Escritos
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La necesidad de estar mal equipado
por Jota G. Fisac

El control de la herramienta creativa puede convertirse para el artista en una cárcel sin barrotes que lo separe de la esencia de su expresión.

La cárcel como espacio de cautiverio, de opresión y sufrimiento, de angustia y desasosiego del que se necesita escapar no requiere de los altos y afilados muros de hormigón armado de una institución penitenciaria, representación del lugar donde la transgresión de la ley recibe el castigo. Ese espacio que nos condena y aprisiona, que nos somete y nos despoja de los más preciados bienes habita en ocasiones en nuestra propia sombra, se instala en nuestra vida cotidiana y desde ahí nos reduce a seres cautivos, reclusos, prisioneros de nosotros mismos.

En el arte, la relación con la herramienta y sus consecuencias puede tener el aspecto de una cárcel, un lugar de cautiverio que bloquea el camino hacia la creación. Pero lo más curioso del caso es la manera en que la herramienta puede bloquear el camino del aspirante hasta el lugar del artista.

En los años de formación, que son de búsqueda, la herramienta no se domina, se carece de un método, de una experiencia, porque todo eso es lo     que se persigue en los tramos iniciales del camino. Y esa carencia se convierte en el mayor inconveniente para la creación, un bloqueo por acción directa, una derrota por KO. Las limitaciones del aspirante lo alejan de sus deseos creativos; quizá puede sentir las imágenes que necesita verter sobre el lienzo, escuchar la voz que lo identifica y que desea expresar con palabras; muchas veces conoce las formas que contendrá su obra antes de que esta exista, pero sus manos, la postura en la que crea, el método que ha de ir construyendo paso a paso a lo largo del lento proceso de aprendizaje todavía no le permiten expresarse con libertad, es un cautivo, un prisionero. Con el tiempo, llega para algunos el dominio de la herramienta, y el aspirante puede ingenuamente creer que ha concluido el proceso que lo llevará al éxtasis creativo, pero pronto entiende que es precisamente entonces cuando empieza una tarea más áspera y fragosa, a menudo incomprensible, llena de confusión y frustración; una época en la que lo que se cuestiona no tiene a veces ni un nombre, los caminos no están señalados, hay que dibujarlos y dirigirlos hacia un lugar del todo desconocido. Un tiempo de constantes preguntas que quedan sin respuesta. Una duda planea entonces en la mente del que inicia el camino de la liberación y trata de huir de la cárcel en la que sin saber muy bien qué crimen ha cometido se encuentra recluido: ¿puede el dominio de la técnica, el conocimiento exhaustivo de la herramienta, que lo ayudó a escapar entonces, ser ahora también una cárcel, una barrera para la expresión más plena de su creatividad, un muro que lo aleja de la felicidad creativa?

Contaba Eduardo Chillida que en sus comienzos en Madrid, antes de que ya en París la escultura se convirtiera en su medio habitual de expresión artística, sintió que tenía una gran facilidad para el dibujo, y se dio cuenta de que probablemente su hábil mano no solo no lo ayudaba sino que le entorpecía, le cerraba el camino para hacer cosas con profundidad. Tomó entonces una decisión que, reconoce, marcó su vida; una decisión que lo llevó a alejarse de todo ese mundo facilón que no es arte: empezó a dibujar con la mano izquierda, y ante esa torpeza voluntaria, la cabeza y la sensibilidad comenzaron a rozar el lienzo antes que la mano, las ideas perdieron fuerza frente a la intuición, el conocer volvía a primar sobre el conocimiento. Abandonar el dominio de la herramienta para liberar la creatividad de su celda estrecha y limitada. Dominar la herramienta para después abandonarla, escapar de ella.

Si Chillida cambió de mano para encontrar ese camino, Samuel Beckett cambió de idioma, se pasó al francés, una lengua que conocía bien pero que en absoluto dominaba. Muy pronto, con apenas unas pocas obras publicadas, escribe que había llegado con el inglés a un punto muerto, un desesperado e invencible apego al virtuosismo de un estilo, en el que su relación estrecha con Joyce no era ajena. A pesar de sus brillantes y reconocidos escritos de juventud (escritos en inglés), se sintió en un callejón sin salida. El dominio del estilo en su lengua le impedía seguir el ritmo de sus deseos creativos, no le dejaba hurgar en el lenguaje y descubrir qué había detrás, actuaba como un disfraz que escondía el verdadero rostro del artista; lo abocaba a una representación más o menos convencional del lenguaje, una escritura figurativa, y lo separaba del ruido que deseaba, de la escritura abstracta que perseguía. Le era muy difícil ser abstracto en una lengua que dominaba a la perfección. El control de su lengua lo vivía como una cárcel que le impedía avanzar por el camino expresivo de la literatura que deseaba, una literatura que superara las convenciones del lenguaje, abreviada, contraída, abstracta, algo que desde su lengua materna le resultaba inabordable y que el francés, un medio imperfecto para él, le facilitó al convertir la escritura en una aventura al borde de lo inexpresivo. Muerto Joyce, Beckett empieza a escribir en francés, y en poco más de cuatro años, una etapa de incansable trabajo creativo, escribe algunas de sus principales novelas cortas, las obras de teatro Esperando a Godot y Eleutheria y la trilogía de novelas que conforman el corazón de su obra y fundan su forma personal y su identidad literaria y artística. Obtiene un gran éxito. El francés parece proporcionarle la debilidad necesaria para su expresión más plena, el extrañamiento y la inseguridad para despojar sin dificultades su estilo y someterlo al silencio. O, como escribe con su habitual carácter elusivo y vago en una carta al traductor Hans Naumann, la necesidad de estar mal equipado, mal armado: le besoin d´être mal armé, quizá una pista fiable sobre las razones que lo llevaron al autoexilio lingüístico. Aunque, claro está, no falta quien en esta imprecisa afirmación solo ve un homenaje al poeta simbolista francés Mallarmé, precursor de las vanguardias en las que se movió Beckett.