Blablablá
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Lo que nos dio Dió
por Sebastián Cariola

¿Cuántas veces quisimos hurgar en el corazón de Dios y beber de su alma? Nuestros protagonistas lo logran, aunque con el terrenal objetivo de solventar su propio futuro.

Una gitana loca tiró la carta,
Y dijo que Argentinos va a ser campeón.
Ya lo corrimo a Vélez y no pasó nada,
Vamo a correr al Globo que es un cagón.
Me lo dijo una gitana, me lo dijo con fervor,
o largas la marihuana o te vas para el cajón.
Me lo dijo una gitana, yo no lo quise creer.
Yo le sigo dando al vino, a los fasos y al papel.

Letra de la canción Una gitana loca tiró las cartas de la barra brava Los Ninjas, hinchada del club de fútbol Argentinos Juniors.


–Al Raúl le encanta la pija. Cuando el Ale le muestre el tobul, se le fulmina todo y ahí nos mandamo –dijo, sin dejar de intentar encender un pucho con el anterior, escribirle a La Carmen alguna excusa de por qué no estaba en la casa y cambiar al locutor que se lamentaba en la radio la muerte de “la alegría nacional”. Había conseguido una Ford F 100 con la caja de madera que el padre de su mujer usaba para hacer fletes. Antes de salir le había cambiado las patentes por otras robadas que le consiguió su primo, ya que presumía que alrededor de la morgue habría cámaras, y cuando se dieran cuenta lo que faltaba, se armaría escándalo.

–No sé cómo le hicistes, al Ale no le gustan los chabones –le retrucó Marilú con aire de fastidio y revoleando los ojos hacia arriba.

–El Ale le da a hasta las piedras, cualquier aujero vale. ¿Alguna vez le viste la tripa? Alto troncho.

–Bueno, bueno, que ya me parece que a vos se te aguachenta por la del Ale.

–Que decís, gila… solo bato que pa mí le salió así como deforme. Se la trincó hasta a la tía Carminda…

–Que flasheásssss

–Sí, wacha…, te juro, la javi estaba pa tirar la pata y le metió cachengue como cinco años más. Si le dio a la vieja, le da a loquivenga. Ademá, lo hace por la patria y por Dió, sino va a ir a parar a cualquier tiradero y lo van a volar… Lo tenemo que recatar. Tanto nos dio… Acordate…, ¿cuándo el vieji fue más feliz? ¿Eh, eh? Shoraba de la emoción… y quién no. Sho era wachín pero me acuerdo, ¿vos no?

–Yo no había nacido, tarado.

–Igual… Cada vez que lo contaba shoraba, años shoró de la alegría. Le debemo todo. Vamo a salvarlo pa siempre, va a seguir vivo…, la alegría no se muere. ¿Trajistes algo?… tengo el cogote seco, algún vinacho, e un desierto, tengo que apagar el fuego.

–No, y mejor recatate un toque, ya te bajaste todo. Vine para que no te estroles y porque la vieji me pidió.

–Vinistes por amor, hermanita, amor a mí, amoral viejo.

–Si cae la yuta yo me las piro, entendistes… Ni muerta caigo.

–Están todas las gorras ahí en lo del presidente, nadie se va a enterá. Si no era por el Raúl que la caretea acá de guardia, estabamo ayá con la gilada. Mirá ya me mando mensaje, ya se la está lastrando el marica. Vamo, metele llanta. –Al intentar salir se olvidó los pies dentro de la cabina y terminó de cara en la calle. Cuando Marilú terminó de dar la vuelta al frente de la camioneta lo encontró intentando levantarse con ambas manos y los pies aún dentro del vehículo.

–Estás re escabio, y mirá, chorreás sangre por toda la jeta, pareces que te bosiaron.

Marco la miró con odio y luego con compasión.

–Vo no entendés. Metele caño que si no el gato acaba antes que le entremos.

Trastabillaron en la madrugada húmeda de un suburbio opaco hasta la entrada del edificio, donde encontraron la puerta abierta según lo convenido. Marco sabía dónde dejaban a los muertos y a los pedazos que les sacaban, porque ya había tenido que ir a reconocer a muchos compañeros ahí. El último había sido al Gordo Guille, cuando la guerra campal entre los pibes del club, el día que los emboscaron los cagones de Atlanta en el patio de la Mai Elsa. Ahí se juntaban seguido a chuparse y planificar algún laburito, porque la Mai manejaba toda la policía de la zona y nadie se metía con ella. El Gordo Guille, que estaba chupado y atorado de comida como de costumbre, se quiso hacer el poronga, como él mismo decía, y terminó muerto de un paro cardíaco en el medio de la batalla. Una vez boca arriba, se tiró un pedo tan largo y ruidoso, que ninguno de los que estaban ahí pudo seguir seriamente con la contienda. Ese día la guerra se pospuso gracias al Gordo y sus ventosidades post mortem. Por este motivo, hacía poco Marco había estado ahí, tan ebrio y fumado como lo estaba ahora.

–Porai, porai tiene que estar. Meten a los fiambres ahí pa que no se zarpen de olor y bichos.

–Pa mí es ese que dice DAM y un número largo, ¿ves?, ahí, ahí, ese –señaló Marilú tratando de no tocar nada, no solo para no dejar huellas sino para no estropearse las uñas pintadas ayer, ya que después de eso se quería ir a ver al Toni.

–Huy, sí…, pero alto bardo, esto es un menjunje. ¿Cuál es el corazón? No entiendo, acá hay pa hacerse un alto asado –respondió él con cara entre de asco y preocupación.

