Escritos
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Advertencia
por Alejandro Feijóo

Las aristas de la ficción se han fundido en el regazo de lo real. Y la tragedia radica en que debamos ser advertidos de ello.

Abro un libro. Cosa de todos los días, resistencia mínima o ridícula contra la liquidez, u otra forma de ejercer lo táctil. La edición es vieja, y aunque no lo es tanto como yo, a ambos se nos requiebran las puntas al doblarlas; la tendinitis marga páginas, el señalador, cartílagos. Tampoco hay ganas delirantes de leer esta novela, sí de regresar al autor, al cazador que se cazó a sí mismo; releer en tiempos de deconstrucción al otrora macho vivificante. Pero una advertencia inicial se lleva la parte de mi atención que no atiende a otra cosa.

En vista de una reciente tendencia a identificar caracteres de ficción con personajes de carne y hueso, resulta oportuno declarar que en este volumen no figura ninguna persona de la vida real: tanto los personajes como los nombres son ficticios. De modo que cualquier coincidencia ha de tomarse como puramente accidental.

Leo y releo el párrafo. Dudo entre aviso y advertencia. Pero esta palabra contiene la urgencia que aquella resuelve de forma administrativa y me apoyo en advertencia. Me estorbo al no descubrir qué me incomoda de esas cincuenta y una palabras escritas por alguien que muy probablemente haya muerto. La advertencia es de época, de siglo, y se opone a aquella otra igual de trillada: Basado en hechos reales. Estoy molesto; me molesta ser más viejo que el libro y que mis ideas no fluyan tan rápidamente como supuestamente lo hacían antes; pero tampoco sabría bien qué hacer con los segundos recuperados por la velocidad mental que se va yendo con displicencia, con inexorable, casi infantil torpeza.

Reviso la fecha de la edición, quiero pistas. Se confirma lo peor: abril de 1976. Podría mentir. Quedaría entonado decir que recuerdo el rugido de los Falcon rasgando el silencio de la noche prácticamente eterna, o las siluetas de las recortadas contra la noche dos veces negra. Pero yo fui un chico que se alegró porque el veinticuatro no fue al colegio; acaso tenga más culpas y esta sea la más superficial. El libro se terminó de imprimir en unos talleres de la calle Matheu, a pocas cuadras de mi casa de entonces. ¿Seré demasiado banal al suponer el terror del imprentero (se decía gráfico) caminando las mismas calles que yo, los dos con guardapolvos con lamparones de tinta, el suyo quizá gris, blanco como una bandera el mío? ¿Él también sería un alias, se habría impuesto un personaje de ficción (se decía nombre de guerra) mientras acomodaba los tipos, revisaba los ferros, vibraba por la cita reventada? Por este camino no voy a ningún lado.

Quiero creer que de la advertencia rechina la referencia temporal: reciente tendencia. Casi cincuenta años después, la reciente tendencia es la inversa: hacer de la ficción una continuación casi clerical de hechos reales, que se dicen a sí mismos reales. La verosimilitud viene dada por la veracidad, la revelación del negativo del mito ficcional. ¿Quién puede creer en una lluvia constante durante cuatro años, once meses y dos días? Vamos a creer que nadie. ¿Quién ha creído que en Macondo llovió durante ese tiempo? Vamos a creer que todos los lectores del colombiano. El basado en hechos reales, que en otros tiempos devaluaba lo imaginado, es hoy prácticamente un mandato si lo que se quiere es gozar del favor del público, no el del lector.

Releo lo escrito y, sí, hay todavía alguna certeza de más; habiendo sido la curiosidad por la duda lo que vuelca estas palabras. ¿La vanidad se devoró todo el terreno ocupado antes por la composición del hecho artístico?, ¿lo hizo en detrimento de la técnica? ¿Se asocia a esta con la meritocracia o son debilidades mías? ¿La capacidad de abstracción es ya potestad del boomer? ¿Es el basado en hechos reales una carrera de fondo perdida de antemano contra el voyeur de las redes sociales? ¿O acaso lo que se busca es replicar y ocupar el puesto central en el panóptico que nos vigila, que nos permite vigilar? ¿Ocuparse de forma explícita del yo es un recurso berreta? ¿Los Capote de ayer son los Carrère de hoy? ¿Es El adversario el A sangre fría de este tiempo moroso y veloz? ¿A qué otro lleva tanto yo? ¿Intentar responder a estas preguntas también es vanidad? Intentar responder a estas preguntas también es vanidad.

Cierro el libro. La novela es brutal, poliédrica, despareja en su tensión; me duró un soplido. No importa su título. Lo central es que el autor se pegó un tiro en la cabeza con su escopeta. El resto, tal y como fue advertido, es mentira.