mi hermano, tampoco la de su amigo Santiago, suya seguro que no. Conocía muy bien sus trazos, me dibujaba al pato Donald de una pincelada, con trazo único, sin levantar el lápiz. Es que había tanto ahí en un pedazo de muro. Al lado de esa enigmática frase había una carita sonriente que hoy bien podríamos llamar emoticón, y más allá, al otro lado, arriba, por debajo, fotos pegadas, posters, otras frases, un recorte del mundo, un mundo recortado. Pescado Rabioso sonando, o ahí una niña, cantando, Qué dirá el santo paaadre, que vive en Rooooma, que le están degollaando, a sus palooomas, el que oficia la mueerte, como un verduuugo, tranquilo está… sin saber, claro, sin saber qué decía. Historietas, revistas, libros y discos dando vuelta, hojeadas, leídas, devorados, escuchados una y mil veces, en el medio de compartir, en upa de una, en brazos de otro, jugando entre volutas de humo. Para la libertad, sangro, lucho y… ¿Acaso no perder su cabeza de niño no es un buen nombre de la libertad? Enigmática frase que me quedó resonando, no es porque no supiera que uno puede perder la cabeza, de una y mil formas, ya lo intuía, lo oía en ocasiones, lo vislumbraba, veía y percibía, esa dimensión de la pérdida que podría abrirse en abanico, en distintos modos. De hecho también, vivía en pensamientos y paraísos, en una ciudad a la que nombraban jardín, así que, con esos significantes, vaya si tenía para abanicar, airear, abrir elaboraciones posibles. Pensamiento/s, sobre distintos paraísos, placenteros, inexistentes, fantaseados, mortíferos, religiosamente prometidos, posibles y arbolados, florecientes. Su cabeza, decía la frase, claro, mis pensamientos, los de uno, de una, de cada quién, apropiándome de porciones, desgranando y encontrando el límite que separa los míos de los del Otro, el litoral armado a veces, incluso con algunos otros, esas mixturas entusiasmantes.

Pero esa frase enigmática, equívoca, decía más. Decía también que hay mucha formas de leer las letras, las palabras, cada una, un original. Se la puede escandir, entonar distinto, cortar y abrir a diferentes resonancias, e incluso se la puede no leer, ojos para no ver, a diferencia del instante de ver, dos modos distintos, versiones de cada quién, enseñó el maestro. Letras, litorales, armadas en el borde del plato de sopa, amadas en algunas caligrafías, el alemán gótico de la lista de compras de mi abuela o la carta de papá Noel de mi madre; la redondeada de mi amiga Andrea, la bella forma en la que a veces escribe mi hija. Litoral armándose, armado, y entonces, ¿es que no hay que perder la cabeza en la infancia porque si la perdés ahí ya alpiste perdiste? ¿O hay algo de la cabeza de niño que aun a cualquier edad es necesario conservar? Ambas cosas, versionadas, a la vez; dándole vuelta a la neurosis, que es infantil, como decía el maestro Freud, tomando un gusto contingentemente encontrado, deshaciendo cadenas, Prometeo desencadenado. Mezclum propio, habitable, litoral singular. Quizás desde esas pinceladas de deseo, de mi gusto por jugar con las lenguas, la sonoridad del extranjero que tanto me atraía, me sacaba carcajadas, más allá de la gramática, de la alfabestialización, como diría el Dr. Lacan. Volar con las letras, las palabras que abrían mundos, sorprendentes, inimaginables, cuadros de Dalí, mil y una noches de alfombra voladora. Eligiendo, apostando a cuidar la riqueza, lo que no se quiere perder. Gritando fuerte ¡piedra libre! como en las noches de verano, agarrando fuertemente desde niña, sin soltarlo, como dignamente muchos con nombre propio, como el Diego y su pelota sucia de barro, no manchada, jugando cada quién, jugándose, en actos precisos para salir de apresados, oyendo el ruido de rotas cadenas, búsqueda y deseo decidido: nunca ceder ese margen de libertad.