–Me pa que también están los chinchulines. Zarpate todo y después vemos.

–Pero solo trajimo un corazón para poner, se van a dar cuenta. Ponele algún poco de otro fiambre de por acá –improvisó Marco, abriendo otros nichos cuando Marilú pegó un grito al aparecer el Ale.

–Cagaso padre, wacho. ¿Qué haces acá, y el Raúl?

–Está ayá, me dijo que era mi putita, y el mariconazo no va a ser mi putita ni nada, ¿que se piensa?, ¿que soy gei? Así que lo surtí de un roscazo pa ubicarlo y quedo ahí tirado.

–No lo habrás matado, ¿no? –se preocupó Marilú.

Ale solo levantó los hombros.

–¿Acabaste al meno?

–Ma vale.

–Bueno, vení para acá –los cortó Marco–,agarrá esto, esos, dale. Sho voy sacando estos –y con las manos llenas de vísceras humanas, mirando hacia todos lados, dijo: –¿Y donde lo ponemos?

–Ahhh, vo sí que sos un pelotudo –le retrucó la Marilú–. Traes un corazón del súper, pero nada pa poner este… ¿Te lo ibas a cargar así?

–Sha, dejá de flasheá, cerrá el orto y sacá el que trajimo y poné en esa bolsa todo esto, daleeeeee, metele apure. Poné el de vaca ahí, y vo wuachín dejá de hacerte el gato y tira todo eso acá. Bien así, bien, cerrá todo que no se relojee nada. Bien, ahora dame la bolsa, abrila así puedo poner esto. Lissssto, sha está. Vamo, tomemosladeacá.

Huyeron a los tumbos por donde habían llegado, ya en poder del botín, pero afuera se encontraron al Locotrincheta y los hermanos Tucu, mano derecha y frente de caballería de “Los Ninja”, de la barra de Argentinos.

–Ahh, el Comemierda de Marco, ¿qué haces acá, papá, que te anda mechando? –le dijo el Locotrincheta mientras se acomodaba el pantalón dejando a la vista la culata de una pistola.

–Nada, ahmigo, vinimo a ver al Raúl, ¿sabe? Sha nos vamo, que no pinte bardo.

–Ahhh, el mariconazo le batió a todos, parece que nos quiere descansar el puto ese. Dale, no te hagas el gil que te suelto a los pibes, hacémela tranca papá y dame la bolsa. ¿A ver que yevas ahí?

Uno de los hermanos Tucu le arrebató la bolsa mientras le miraba los pechos a Marilú y le guiñaba un ojo.

–¿Qué carpeás vo, gil? –lo increpó Marilú.

Cuando el Locotrincheta la tuvo en las manos, la abrió y miró dentro.

–Laquetepariohijoputa, ¿que mierda es esto? –llegó a decir antes de empezar a tener arcadas.

–Es todo lo que zarpamo.

Tirándole la bolsa de nuevo a Marco le dijo:

–Dame el corazón, vamo a llevarlo a donde tiene que estar. Tomá, ponelo acá, es la copa que consiguieron los bichoscolorados. Esto va al lugar que lo vio nacer, entendés papá, acá los que mandan somos nosotro. A partir de ahora su espíritu va a estar donde siempre tuvo el alma. ¿Entedé? ¿O te le dibujo en la frente? Ahora tómensela que te trabo caño.

Aun con la bolsa en la mano y ya sin trastabillar por la borrachera, Marco, seguido de la Marilú y el Ale, corrieron a la camioneta y se fueron lo más rápido que daba la camioneta.

–Pensé que la quedábamos, estos hijoputas vinieron a meter mafia –logró decir Marilú una vez que consiguió calmarse un poco.

–Perdimo el corazón –empezó a lloriquear el Ale…

–Pero mirá –le mostró el Marco levantando la bolsa–. Vamo pa el rancho de la vieji que salvamo el asado. Sha vas a ver. Va ser mejor de lo que crees, wachín.

Al llegar los esperaban todos los que habían estado en la fiesta en la que surgió la idea de salvar el corazón; se habían quedado esperando ver si lograban su cometido. Decepción se llevaron cuando se enteraron que habían perdido el corazón, con excepción de los que habían apostado en su contra.

La madre de Marco no dejaba de mirar la bolsa que este llevaba agarrada como si se le fuera la vida en eso.

–Levantátelo al Pedrito, vieja, andá –le dijo mientras agarraba una nueva botella con la mano libre, para seguir tomando–. Pero haceme caso te digo, mierdaaaa. Sí, sí, ahora.

El Pedrito, que no tendría más de seis años, en calzones y completamente dormido, apareció empujado por la vieja en la cocina, donde lo esperaba Marco sentado a la mesa. El nene nunca entendió lo que el Marco estaba sacando y estrujando en un vaso, pero cuando consiguió juntar lo que creyó suficiente de un líquido marrón viscoso, lo puso a contraluz para mirarlo, luego miró al Pedrito, y con una sonrisa en la cara le dijo:

–Tomá, tomate esto, esto es el vino de Dió. Tomálo dale carajooooo. Así, bien, todo, todo, fondo blanco. Así, eso. –Y abrazándolo, al oído le dijo: –Vo nos vas a salvar a todos pibe, ahora él está en vos. Andá a echarte, andá que mañana empezás a entrenar en el potrero del Negrototi. Andá… –Y se reclinó en la silla con los brazos tras la nuca y un cigarrillo en los labios con gesto de triunfo.