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Gambito de dama. La única verdad es la realidad
por Conejo Editor

A la vez que se seca la espuma de la serie Gambito de dama, nuestro conejo nada com√ļn rescata del arc√≥n de la memoria an√©cdotas ajedrec√≠sticas dignas de un gui√≥n.

Desde hace un tiempo una pregunta me rebota en las paredes interiores de mi coneja cabeza: ¬Ņc√≥mo catzo logra Netflix que un mismo producto le guste, hasta rozar el paroxismo, a un inmenso n√ļmero de personas que si algo no tienen es uniformidad de criterios, de pensamiento, de posici√≥n pol√≠tica, de elecci√≥n sexual y sigue la lista? Seguramente, si alguien desmenuza los hilos argumentales, los corpus tem√°ticos y estructurales podr√° encontrar una mir√≠ada de razones por las que aplicar√≠a aquello de que millones de moscas no pueden estar equivocadas: la miniserie en cuesti√≥n tuvo m√°s de 60 millones de hogares espectadores en sus primeras 4 semanas. Lo que s√≠ queda en claro es que toca una de las fibras m√°s sensibles de la sociedad actual, nuestros cuestionamientos, revisiones y correcciones: a modo de met√°fora, narra el derrotero de vida de una mujer decidida a sostener (y brillar) en un √°mbito, hasta entonces, reservado para hombres; con las todas las crueldades que ello implica. Esa cuerda vibra en todos los cap√≠tulos y es casi, casi tan efectiva como la alquimia. Despu√©s, como notas de color, subyacen la Guerra Fr√≠a, los internados, el comunismo; lo que podr√≠a decirse “el marco hist√≥rico” que, por anacr√≥nico, no es inocente.

D√©mosle cr√©dito al producto: la actuaci√≥n de Anya Taylor-Joy es m√°s que digna de menci√≥n, la narraci√≥n se sostiene en t√©rminos del entretenimiento y hay jugo en muchos pasajes del argumento. Pero no tiene ning√ļn sentido hacer una rese√Īa m√°s de Gambito de dama, m√°xime cuando el declive por su inter√©s en general se nota en que ha desaparecido de las menciones de la gente: en la calle ya no se habla de ello. Una llanura que indica, claro est√°, que prontamente el big brother va a sacar algo de la galera para que volvamos a conversar en cualquier mesa en la que se presente la oportunidad.

Entonces, ¬Ņpara qu√© escribir sobre esta miniserie? Para tenerla como referencia de la degluci√≥n y asimilamiento de un submundo (el ajedrec√≠sitico) que ha tenido mucho de la machirulez que all√≠ se exhibe pero bastante poco del glamour con el que la Charly y la F√°brica de Chocolates Visuales enganchan otro de los valores ponderados en las artes: la reconstrucci√≥n de una √©poca dorada, o no tanto, con la confecci√≥n de un sastre de la modernidad. O de c√≥mo el dise√Īador japon√©s Issey Miyake introdujo, en el Dr√°cula de Francis Ford Coppola, el concepto de relectura de vestuario, metiendo en el podio de los elogios populares un tema “reservado para mujeres”. En ese sentido, la d√©cada de los a√Īos 60 da para mucho. Al grano: los ajedrecistas que yo conoc√≠ en poco se parecen a la bella Beth por fuera de sus virtudes con los trebejos sobre los 64 escaques. El que m√°s cerca tuve, un amigo al que llamaremos Gregorio, usaba casi el 95% del tiempo pantalones de sarga gris y ten√≠a caspa y un olor acre, tan inevitable como persistente. El me ense√Ī√≥ las pocas cosas que, a golpe de jaques y mates, aprend√≠ sobre el deporte menos f√≠sico de todos. Pero esa afirmaci√≥n no tiene como l√≠mites a este buen fulano. Tampoco en la red de jugadores de ajedrez por correspondencia, agrupados en la LADAC, en la cual jugamos varios meses, hasta que a mi vocaci√≥n de Gran Maestro se la devor√≥ el aburrimiento.

