Escritos
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Beatniks: acá, allá y en todas partes
por Javier Martínez

En el recorrido de las biografías de escritores beatniks propios y ajenos se traza el mapa de una época efervescente, marcada por el riesgo y la ruptura.

1.
He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, muriéndose de hambre, histéricas desnudas,
arrastrándose por las calles negras a la madrugada buscando una droga furiosa,
hipsters de cabezas de ángel quemándose por la vieja conexión del paraíso con el dínamo estrellado en la maquinaria de la noche,
quienes pobres y en andrajos y con ojos hundidos se sentaron a fumar drogados en la oscuridad sobrenatural de departamentos de agua fría flotando sobre el tope de las ciudades contemplando al jazz,
quienes abrieron sus sesos al Cielo bajo el subterráneo y vieron ángeles musulmanes bamboleándose en los techos de edificios iluminados,
quienes pasaron por universidades con ojos radiantes y nuevos alucinando a Arkansas y tragedia de luz de Blake entre los estudiosos de la guerra,
quienes fueron expulsados de las academias por locos y por publicar odas obscenas en las ventanas del cráneo,
quienes se agacharon en cuartos sin afeitar, quemando su dinero en basureros y escuchando el Terror a través de la pared (…)
Traducción de Marcelo Covián.
Ediciones del Mediodía. Buenos Aires, 1969.

Las primeras estrofas de Howl (Aullido) de Allen Ginsberg fueron mi playa de desembarco en la poesía beatnik. Con fruición, devoré el poema y los demás que le seguían en la edición argentina de Ediciones del Mediodía, año 1969. A partir de entonces, ese poema fue la columna vertebral de las lecturas que se proponían más allá de los bordes permitidos por la Academia, el statu quo, la renacida recalcitrante moral occidental y cristiana, post 2da Guerra Mundial; una poética que daba voz y cuerpo, haciéndose carne propia, al otro lado del margen. Si Ginsberg fue el mascarón de proa de la poesía beatnik, William S. Burroughs lo es, sin duda, el de la prosa. A pesar de acuñar y rechazar la etiqueta beat. A pesar de la narrativa de Jack Kerouac. Algunas cosas compartieron ambos narradores: un libro escrito a cuatro manos, la amistad de Ginsberg, el mote beat, el asesinato.

En 1951 a Burroughs no se le ocurrió mejor idea que jugar a ser Guillermo Tell con su entonces esposa Joan Vollmer, en un departamento de la calle Monterrey, en el Distrito Federal de México. No hubo manzana, hubo un vaso; no hubo arco y flecha, hubo un revólver. El alcohol y las drogas, luego tan presentes y ensalzadas en las obras de la Generación Beat, hicieron el resto: la bala entró en la sien de la mujer quien murió una hora después en el hospital.

“Una nota en un periódico que vi esta noche decía que Bill mató a Joan en un accidente con un revólver la noche anterior: ‘Un turista norteamericaneo, tratando de imitar a Guillermo Tell, asesinó a su esposa tratando de dispararle con una pistola a una copa de champagne que ella tenía sobre la cabeza’. (…) Eso es todo lo que sé”.
Carta de Allen Ginsberg a Neal Cassady, 1951

Bill pasó tan solo 13 días tras las rejas; siendo liberado por la sucia y efectiva tarea del inescrupuloso abogado Bernabé Jurado; vaya apellido para un leguleyo corruptor. De allí en más, mucho se dijo sobre esa noche. Lo que el narrador ubica es que fue esa catástrofe personal la que lo volcó a la escritura; una escritura transgresora, potente, con todo para ser maldita una y otra vez, marcada por su técnica de recortes llamada cut up, aunque mayoritariamente trabajara con el doblado aleatorio de un texto sobre otro, como materia prima. “Me veo obligado a la terrible conclusión de que nunca me habría convertido en escritor si no hubiera sido por la muerte de Joan... La muerte de Joan me puso en contacto con el invasor, el Espíritu Repugnante, y me condujo a una lucha a lo largo toda la vida, en la que no tuve otra opción, excepto para escribir mi propia salida”. Esa lucha comenzó con la escritura del tridente tres de su obra literaria: Yonqui (1953), El almuerzo desnudo (1959)y La máquina blanda (1961).

