Miradas
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In vino veritas
por Federico Delgado

Una figura se sienta, en la barra, de espaldas a la cámara. Un camarero pregunta qué va a ser mientras termina de sacar brillo a un vaso. El ruido del vidrio, seco y contundente, acompaña la escena. La vieja escena.

La fermentación alcohólica de frutos o granos de cereales es histórica porque acompaña al humano desde que los poblados neolíticos se fueron sofisticando y las plantaciones fueron rodeándonos. No se entiende nuestra historia sin alcohol con el que alegrarse, sofocar penurias o anestesiarse. No es consuelo, pero sabemos que a otros mamíferos les gusta emborracharse. Los cercopitecos verdes que viven en el Caribe son quizás los más conocidos, pero no los únicos. Son todos ejemplos de la misma euforia, la misma sordidez, la misma sofisticación que puede llegar a tener un gesto tan simple como dejar pasar líquido por nuestra garganta. Tragar, empujar fluidos a nuestro estómago, donde se produce la magia que convierte ese alcohol en un depresor que aletarga nuestro sistema nervioso central. O como se dice en zonas de España, hace que estés tan a gusto.

¿Por qué bebemos? Muchos se jactan de ser “bebedores sociales”, y uno escuchándolos piensa en que beben porque no soportan a los otros, y con tragos pasan el mal trago de comparecerles. Otros hacen cabriolas por no acostarse todas las noches en estado de embriaguez. En el fondo, es tan fácil. El dulce vino, la amarga y rica cerveza, el néctar vodka, el mordisco de madera del bourbon, la glotonería del oporto, la caricia dura del buen whisky. Descorchar, observar el color, tragar, mirar el receptáculo con gusto y deseo de más. Uno quiere hacerlo siempre, pero no quiere acabar como Jack Lemmon y Lee Remick, como Humphrey Bogart, como Paul Newman, como Nicolas Cage. Como un maldito borracho.

Qué fina línea separa al bebedor del embriagado. Embriaguez es el “estado de excitación causado por una gran emoción o satisfacción”. Y el origen latino del término ebrius, a partir de bria, nos remite a aquel que “vacía los vasos”. Desde el extremo santificado de un Rutger Hauer bajo los puentes de París a una panda de imbéciles arrastrando su estulticia por las calles de Las Vegas hay un universo de comunión con el alcohol. Y el vino es quizá el de más recorrido. Stephen Boyd y Charlton Heston entrecruzando cálices con miradas homoeróticas. ¿Quién es más borracho, el Paul Giamatti que mete sus narices en la copa, y mira a trasluz el color o el que se bebe lo que otros han escupido para expiar sus cuitas? Al fin y al cabo el líquido es el mismo, pero el veneno es veneno cuando se sobrepasa la dosis, y el alcohol puede matar. Lentamente. Dulcemente a veces, pero siempre convirtiendo al receptáculo en un despojo gimiente que arrastra su miseria por las calles más mugrientas de la ciudad.

Un dicho dice que hay que saber beber. Como hay que saber amar o llevar el sueldo a casa. La vida es terrible a veces. Incómoda, injusta, atroz. La felicidad se mide por esos estados de excitación que produce el lado más amable, el que no te rompe y sí te acuna. Pensad en cuántos de esos estados había una copa de por medio, un recipiente cualquiera repleto de néctar de dioses. Cuál sería el nivel de alcohol que recorría nuestras venas. Somos todos borrachos de algún modo. O lo fuimos. Abstemios a la fuerza, cualquier exalcohólico recuerda la borrachera con nostalgia y asco.

Los borrachos y los niños dicen la verdad. Cuántos actores se han puesto delante de la cámara para representarlo. Kunal Nayyar tenía que beber para poder hablar con las chicas. Pero no hay borracho más entrañable que Barry Fitzgerald deseando ir a la taberna con sus amigos para urdir pequeñas traiciones. Ni ebria más encantadora que Katherine Hepburn bajo la luz de la luna de Filadelfia.

Camarero, un whisky. Pero que sea doble. Quiero acodarme a esta barra. Aunque seas un robot, como el Arthur que sirve con un puntito de humor cibernético a Jennifer Lawrence y Chris Pratt. Qué mejor final para la especie humana que un bar desde cuyas ventanas podamos observar las estrellas a nuestro paso, rumbo a un último confín donde, ojalá, haya tierra donde poder cultivar eso que fermenta y nos hace la vida más fácil.