Escritos
« Nota anterior
Nota siguiente »
Estado de la cuestión III
por Martín Jali

Les ofrecemos una nueva entrega de cómo el algoritmo obtura nuestra voluntad para convertirla en un grito de guerra: “No estoy solo, puedo salir a comprar”.

Cualquiera puede hacer la prueba: rebasen con la yema del dedo tres o cuatro historias de Instagram y a la siguiente les aparecerá una publicidad. Antes, me parece, la discontinuidad era mayor, tal vez porque la publicidad en redes sociales no tenía como objetivo principal la saturación sino la invisibilidad. ¿Este cambio conceptual estaba previsto o se dio con naturalidad ante la mayor demanda de pequeños emprendedores y grandes empresas ante la pandemia? Publicidad dirigida mediante lógicas de patrullaje que interceptan nuestras comunicaciones y búsquedas, que leen nuestros pensamientos y nos llevan de la mano hacia aquello que estábamos buscando. Con suavidad, entre nubes de ansiedad y precisos shots de endorfinas.

¿Qué me aparece a mí? Últimamente, bibliotecas de madera, plantas y viveros, cannabis medicinal, novedades editoriales y talleres de filosofía a distancia. Pero las bibliotecas que me aparecen no son exactamente las que busco, ya que se pusieron de moda los estantes aireados, que abaratan costos pero impiden tomar los libros detrás de las barras de madera, lo que las convierte en artefactos poco prácticos para la manipulación bibliográfica. En otras palabras, las búsquedas no reflejan exactamente mis deseos, pero se acercan todo lo que son capaces, o me obligan a cambiarlos o deformarlos para adaptarlos a la oferta existente. No falta mucho, pienso, para que el imaginario de las impresoras 3D se cumpla: lo que está en mi mente reflejado en la realidad. Pero el problema para nosotros, los usuarios devenidos mercancía, tal vez sea el umbral de saturación que podemos alcanzar: ¿no queremos a veces ver otra cosa? ¿Distanciarnos de aquello que nos gusta o de lo que trabajamos para tomar un respiro y asomarnos hacia nuevos mundos?

Pero en realidad no quiero hablar de mí, sino de la artista audiovisual Paloma Schnitzer. Hace un año, Schnitzer, interesada en las revueltas en Chile y en Hong Kong, seguidora de portales de noticias underground y plataformas de discusión periodística, comenzó a ver en su timeline de Instagram historias y posteos de marcas de ropa de corte militar: chicas apoyadas en barandas con chaquetas verde oliva y botas negras militares; varones con lentes alargados, mochilas negras y gorros de algodón oscuro; looks con máscaras antigás, remeras de camuflaje y chalecos en tonos selváticos, centrados en paisajes de guerra urbanos. Esta serie de outfits inspirados en uniformes militares que comenzó a poblar su timeline se convirtió en una obra en proceso titulada War Season Collection, que reflexiona sobre la lógica de los algoritmos, nuestra alienación visual y el diálogo entre publicidad y periodismo de guerra.

Ahora bien, ¿interesarte en algo es lo mismo que desear comprarlo? ¿La curiosidad o el conocimiento pueden transformarse en mercancía de manera inmediata? De la velocidad de este procesamiento depende la eficacia de la transacción, y posiblemente sea efectivo en una enorme cantidad de casos, pero, todavía, no en todos, ya que en el rastreo, el almacenamiento y la catalogación no intervienen la inteligencia emocional, el análisis de la ironía o el doble sentido, con lo cual el direccionamiento parece ser único. Así, aunque todavía no conozcamos la totalidad del funcionamiento de los algoritmos y su estructura interna –el interior de la caja negra, en términos flusserianos, que debemos conocer para decodificar y poder alterar los sistemas– todavía se presente bajo los signos de la opacidad, sí podemos decir que en su lectura se tornan difusas ciertas formas de acercarnos o de vincularnos entre nosotros que exceden al universo de las transacciones y los intercambios utilitarios. Se trata de un modelo económico basado en la agilidad y la idea de que existe un mundo disponible para cada uno, y que ya no hace falta salir a buscarlo. Mundos que hacen eco en otros mundos para duplicarse y estrellarse ante nosotros.