Con las sucesivas apariciones de Howl (Allen Ginsberg, 1955) y On the road (Jack Kerouac, 1956), la vida de la Generación Beat era un hecho. Fue entonces que el término beatnik apareció como mote despectivo para estos escritores que jaqueaban lo establecido. Si bien recogieron el guante, tampoco terminaron de hacerlo suyo. Para muestra, basta el botón dejado por Jack Kerouac: “No soy un beatnik, soy católico”, se dice que dijo. Sin embargo, más allá de las incomodidades y abjuraciones, esa terna literaria abrió un camino único; resquebrajó los moldes y se escurrió por las grietas; se fundó y refundó, en cada exabrupto, en cada desboque sexual explícito, en cada borrachera. Así fue como la vida de Kerouac terminó a los 44 años, víctima de una cirrosis. Los intentos del Sistema por absorber la energía desbocada de los beatniks resultaron en vano, los límites simbólicos y los de la realidad efectivamente habían sido salvajemente transgredidos. Quizás el joven Jack fumando marihuana durante sus participaciones en los discursos del senador anticomunista Joseph McCarthy resume lo inasible de las rupturas beatniks: el mundo estaba asistiendo a algo más que un movimiento literario; estaba asistiendo a una forma de literatura hecha carne propia, un decir singular; un golpe a la mandíbula de cualquier forma de dogma.

 

2.
A la Antología que compilaba obra de Allen Ginsberg, se le sumaron las de Lawrence Ferlinghetti y Gregory Corso, en una nueva demostración de esa manía de la literatura por las tríadas. Todas editadas por Ediciones del Mediodía, en Buenos Aires, en el año 1969; todas traducidas, compiladas y prologadas por Marcelo Covián. El mundo de la poesía beat se abría como los círculos concéntricos del descenso al Infierno. Las tres tapas eran exactamente iguales, impresas sobre un fondo plateado y con un solo color plano, diferente en cada volumen. Recuerdo una tarde, en El Archibrazo, la imprenta de Juan Andralis, el relato de cómo llegó a la conclusión de que esas tapas, además de un desafío técnico para la época, eran un verdadero acierto estético y editorial. Su certeza sobre la eficacia de la idea era la certeza del artista y artesano que asume el riesgo en pos del decir, del exponer, de la torsión de una línea editorial que iba por otro camino, que seguía el derrotero que el griego de nacimiento había comenzado en el Instituto Di Tella, convocado por Juan Carlos Distéfano.

Poema XIII
No como Dante
descubriendo una commedia
en las pendientes del cielo
Yo pintaría una clase distinta
de Paraíso
donde la gente vaya desnuda
como siempre está
en escenas como estas
porque se asume que deba ser
una pintura de sus almas
Pero no habría ángeles ansiosos diciéndoles
como es el cielo
el perfecto cuadro de
una monarquía
y no habría fuegos encendidos
en los agujeros infernales de allá abajo
donde yo podría haber caído
ni tampoco altares en el cielo
habría fuentes de imaginación.
Lawrence Ferlinghetti
De su libro A Coney Island of the Mind

Lawrence Ferlinghetti fue quizás el de la pluma más refinada de todos ellos. Un orfebre de la palabra que los sobrevivió a todos y rompió la barrera de los 100 años de edad; el único que aún, al momento de estas palabras, vive en New York. Él fue uno de los espectadores de una mítica lectura de Ginsberg en 1955; lo que escuchó lo conmovió tanto que logró que Howl fuera editado un año más tarde. Le gustaba llamarse a sí mismo un puente por sobre el vacío que quedaba entre la Generación Beat y los hippies; posición que nunca abandonó, aun cuando los beatniks como movimiento ya eran sólo un recuerdo. “La importancia real de los Beats es que ellos estaban enchufados en lo que ahora es el espíritu de los años sesenta. Ellos nos ayudaron a darle forma a través del uso comunal de drogas, por ejemplo, o su interés por la mística oriental o aún más por su compromiso con un estilo de vida totalmente diferente al que provee la sociedad”, dijo alguna vez.

