Escritos
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Un balcón en el campo
por Lionel Klimkiewicz

A la locura no la carga el diablo sino el dios de la opinión, ese tótem sublimado que exalta “la terrible cordura del idiota”.

Hace algunas semanas un paciente en el hospital me decía: “El colmo de la humanidad es un crucero con pileta al aire libre en medio del océano, es como un edificio con balcones en medio del campo”. También le suele decir, a quien quiere escucharlo, que tiene el ADN de Cristo, y que puede leer el futuro, cosa que le permite entender ciertos acontecimientos que le ocurrirán a la raza humana cuando caiga en manos del poder de las máquinas.

En realidad no hay muchos que lo quieran escuchar. Justamente alguien que mantuvo una pequeña conversación con él en la sala de espera, luego me dijo: “Ese está loco”, mientras en la misma conversación me explicaba y recomendaba la importancia de votar a un presidente millonario para asegurarnos no caer en manos de corruptos, “ya que los ricos no roban, porque no lo necesitan por ser ricos”. Ese día, al salir, me fui a tomar mi colectivo habitual. Al llegar a la parada, solo una persona estaba esperando, sentada en un banco, vestido con un uniforme de una empresa de servicios. Luego de una espera bastante larga, durante la cual pasaron varias líneas menos la que esperábamos, vemos venir en fila tres de los nuestros, bien juntitos. Mi compañero de espera se levanta, me mira y me dice: “Estos hijos de puta tardan y tardan, y después vienen todos juntos, lo hacen a propósito”.

Su mirada era pura certeza, nada de ironía se traslucía en sus palabras. De los tres que venían, me subí al segundo, que estaba más vacío. Cumplido el objetivo de realizar mi viaje sentado, me puse a mirar en mi celular las redes sociales, como para pasar el rato. El azar o el destino (solo Borges lo sabrá) me regaló desde la virtualidad este poema de Antonio Machado.

Un loco
(Campos de Castilla, 1912-1917)

Es una tarde mustia y desabrida
de un otoño sin frutos, en la tierra
estéril y raída
donde la sombra de un centauro yerra.
Por un camino en la árida llanura,
entre álamos marchitos,
a solas con su sombra y su locura,
va el loco hablando a gritos.
Lejos se ven sombríos estepares,
colinas con malezas y cambrones,
y ruinas de viejos encinares
coronando los agrios serrijones.
El loco vocifera
a solas con su sombra y su quimera.
Es horrible y grotesca su figura;
flaco, sucio, maltrecho y mal rapado,
ojos de calentura
iluminan su rostro demacrado.
Huye de la ciudad... Pobres maldades,
misérrimas virtudes y quehaceres
de chulos aburridos, y ruindades
de ociosos mercaderes.
Por los campos de Dios el loco avanza.
Tras la tierra esquelética y sequiza
–rojo de herrumbre y pardo de ceniza–
hay un sueño de lirio en lontananza.
Huye de la ciudad. ¡El tedio urbano!
–¡carne triste y espíritu villano!–.
No fue por una trágica amargura
esta alma errante desgajada y rota;
purga un pecado ajeno: la cordura,
la terrible cordura del idiota.