Salir a caminar por las redes sociales impulsados por nuestra propia adicción tiene sus puntos de contacto con la figura del flaneür. Pero los adoquines ya no son las escamas de las serpientes ni la revolución un relámpago que pueda alumbrar nuestras vidas; los mapas mentales son menos sólidos que antes, y las estructuras de acceso y de salida para el vagabundo digital presentan infinitos puntos de control donde cada vez es más difícil pasar desapercibidos. Parafraseando a Baudelaire: ¿qué son los peligros de los golpes y los conflictos diarios de la civilización ante la sumisa indignación de nuestros paseos virtuales y el tibio lamido de las nudes de Instagram en nuestro imaginario erótico? Sabemos, pero decidimos olvidar, que los ingresos y egresos de las plataformas de contenidos y las redes sociales están absolutamente controlados, y fueron fabricados así, como instancias de control, para que, si queremos, podamos idear una nueva identidad pero no dejemos jamás de ser quienes somos, al menos para las postas de vigilancia. Una instancia en la cual las problemáticas raciales y de género se diluyen en parte pero no desaparecen, y esto nos lo recuerdan los ejercicios de reconocimiento facial en las apps que se ponen de moda: cómo nos veríamos de viejos, de otro sexo, recién nacidos, o si fuéramos un X-men. Está claro que no es posible ingresar sin ser identificados, y esta imposición de los controles de seguridad está camuflada bajo el deseo y la posibilidad de ser otro, o no ser uno mismo, y divertirnos por un rato en ese mood for change de inspiración bowieana. Esta distinción se presenta cada vez más bajo los signos de un absurdo anacrónico, pero no dejan de estar dirigidos por las instancias de control de derechos de productos y de servicios, que necesitaban establecer límites al copyright y al uso indebido. En otras palabras, al DRM (Digital Rights Management) y a otros programas anticopias no le importa quiénes somos, lo que sí le importa es la codificación de nuestros apartados de lectura para que los archivos, o sea, los libros, por ejemplo, no vaguen libremente de un dispositivo a otro.

El flaneür, como dice Walter Benjamin, se va a “botanizar sobre el asfalto” y las galerías comerciales de París fueron la antesala de los grandes malls del siglo xx. El flaneür es el que pasea, sin prisa, el que resiste a la fascinación industrial por la velocidad y la producción, el que consume bienes y cuerpos que pasan a su lado. “El caminante solitario en Nueva York o Londres experimenta las ciudades como atmósfera, arquitectura y encuentros al azar; el paseante en Italia o El Salvador encuentra amigos o ligues; el flaneür, según las descripciones, ni solitario ni social, experimenta París como una abundancia intoxicante de multitudes y bienes”, escribe Rebecca Solnit en Una guía sobre el arte de perderse. El flaneür se sitúa en la transición entre dos mundos, como una figura contradictoria, mientras un universo lentamente se evapora para dar paso a otro. En las calles eléctricas que repiclan bits y las pantallas táctiles con luz nocturna, entre senderos de gran inmediatez donde si existe un vacío es por una decisión minimalista de diseño, donde los textos y las imágenes se acumulan, siempre hay algo para ver, o esa es la ilusión que noche a noche nos mantiene desvelados. ¿Pero si no hay otra cosa en realidad más que la adicción por replicar nuestros deseos de consumo y edificar alter egos digitales que reciban likes y otorguen seguidores, acciones que a su vez generan placer, en el mejor de los casos dinero y prestigio, siempre en dosis (des)controladas?

Los patrones de búsqueda que son leídos e interpretados por agentes insensibles nos llevan de la mano a lo que, suponen, necesitamos, y de hecho casi siempre aciertan, porque les hemos abierto las puertas a cada gramo de nuestra información personal. A veces la relación parece excesivamente directa y contempla una heterogeneidad absoluta en la producción de estos contenidos que se presentan como múltiples pero son absolutos, ya que están dirigidos a un caudal limitado de sujetos. Las plataformas, con sus patrones de lectura, son una vez más las que determinan el horizonte de nuestra manera de vestirnos, comportarnos, experimentar y por supuesto, lo que leemos y lo que no leemos.

Vuelvo a War Season Collection. Una posibilidad es que el desarrollo de los sistemas de lectura y de interpretación todavía no esté lo suficientemente desarrollado y que en las hendijas de sus granulidades sintéticas permiten entrever la duda, la desconfianza y el error. Pero hay otra posibilidad, y es que estos productos que se le presentaron a Schnitzer intercalados en sus historias estén en perfecto sincro con su ideología y sus búsquedas de agite popular en distintas ciudades del globo. Que su interés haya sido debidamente interpretado y que esta lógica obture la acción ciudadana para canalizarla en dinámicas de moda de temporada y en consumo en interiores que se sueñan posapocalípticos. “Comprá ropa, camuflate”, parecen decir a los gritos, y recién después: “Salí a la calle, protestá”. En breve tal vez ofrezcan bicarbonato de sodio para soportar los gases lacrimógenos de la policía en bolsitas adornadas y capuchas cool para permanecer en el anonimato en alguna manifestación. Probablemente a estos agentes nos les importen el devenir de las luchas sociales ni la suerte de los respectivos gobiernos, porque operan en una esfera que se ubica más allá de cualquier tipo de representación. Tal vez no haya error posible, ni tampoco desplazamiento. Tal vez, en el futuro, no exista más que este flujo de imágenes en tiempo presente y avisos con la flecha shop now.

 

War Season Collection
https://palomaschnitzer.com/War-Season-Collection