 

3.
A Sergio Mulet, (a) El Yeti, lo recuerdo apoyado en una pared durante una exposición de cuadros de mi padre en Madrid. Conservaba lo que dice lo poco que se puede leer sobre él: el porte del boxeador; la belleza del modelo masculino; la turbiedad del guardaespaldas; el cuaderno que nunca dejó de acompañarlo y al que aludía y mostraba cuando se daba la ocasión. En uno similar a ese escribió Tiro de gracia, también publicada por Ediciones del Mediodía y que hoy es una pieza de culto, inconseguible. Una novela que luego se convertiría en una icónica película protagonizada por él y un elenco de lo más ecléctico entre los que se encontraban Manal, Susana Giménez, Juan Carlos Gené, los artistas plásticos Alfredo Planck y Pérez Celis, Carlos Espartaco, el psicoanalista Oscar Masotta, el enano Jaimito Cohen y sus amigos del grupo SUNDA, Poni Micharvegas y José Peroni. Son justamente este último grupo y Opium, del que Mulet formaba parte junto a Raymundo Mariani (el poeta que firmaba mariani) y Ruy Rodríguez, los que de algún modo fueron los herederos argentinos de esa tradición rupturista y transgresora. Del mismo modo que los beatniks, nunca terminaron de hallarse completamente cómodos y contenidos en esa etiqueta pero fue un modo de tratar de ponerle un cascabel a un gato arisco y mañero. La posición de ángel subterráneo de Sergio Mulet contribuyó a que el grupo Opium fuera el que recogiera ese guante y, lecturas de Kerouac mediante, se lanzaran también al camino.

“Nosotros: sátiros – cínicos – borrachos – enamorados – hijos de la decadencia de Occidente, gritando y cantando con los dedos manchados de nicotina apuntándote. Nosotros: amigos hasta que dejemos de serlo, entretanto nos dedicaremos poemas. Nosotros: que nos conocimos en revistas, en bares y en confusas reuniones a las tres de la mañana. Nos conocimos orinando en baños donde leímos que Perón o Tarzán nos salvarían; nos miramos a los ojos y sonreímos: ninguno quería ser salvado”.
Fragmento del Manifiesto de Opium

Si la facha y el empecinamiento de Mulet eran la cara visible del beat en Argentina, sin dudas fue mariani el que cinceló una poesía que tuvo muchas, muchas vueltas antes de ser impresas en papel. Su figura mítica se incrementó en el submundo literario y le dio el aire filoso de su poesía a un momento en el que efervescencia parecía ser el sustantivo acuñado para la época.

Sugerencias para “acabar” mejor
-a ana gentile-

arrójate en disolución
al fuego eterno
de un momento de piel
i ganas amariyas
la carroña de tus excusas
dáselas a los coyotes
plañideros que se reúnen en la sala de estar
echa a chorrear las campanas
de tu hábil animalidad
i deja abierta las compuertas
de tu verdadera reputación
ahora permite a la tropiya de mis excesos
“morir en ti, mecida por la muda música de tu cuerpo”
mariani, 1971
De su libro Prolegómenos, Mamotretos Y Reluctancias

 

A pesar de no haber calibrado el devenir poético argentino, el estertor beatnik ha sido retomado en fomato de documental y de libro: Opium, la Argentina Beatnik (Diego Arandojo, 2015) y Argentina Beat - Derivas literarias de los grupos Opium y SUNDA (Federico Barea, Editorial Caja Negra, 2016). Esos rescates van a lo profundo del hueso de ambos grupos, reconstruyendo, de manera formidable, una marca artística que fue por entonces mucho más que un rasguño: una huella que sin dejar de ser cicatriz, es fuente en la que beber de las agitadas (y ya canónicas) aguas de los años sesenta.