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Estado de la cuestión IV: De Goodreads a Instagram: las plataformas crean su propio tsundoku
por Martín Jali

La lógica de las grandes plataformas se ha instalado en la relación libro-lector reproduciendo las recomendaciones previamente ordenadas por algoritmos.

El despliegue corporal y mental que demanda la producción y el consumo de signos e imágenes, como bombas nocturnas que caen sobre el cielo estrellado de una gran ciudad en ruinas, parece cubrirlo y demandarlo todo. No desprecia la lectura porque no puede desmembrar la performance misma que le da sentido a una industria y a una práctica milenaria, pero si pudiera engendrar lectores que compren libros solo para no leerlos, para pagarlos y mirarlos y solo tal vez transportarlos hasta una biblioteca, lo haría sin dudar. ¿Es eso posible tal vez? Para las grandes plataformas y su lógica de automatización transhumanista, la lectura no es indispensable en absoluto, al menos no es indispensable de la manera en que nosotros, los lectores, la imaginamos. Lo que sí es indispensable es el aumento del volumen de los contenidos, ya que esta impresionante expansión solo puede ser contenida y dirigida desde el interior de estas plataformas que bien podríamos catalogar como infinitas y ubicuas. Así, cada vez importa menos la calidad de la práctica lectora y la experiencia que depara en el usuario.

De este universo conceptual proviene la revitalizada noción oriental de tsundoku, kanji o noragana, que nombra la práctica obsesiva de acumular libros y no leerlos, de colocarlos en las habitaciones uno arriba de otro como pilas que buscan acariciar al sol, el libro convertido en parte de un mobiliario de diseño, y ya no más como capital intelectual, experiencia lúdica, viaje imaginario hacia el interior de otras conciencias o instrumento de aprendizaje, por mencionar al pasar algunas de sus funciones. El tsundoku funciona como cualquier otro síndrome de compra compulsiva, de la misma manera en que hay gente que compra cientos de pares de zapatos, corbatas y otros objetos de lujo, hay lectores, o coleccionistas, que compran libros solo para acumularlos, guiados por una pulsión indetenible.

Pero también hay otros signos que marcan cómo el vertiginoso tiempo que satura nuestras vidas está volviendo obsoleta la práctica de la lectura. Ahí están los ejercicios y los cursos de lectura veloz, los planes de lectura anuales, donde es menester elegir libros cortos o libros de poesía para que la cuantificación crezca y se multiplique, y las listas de deseos que se formatean en Goodreads y otras redes sociales para lectores, siempre en beneficio de la cantidad por encima de la calidad. Los cuadernos de lectura también cumplen esta función, y acaso esconden en su interior los secretos de los grandes lectores de redes sociales para leer más libros, secretos entre los que se cuenta leer durante los almuerzos, en el ascensor y, cada vez más importante, en tiempos sustraídos al consumo de signos en los teléfonos celulares. Tal vez en el futuro existan los microchips neuronales que nos permitan descargar en segundos un libro entero a nuestra tarjeta de memoria cerebral, con su correspondiente carga de placer de acuerdo a nuestros gustos literarios implantados.

Pero hay otras cosas que están sucediendo en esta escenografía: cada vez está más claro que ya no basta con leer los libros que compramos, sino que es necesario buscar un buen paisaje, sacarles fotos, subirlas a nuestras redes personales, etiquetar a los autores o a las autoras y a los sellos editoriales, e incluso hacer una reseña, por más pequeña que sea, con extractos del libro que hemos leído. Creo que el consumo y la voracidad de generar contenidos que sostengan nuestro propio Yo lector ante la mirada de los otros usuarios se entremezcla dando lugar a una novedosa simbiosis. Esta expansión también ocurre en el interior de las casas editoras: la lógica de marketing, promoción y activismo en redes sociales, wassap y newsletters se acopla al trabajo de los editores por rastrear, leer, editar y publicar. Este desplazamiento que va de las librerías físicas a las plataformas de contenido lo que hace, entre otras cosas, es difuminar a un trabajador esencial dentro de la cadena de irradiación de los libros y la lectura: el librero. Como las plataformas de contenidos no se encargarán de promocionar ni de recomendar o seleccionar libros, salvo que sean los libros editados por sus mismas casas editoras, ni tampoco de organizar eventos, o lecturas, o presentaciones, esto recaerá cada vez más en los editores y los propios lectores, algunos por hobby, otros reconvertidos en influencers literarios y promotores de la lectura, práctica y ejercicio del cual las políticas de estado parecen replegarse cada vez más.

