Escritos
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El vino
por Andrea Barone

El vino ha inspirado innumerables creaciones, como estas dos cuyos fragmentos les invitamos a degustar.

Habrá palabras de elogio, loas al vino, delicioso elixir, las hubo, las hay. Poemas, cuentos, novelas, partiendo de la tierra, la sangre, las uvas, las vides. Varietales y blends, sabores inolvidables algunos, compartidos en gratos encuentros. Frutados, con especias y madera, buena madera. Pero a veces tan delicioso brebaje se entrama en sinsabores, regusto amargo de compulsión, intoxicante, adormecedora, anestesiante, y más, y más. Al menos dos novelas impactantes, conmovedoras, buenísimas recorto en ese sentido. Donde se entraman otros usos, abusos, en el que la exquisitez se pierde, junto con bastante más. He aquí algún fragmento de cada una, y no se las pierdan de degustar.

La muerte del padre, Karl Ove Knausgard
“Giró lentamente la cabeza y se alisó el pelo. Era un gesto que había hecho siempre, pero había algo en ese blusón y en esos pantalones, tan ajenos a él, que de repente hizo que el gesto pareciera femenino. Como si lo conservador y correcto en su manera de vestir de siempre hubiera captado de alguna manera el gesto, neutralizándolo.
–¿Te encuentras bien, Karl Ove?
–Sí, sí –contesté–. Perfectamente. Ahora salgo a sentarme un rato.
Cuando salí se levantó una ráfaga de viento. Las hojas de los árboles de la orilla del bosque se movieron casi imperceptiblemente y como sin ganas, como despertadas de un profundo sueño.
¿O se debía simplemente a que estaba borracho?, pensé. Pues tampoco estaba acostumbrado a eso. Mi padre nunca había bebido. La primera vez que lo había visto borracho había sido un par de meses antes, cuando fui a verlos a él y a Unni al piso de Elvegaten, y prepararon una fondue, algo que para él antes habría sido impensable tomar en su casa un viernes por la noche. Ellos estuvieron bebiendo ya antes de que yo llegar, y aunque él fuera la amabilidad en persona, me resultó sin embargo amenazante, no directamente, claro, no es que tuviera miedo físico, pero sí indirectamente, porque yo no sabía interpretarlo. Era como si todos los conocimientos que había adquirido sobre él en el transcurso de mi infancia, y que me habían posibilitado estar preparado para lo que fuera, de repente quedasen invalidados. ¿Qué regla habría que seguir a partir de entonces?”.

 

El que tiene sed, Abelardo Castillo
“¿Necesito decirle qué pasó? ¿No se lo imagina? Estamos en 1970 y estoy acá, en El Barrilito de Villa Crespo, hablando con usted, ¿no es cierto? Entonces se lo imagina. No me morí. Tenía corazón de atleta, un páncreas raro, hígado grande y catarro. Era inexplicable, antinatural, opuesto a la medicina, y a la lógica... Si me disculpa, ¿usted comió hoy? Si piensa ir a dar una conferencia allá enfrente, yo le aconsejaría que me dejara a mí el resto de la botella y se embuchara un buen lomito. No es para poner esa cara, yo ya no puedo comer mucho, si no lo ayudaba. En resumen, Espósito, que acá estoy, o está lo que va quedando de mí. Hace unos veinte años que no me acuesto con una mujer: dejaron de interesarme el día que acepté que no iba a morirme. Lo que no pude dejar, lo que ya no me abandonó a mí, es esto. Es extraño. El organismo humano es lo que se llama el hombre, con su alma y su voluntad libre y su espíritu. Sin embargo trabaja en secreto, a su modo, sin intervención del hombre. ¿Tiene idea de cuánto tarda esta enfermedad, esta inmundicia, para incubar en la gente? –Y el hombre de los ojos de plata me quitó casi con brutalidad la botella de la mano; fue el primer gesto violento que le vi hacer en todo ese tiempo–. Perdóneme –dijo mientras se servía, y volvió a su tono apático y blanco–. Usted me contagia su tensión, aprieta de tal modo las mandíbulas que un día se va a quebrar una muela. Le decía que tarda entre siete y trece años. En otros, más; pero ésos no son alcohólicos, son los que toman en las comidas, en las fiestas, cuando no se pueden dormir o para pegarle a la mujer. Terminan igual pero no son alcohólicos, son los burgueses del alcoholismo. Cuando se toma como usted, si es que siempre toma así, o como yo, a los diez u once años ya no se puede dejar. No voluntariamente. Quiere decir que alrededor de los treinta y tres años, fecha de mi fallecimiento, yo quizá no estaba envenenado. Y quién sabe, con algunas cuantas células nerviosas menos a lo mejor era capaz de menos cosas. Aunque más no fuera, el flautín. Ahora me quedan únicamente hábitos. Seguir vivo y seguir emborrachándome. Pero sabe una cosa, Espósito, el problema es que ahora, cuando de veras me estoy muriendo, no quiero morirme. No quiero morirme como me voy a morir. ¿Vio la fotografía de un hígado con cirrosis? ¿Vio el cerebro de un alcohólico después de treinta años de imbecilización? Yo sí.
–Y por qué no se mató –lo dije con un rencor que me sobresaltó a mí mismo, pero que no estaba dirigido a nadie–. Quiero decir, no sé. Hable usted.
–Sé lo que quiere decir. Por qué no tuve la decencia de matarme. Usted piensa que yo debí matarme más o menos a su edad. No me maté, Espósito, por falta de interés. Para matarse hay que tener cierto grado de pasión. Yo no soy un suicida ni un autodestructivo, ya se lo dije. Pero, por qué no me mato ahora, ahora que sí podría matarme. Porque no quiero. He descubierto, un poco tarde, el sentido de la vida. Sé perfectamente lo que me espera, la cirrosis, quizás una pierna cortada o las dos. El manicomio, si Dios me da salud. Calculo que me quedan otra vez unos cinco años. Y ahora no hay error, porque ahora me diagnostiqué yo. Un día el hígado no funciona más, o se perfora algo y se hace ahí adentro un pantano de orín, sangre, toxinas y excrementos. O las arteriolas del cerebro se hunden entre la gasa, se taponan de detritus y se asfixian, o estallan. O el pus de las meninges hace algo por mi alma. Quizás hasta tengo la dicha de un delirium tremens, aunque con mi mala suerte no creo. Pero si ahora pudiera elegir, elegiría vivir un poco más”.