Quienes se hayan tomado el trabajo de tratar de desentra√Īar el mecanismo del √©xito, deben haberse topado con los esfuerzos period√≠sticos por despejar una duda: ¬Ņqui√©n fue, en la vida real, el molde de Beth Harmon? Como si esta pregunta y una posible respuesta le dieran otra dimensi√≥n a lo que la tev√© proyecta: el sentido de realidad que afirma que todo ese mundo es posible. Y con √©l, las reivindicaciones, los logros, el atravesar los sinsabores y los abismos de uno mismo. Y dado que Walter Tevis, el novelista, muri√≥ en 1984, un a√Īo despu√©s de la publicaci√≥n de Gambito de dama, no puede pronunciarse al respecto. Las teor√≠as son dos: el abuso de las drogas y el alcohol parece indicar que la modelo fue Dianna Lanni, promisoria ajedrecista de la d√©cada de los a√Īos 80, contempor√°nea del autor, que tuvo en esos vicios su N√©mesis: “(‚Ķ) Hab√≠a otras mujeres atractivas que jugaban, pero ten√≠an carreras, maridos y jugaban una vez al a√Īo, mientras que el ajedrez era mi vida”, le cont√≥ a la revista Vanity Fair. En el otro rinc√≥n, est√° la presunci√≥n de la publicaci√≥n brit√°nica GQ, que sostiene las muchas coincidencias entre el genio y la locura de la ajedrecista de ficci√≥n con las del inmenso Bobby Fischer, quien llev√≥ el prodigio y la belleza del juego a tal punto que su archirrival Boris Spassky se pusiera de pie, junto al p√ļblico presente, para aplaudir el triunfo en una de las partidas que llevaron al norteamericano a arrebatarle el t√≠tulo de campe√≥n mundial, en una incre√≠ble serie de matchs, cabeza a cabeza, en 1972. Para esa revista no es causalidad que el libro Aperturas modernas en el ajedrez que Mr. Shaibel, el maestro de la Harmon de 5 a√Īos en el orfanato, le regala a la ni√Īa haya sido coescrito por Jack Collins, quien fuera el mentor del ni√Īo Fischer.

Lejos de la belleza brit√°nica de los pasillos neblinosos y del esteticismo del encierro y la paleta de colores de los abusos, con mi amigo Gregorio recorrimos durante horas y horas el anillo de la cancha de River Plate en 1978, en ocasi√≥n de las 23¬™Olimp√≠adas de Ajedrez, que volv√≠an al subcontinente sudamericano despu√©s de 39 a√Īos de ausencia. Fischer, hasta hoy √ļnico campe√≥n mundial nacido en Estados Unidos, hab√≠a declinado su trono en 1975 en favor de Anatoli Karpov, abandonando las competencias a los 29 a√Īos, envuelto en sus propios fantasmas, y con un augurado enorme futuro por delante. El campe√≥n ruso, como fue costumbre de la URSS, fue reservado de la competencia. Entonces, los √°vidos ojos estaban depositados en dos grandes maestros: Lev Polugaievsky, fiel representante de la Rusia comunista, y Viktor Korchnoi, jugando bajo bandera suiza, despu√©s de haberse fugado del r√©gimen sovi√©tico. Como era previsible, libro de ajedrez en mano, esperamos la oportunidad para rescatar los aut√≥grafos de ambos, tesoros del fanatismo en ciernes. Al bueno de Viktor y al rojo Poluga volvimos a verlos dos a√Īos m√°s tarde en Buenos Aires, en el cine Premier, disputando una dur√≠sima semifinal que tuvo como desenlace la victoria por 7,5 a 6,5 a manos del desertor, que finalmente no podr√≠a arrebatarle el m√°ximo trono al implacable Anatoli Karpov. El sue√Īo de la venganza norteamericana deber√° seguir esperando para no ser m√°s que un hito excepcional. Con o sin Beth Harmon.