La expansión de los influencers literarios no solo puede explicarse por la caída de la resonancias de la academia y el estatus de la crítica literaria, sino también por el desplazamiento, en orden de importancia y visibilidad, de los intelectuales, que históricamente declamaban desde las páginas de los periódicos o los programas de televisión, hacia la liquidez adictiva de las redes sociales. Como ciertos canales y flujos de opinión y valoración, los mediadores entre los autores y los sellos y los lectores han cambiado. En un espacio en apariencia más democrático, desde una plataforma que exige la sobreexplotación de uno mismo para ganar seguidores, presencia y poder de fuego lector, el influencer se posiciona por encima de otros usuarios y opera desde un discurso que avanza desde la simetría y la igualdad. Son otros lectores como uno pero con más presencia y energía quienes ofician de influencers, y avanzan o retroceden en sus respectivos casilleros a medida que crece o decrece su audiencia. Es también una marca más que habla de este “momento en que el libro es una mercancía como cualquier otra o una parte de la industria de la lengua”, como afirmaba Josefina Ludmer. No se trata de una degradación sino de un nuevo equilibrio; de una nueva zona mercantil con la cual la literatura coqueteaba y se replegaba: el acercamiento a lo popular, temido y deseado, en las tensiones mismas de la profesionalización de los escritores y el status de élite de los sectores más acomodados. Porque como dice Josefina Ludmer, sobre los libros escritos veinte años atrás: “Las ficciones del 2000 insisten todo el tiempo en decir soy literatura y representan casi siempre a algún escritor o alguien que escribe en su interior. Usa todo tipo de marcas literarias: personajes escritores, personajes lectores, autorreferencias y referencias a la literatura. La escritura dentro de la escritura, la literatura dentro de la literatura, la lectura dentro de la lectura… El procedimiento parecería remarcar cierta autonomía literaria en un momento en que la autonomía es amenazada por la economía y las fusiones: en un momento en que el libro es una mercancía como cualquier otra o una parte de la industria de la lengua”.

Ludmer vislumbró este momento, acelerado ahora hasta el delirio por la expansión de la lógica Amazon. Este gran cambio que opera a partir de los paisajes que nuclean a las audiencias, de los periódicos que desaparecen hasta las plataformas de las redes sociales, alimentados por el trabajo incansable de los agentes sintéticos que nos sugieren amistades, contactos y cercanías afines, conforman una intrincada red que fomentan las agrupaciones comunes, la similitud y la reproducción de los gustos. Los lectores nos movemos en manada hacia el lugar donde se habla de libros, se venden los libros, se sugieren los libros. Este oportuno desplazamiento también ha sido alimentado por la aparición de Goodreads y otras redes sociales para lectores, plataformas que, como nunca antes a escala masiva, han permitido agrupar lectores, amplificar sus voces, sus reseñas y sus comentarios, sus ideas y sus valoraciones, en menosprecio de esa otra entidad autárquica que no resignaba poder, que lo abrazaba dentro de estructuras que fueron horadadas desde el interior mismo de sus estructuras de poder. En otras palabras, la academia y los críticos se están evaporando desde hace años para dejarle su lugar a los lectores y su vanguardia de élite, los influencers de la lectura.

Goodreads, se sabe, es propiedad de Amazon, y funciona como un eslabón esencial y sumamente preciso dentro de su modelo de negocios. A través de Goodreads los lectores establecen puntajes de sus libros preferidos, arman agendas de lecturas, listas de libros por leer, se contactan unos a otros y son dirigidos, al final de todo el proceso, a la plataforma comercial para adquirir sus mercancías predilectas: los libros. No existe otro dispositivo igual, en ninguna otra industria cultural, que permita asimilar estas dos instancias con semejante volumen de fluidez, eficacia e invisibilidad. No ocurre en el mundo audiovisual ni en el musical, y se trata de una maquinaria que ha modificado para siempre nuestra manera de acercarnos a la lectura. La apuesta de Amazon, como toda apuesta, trabaja a futuro; los ecos expansivos de Goodreads lo vemos hoy cuando se cumplen más de diez años de su creación. Ver una película o escuchar un disco no generan la misma adicción inmediata por valorar y transmitirla. ¿Qué ocurre en el mundo del libro entonces que marca una diferencia central con respecto a las industrias de la música y del cine? ¿Qué es lo que vio Amazon que no vio nadie más? ¿Qué lectura y escritura se desplazan juntas o, mejor dicho, que pueden hacerlo bajo los canales adecuados para retroalimentar su impacto?

Pero hay otro efecto más, y es el de la simetría o el de la paridad. Este efecto, buscado o no en un primer momento, me parece esencial: la valoración del par lector, del que no utiliza argumentos rebuscados para decir si le gustó o no le gustó un libro, que no cita a otros críticos, que va al grano, y sus recomendaciones están más cerca, habitan este mundo (el nuestro) y no ese otro de la academia. Es un mundo que incentiva la opinión y la lectura, y, tal vez lo más importante, que puede existir sin la presencia de moderadores, mediadores, críticos, libreros y, en un futuro, sin la presencia de editores o escritores. Los libros siguen fluyendo en plataformas controladas por agentes sintéticos donde la mercancía parece fluir por sí sola de un lado a otro, ordenada por algoritmos que se encargan de trazar sus propias sugerencias, siempre desde el interior de estas redes de sentido que brotan desde el océano de la multiplicación de contenidos. ¿Cómo serán las playas a las que lleguemos después del naufragio, serán perfectas y hermosas como nuestros sueños o cubiertas de basura digital? Y una pregunta todavía más inquietante: ¿sobreviviremos al naufragio? Y si es así, ¿convertido en qué clase de lectores?